​Por un arrebato


Pura Essenza

Por un arrebato de celos perdí lo que más quería,

el amor de mi vida,

de mi huyo aterrorizada por aquella situación que la atormentaba,

la amargaba el día a día

Encadenado me veo al dolor de tu perdida, 

enfrascado en la pena de no haber sabido proteger lo que tenía.

Tú amor, el que me daba la vida.

Ahora lucho cada día para enamorarte de nuevo,

para cuidarte con esmero,

para hacerte sentir que eres la que guía mis sentidos,

la que llevo en el corazón y le da la fuerza a mis latidos,

que sin ti se apagan se congelan sucumbiendo a un eterno invierno.

Poema de Antonio Caro Escobar.
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Romance


Pura Essenza

Me pediste que por favor te escribiera una poesía.

Algo difícil de de hacer, no sabría describirte. 

La belleza de tú rostro anula mis pensamientos, 

me tiemblan las manos con solo coger la

pluma e imaginar tu sonrisa.

El negro de tus ojos reflejan el firmamento

y por mucho que me asomo ninguna estrella brilla

mas que ellos.

Poema de Antonio Caro Escobar.

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Micro Relatos


36.

Asustado corría sin mirar atrás, oía las sirenas de la policía mientras se miraba sus manos ensangrentadas, solo deseaba que se hiciera de día y poder esconderse. Había matado su sueño.

37.

Cansado de arrastrar las cadenas que le ataban a este mundo terrenal, decidió ponerle fin al fin, busco unas cizallas que había visto por algún rincón del garaje y sin pensarlo más corto sus cadenas. El fantasma abandonó el castillo volando.

38.

El médico al verle tan pálido le dijo.

—Usted está muy mal, necesita sangre urgentemente.

Aquel hombre casi en un susurro le pregunto si estaba dispuesto a dársela, a lo que el galeno le dijo que si que era su deber. El vampiro le mordió el cuello y le saco hasta la última gota.

39.

Él era una persona simple, sin luces según comentaban en el pueblo, pero cuando se aproximaban  las navidades todos lo buscaban para iluminar el pueblo. Él era el electricista.

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El Secuestro


Relato escrito para la Actividad Taller de Escritura FlemingLAB

El secuestro

Se levanto como cada día a las seis de la mañana para salir a trabajar, su rutina era para él sagrada, su despertador tocaba a las seis en punto, sin pereza ninguna se ponía en pie iba al baño, se duchaba, después se afeitaba con esmero, se vestía y se dirigía a la cocina donde se preparaba su desayuno, café y tostadas, siempre lo mismo de forma metódica, a las siete cuarenta y cinco salía de casa y se dirigía a su lugar de trabajo. Era científico en un laboratorio del gobierno y su especialidad eran los agentes patógenos.

Se fue a montar en su vehículo que tenía estacionado a la entrada de su casa cuando un individuo se le acerco.

  • Doctor Gómez?
  • Si ¿Qué desea?
  • Quisiera hablar con usted un momento, si no le importa.
  • Lo siento pero ahora no puedo tengo que ir a trabajar, tendrá que ser en otro momento.
  • Me parece que no me ha entendido, se viene conmigo ahora. —Le insto
  • Mire, no sé quién es usted ni que quiere o se quita de en medio o llamo a la policía.

El sujeto saco una pistola y se la clavo en las costillas.

  • Tú lo has querido, si no quieres por las buenas tendrá que ser por las malas.

El doctor fue a gritar pidiendo ayuda cuando recibió un golpe en la sien perdiendo el conocimiento. Lo introdujo en su propio coche y llamó por teléfono.

  • Ya lo tengo, voy para allá sígueme, le llevo en su coche.
  • ¿Qué ha pasado?
  • Que no ha querido hacerme caso y pretendía llamar a la policía, le he dejado inconsciente.
  • ¿Está bien?
  • Si, solo le dolerá un poco la cabeza cuando se despierte y le saldrá un chichón, eso es todo.

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Ambos sujetos se dirigieron a una casa a las afueras de la ciudad, un  lugar apartado donde nadie podía verlos u oírlos en caso de que al patólogo le diera por chillar. Al cabo de unas horas se despertó aturdido, estaba en un cuarto pequeño sin ventanas, tumbado en un colchón que había en el suelo y en un rincón un cubo de plástico.

  • ¡Hola! Hay alguien. —Grito asustado— ¡Me oye alguien!
  • Es inútil que chilles, no te puede oír nadie.
  • ¿Quién es usted?¿Dónde estoy?—Volvió a decir voz en grito.
  • Cállate, aquí las preguntas las hago yo.
  • ¿Por qué me han secuestrado?
  • Que te calles coño o te hago dormir otra vez.

El doctor se calló ante la amenaza de aquel sujeto que no se andaba con chiquitas, se toco la cabeza donde le había salido un bulto del golpe. Al cabo de no sabe cuánto se abrió la puerta y entró el mismo individuó que le había asaltado en la puerta de si casa.

  • ¿Qué quieren de mi?¿Por qué estoy aquí?
  • Queremos que colabores con nosotros, estas aquí porque no has querido escucharme.
  • ¿Qué hora es?
  • Que importa eso, no vas a ningún sitio así que da igual la hora que sea.
  • ¿Pero?
  • Ni peros ni leches, ya está bien de tanta pregunta, ahora vas a decirme lo que quiero saber por las buenas.

Acobardado por la actitud de aquel hombre el doctor se calló de inmediato.

  • Dame los códigos de seguridad de las instalaciones donde trabajas, puerta de entrada principal, laboratorios, etc.
  • No puedo hacer eso.
  • ¿Qué no puedes? —le pregunto a la vez que le pegaba un puñetazo en la cara.

¡Aggg! Cayó hacia atrás.

  • ¿Tengo que repetírtelo otra vez?
  • Maldito cabrón. —Le soltó el patólogo
  • vaya con el científico de los cojones si también es un gallito. —Se río el tipo dándole otro puñetazo. — Podemos seguir así hasta que me digas lo que quiero saber, tú decides.

Volvió a caer de espaldas en el colchón al incorporase le lanzo un escupitajo sanguinolento, se limpio con la manga de la camisa mientras miraba con los ojos inyectados en sangre.

  • Esto lo vas a pagar. — le dijo
  • ¿Sí? pero primero me dirás lo que necesito y luego ya hablaremos. —Le contesto el sujeto con ironía. — Ahora dime los códigos y conseguirás que todo acabe rápido.
  • ¿Me vas a matar?
  • Eso depende de ti y de tu cooperación.

El científico viendo que no le quedaba otra le dijo todo lo que aquel criminal quería saber aún sabiendo que no saldría vivo se lo dijera o no.

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Sonatina


Pura Essenza

Ven.

Siéntate a mi lado.

Silencio.

¡Escucha!

La sonatina que nos trae el viento,

antiguos cantares,

pero bellos.

Cantares de enamorados

que ya los cantaban nuestros abuelos.

Cantares que nos recuerden lo que

aún nos queremos.

Ven.

Abrázame en silencio,

escucha la sonatina

que nos trae el viento.

Poema de Antonio Caro Escobar

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