Purpurina, la Tortuga Bailarina


Hacía mucho que no escribía un cuento para niños, unos veinte o veinti tantos años, a petición de Greg de la Guarida de peques me insto a que le enviará uno y mira por donde una amiga Loedar, —quizás la conozcáis y si no ya estáis tardando mucho. 😉— Publicó a Purpurina y no se porque se me vino a la cabeza éste cuento que os dejo a continuación, así que dejad salir al niño que lleváis dentro y adelante disfrutad de esta cariñosa tortuguita.

Que por cierto me dijo su autora que Purpurina es una tortuga real como la vida misma, a ver si ella nos cuenta su y historia que nada tiene que ver con el cuento que os traigo.

Ya no me enrollo más y os dejo con Purpurina la tortuga bailarina.

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En un pequeño río de una pequeña ciudad vivía Purpurina: una pequeña tortuga que había nacido allí. Muy cerca había una casa que tenía televisión en el porche.
Una noche, Purpurina —que la llamaron así porque cuando nació era un día de mucho sol y los rayos brillaron sobre su pequeño caparazón como si estuviera cubierto de purpurina—  como iba diciendo, una noche Purpurina se acercó hasta la casa atraída por una música que salía del televisor.
Se quedó escondida entre la hierba mirando aquella caja en la que había humanos que bailaban al son de la música, de una forma tan hipnótica que nuestra amiga tortuga se quedó embelesada.
Cuando Purpurina se quiso dar cuenta era ya de día; sacudió su cabeza aturdida y se volvió a su casa en el río, antes que el sol calentara con fuerza y la deshidratara.
A la pequeña Purpurina no se le iba de la cabeza lo que había visto y quiso aprender a bailar. Salió a la orilla y comenzó a ensayar, de forma que al principio se caía cada vez que lo intentaba.
Una rana que la miraba sin dejar de reír le dijo:

 

—¿Qué haces Purpurina? Eso en vez de baile parece contorsionismo.
—Tú ríete, pero aprenderé a bailar; tengo muchos años por delante para hacerlo  —le contestó Purpurina de forma irónica.

Todos saben que las tortugas, al revés que otros animales, viven muuuchos años, entre ochenta y cien, y tal y como lo dijo escoció a la rana que podía vivir alrededor de diez años como mucho.
La rana, enfadada por aquel golpe bajo, de un salto se lanzó al agua y se escondió refunfuñando entre las piedras del fondo. Mientras Purpurina seguía ensayando su peculiar baile.
Pasó por allí un jilguero y se posó en un árbol cercano. Al pajarillo le llamó la atención ver a la tortuga bailando torpemente, pero sin embargo bailaba. Entonces, comenzó a cantar para acompañar a Purpurina. La tortuga al oírlo se puso más contenta y lo intentó con más brío; ya conseguía que le salieran algunos pasos.

 

Desde ese día el jilguero iba todas la mañanas a acompañar a su amiga la tortuga con su canto.

 

Una mañana, muy temprano, un búho muy viejo ya —quizás el animal más viejo de todo el contorno— que por la noche había oído los comentarios de otros animales, quiso ver a Purpurina bailar, por lo que aquel día decidió quedarse en el árbol donde el jilguero iba todos los días a cantar, para ver a la tortuga.
Purpurina aquella mañana, como todas las mañanas, salía del agua y bailaba, aunque su amigo el jilguero no fue ese día a acompañarla, pues había visto al viejo búho en el árbol y le dio miedo acercarse a él.
El búho, que miraba a nuestra amiga con un ojo abierto y el otro cerrado, le dijo:

 

—Vaya, veo que es cierto, que te has propuesto aprender a bailar.
—Claro, llevo ya un tiempo ensayando y ya he aprendido algunos pasos.
—¡Umm! Ya veo ya —dijo el búho. ¿Puedo darte un consejo de búho viejo?
—Claro, no hay por aquí nadie más sabio que tú —le dijo Purpurina. ¿Cuál es ese consejo?
—Verás, Purpurina, eres una tortuga y tu caparazón pesa mucho para que puedas moverte con ligereza. Se ve que le pones ganas y empeño; pero así nunca vas a aprender a bailar en condiciones —le dijo el búho.
—¿Entonces qué hago? Yo quiero aprender a bailar y tú me dices que no voy a aprender nunca ha hacerlo bien porque soy muy torpe —le contestó Purpurina enfadada.
—No te enfades —le replicó el búho. Yo no te digo que no vayas a aprender nunca, solo que así no lo podrás hacer.
—¿Entonces dime cómo? Si así no puedo, ¿cómo podré aprender?
—Es muy fácil: aprende a bailar en el agua; el caparazón no te pesará tanto y podrás moverte con más fluidez. Inténtalo.

 

Purpurina reacia a lo que le decía el búho entró en el río y comenzó a bailar igual que lo hacía fuera. Se dio cuenta que el viejo búho tenía razón, que le costaba mucho menos moverse y que los pasos y los giros los hacía con mucho más soltura.
Nuestra amiga empezó a reír contenta y gritando.

 

—Tienes razón, señor búho!  ¡Puedo bailar, mira cómo bailo!  ¡Ja,ja,ja!
Purpurina siguió bailando en el agua alegre y feliz porque podía hacer lo que le gustaba. Al jilguero se le unieron otros pajarillos que hacían las delicias de todos los animales del entorno.

 

Así fue como Purpurina, la tortuga bailarina, aprendió a bailar y a día de hoy sigue haciéndolo.

© Antonio Caro Escobar

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Guarida de peques

 

 

 

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8 comentarios en “Purpurina, la Tortuga Bailarina”

    1. Jajaja. Si te soy sincero, es un genero que me encanta, porque los crios son mi pasión y me gusta jugar, contarles historias y tirarme por el suelo con ellos, lástima que los niños crecen y pierden la inocencia. Pero si, espero escribir más, de hecho ya tengo otro preparado. 😉

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