Habitación 308 Hotel 18X Barcelona.


Relato de terror para el taller de escritura de  FlemingLAB

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la habitacion

Habitación 308 Hotel 18XX Barcelona.

Aquella tarde llegué a la estación de Sanz de Barcelona a las 17,00 horas, al salir de la terminal cogí un taxi que me llevó al puerto donde al día siguiente salía un barco para el que tenía el billete, facturé el equipaje que llevaba y como aún era temprano decidí dar una vuelta por la ciudad, el taxi me dejo en la parte baja de las ramblas y fui subiendo dando un paseo y admirando todo lo que había a mi alrededor.

Los edificios señoriales restaurados y adaptados a los nuevos tiempos, como el teatro del liceo, mi visita no podía dejar pasar el mercado de la Boqueria, unos de los primeros de Barcelona. Las ramblas se encontraban atestadas de gente paseando, comprando en los kioscos que hay a lo largo de toda la avenida o disfrutando de los músicos callejeros que tocan para sacarse unos céntimos, se empezaba a hacer tarde y decidí dejar el turismo y retirarme a descansar, me dirigí al hotel en el que tenía una reserva para pasar la noche y que se encontraba en la misma avenida.

El hotel se llama 18XX un hotel del siglo XIX construido en lo que fue la Compañía General de Tabacos de Filipinas, totalmente restaurado y modernizado, pero con una historia en sus muros para recordar. Entre en la hall y era como cruzar las puertas a otro mundo completamente distinto a lo que estamos acostumbrados, me dirigí a la recepción y el recepcionista con un trato muy amable me tomo los datos y me entrego la llave de la habitación.

— Su habitación es la 308 caballero, tercer piso. Luego me indico donde estaban los ascensores y el horario del comedor para los desayunos.

  • Muchas gracias. —conteste, recogí mi bolso que había dejado a mis pies y me dirigí al ascensor.

Subí en hasta la tercera planta y recorrí el pasillo hasta mi habitación, al abrir la puerta estaba todo en penumbras, solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado que se había activado al meter la tarjeta en su ranura.

Deje el bolso en un taburete a los pies de la cama y me tire encima la cama. El cansancio empezaba a dejarse notar en mis músculos, hoy había sido un día completo y necesitaba un poco de descanso.

En estos pensamientos estaba cuando me envolvió el sueño, y me deje llevar por esa sensación de paz que solo se consigue ese momento de duermevela que te va arrastrando a lo más hondo del subconsciente.

Algo me empezó a agitar en mi placido sueño, era como un ruido de cristales cuando crujen antes de hacerse añicos, aquellos sonidos hicieron que volviera mi sueño algo agitado, como con miedo a salir de tu zona de confort de forma precipitada.

Me incorpore en la cama mirando a todos lados en aquella negrura que me rodeaba y me engullía, era una oscuridad densa palpable casi se podía rasgar con los dedos, mire al frente y un brillo. Que me puso los pelos de punta, me quede fijo mirando, era el espejo que había encima del pequeño mueble de la habitación y que contenía la nevera con los snacks y las bebidas que ofrecen casi todos los hoteles.

Unos ojos me miraban desde dentro del espejo, un escalofrío recorrió mi cuerpo a pesar de haber apagado el aire acondicionado antes de acostarme, me levante de la cama y las piernas me temblaban de miedo, me acerque lentamente hasta el espejo, para ver que había algo más que unos ojos, cuanto más cerca, mejor se iba perfilando un rostro, debía de tratarse de un hombre por su estructura ósea, nariz aguileña y barbilla prominente, ¡Los ojos! Los ojos eran terroríficos, hundidos en sus cuencas y con un brillo que acongojaba al más valiente.

  • ¿Qui qui, quién eres? Le pregunte en un susurro y con la voz temblorosa.
  • Acaso eso importa. —oí responder dentro de mi cabeza.
  • ¿Que quieres de mi?
  • ¿No lo sabes aún? — me contesto.
  • ¿Qué debo saber? — dije, un dolor de cabeza estaba comenzando, como si me oprimieran el cerebro.
  • Porque estas aquí y para que has venido hasta mi.
  • No se a que te refieres, solo estoy de paso, solo he venido a pasar una noche y mañana me embarco para Grecia.
  • Jajaja.

Aquella risa hizo que algo se rompiera dentro de mi cabeza, como si hubieran tensado demasiado los cables de un circuito y de hubieran partido por el medio con cientos de filamentos de cobre rozándose entre sí y dieran chisporretazos, cada uno era una punzada de dolor que recibía mi mente.

Fui reculando hasta sentarme en la cama, no podía dar crédito a aquello, que tenía que ver yo en todo aquello, empecé a decirme que era una pesadilla, que estaba soñando, que pronto se haría de día y despertaría de aquel sueño.

Pero esa voz no dejaba de reírse dentro de mi cabeza.

  • ¿Tú crees que es un sueño? ¿De verdad lo crees señor Ferdinal? —me dijo con ironía en su voz.
  • ¿Ferdinal? Yo no soy ningún Fernidal, ni conozco a nadie con ese nombre.
  • Que mala es la memoria humana, que pronto olvida lo que quiere olvidar. ¿Ya no recuerdas donde nos encontramos? — Me grito clavando sus ojos en mi rostro. Encogí y el miedo empezó a convertirse en un pánico, los espasmos de mi cuerpo eran ya sacudidas incontrolables.
  • Tú acabaste con mi vida hace cien años, tal día como hoy decidiste robarme un contrato con la compañía de tabacos que por entonces tenía aquí su sede, embaucaste para que subiera a este almacén, una vez aquí me clavaste un puñal en el pecho y encerraste mi cuerpo en un cajón que debía salir para Filipinas al día siguiente, pero dejaste atrás mi espíritu, he vagado por este edificio cien años esperando que volvieras, sabía que volverías, los asesinos siempre vuelven al lugar donde perpetran su crimen, te sentí en cuanto cruzaste las puertas y la felicidad se reflejo en mi rostro ¿No lo notas? — me dijo mirándome con esa intensidad desacostumbrada.

Al acabar de hablar una mueca cubrió su rostro y me encogí agarrándome los tobillos y sintiendo como algo calido se me escapaba por las piernas e iba helándose a medida que bajaba por mis piernas para acabar haciendo un cerco en la cama.

Ya no podía contestar algo acabo por romperse dentro de mi cabeza y así me encontraron a la mañana siguiente cuando el recepcionista al llamar a las ocho de la mañana —tal y como le había pedido que hicieran la noche antes— Al no contestar se extraño y mando a un compañero que subiera a ver que pasaba.

El empleado me encontró mirando al espejo con los ojos perdidos temblando, la baba se me escurría por la comisura de los labios y balbuceaba cosas inteligibles.

Los servicios sanitarios llegaron y me trasladaron a este sanatorio en el que llevo ya cinco años mirando a un espejo que no hay, viendo una cara que se ríe día tras día, noche tras noche, esperando a que me reúna con ella, pero mientras eso sucede sigue atormentando mi mente.

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