Calixta, un hada linda y lista


Aquí os traigo otro bonito cuento creado a partir de una imagen de Loedar, para la Guardería de peques.

Espero que os guste.

En un inmenso y profundo bosque donde vivían muchos animales y seres fantásticos, gnomos debajo de las setas que les servían de entrada a sus casas, duendes en los huecos de los árboles,ninfas en los juncos de la orilla del río, y hadas que parecían luciérnagas con sus varitas iluminadas al ser agitadas, vivía Calixta, una joven hada muy guapa y lista —lista por lo inteligente que era—.

Siempre estaba leyendo libros de flores, plantas  —los beneficios y los peligros de cada clase— y de animales, sus especies y familias, y lista, porque siempre estaba dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. Si una mariposa se enredaba en la tela de una araña, allí estaba Calixta para ayudarla a escapar, eso sí, sin dañar ni a la mariposa, ni a la tela. Por eso las arañas no se enfadaban con ella, porque no las hacía trabajar en repararlas; no como otros seres del bosque que ni miraban siquiera, las rompían y tenían que volverlas a rehacer.

Una noche, Calixta iba paseando por el bosque. Volaba de flor en flor como las abejas de planta en planta; de hoja en hoja como si de un saltamontes de tratara; e iba hablando sola como hacen las seres inteligentes. Hay quienes piensan que están locos por hablar solos; pero eso dicen los que no entienden que para aprender hay recordar una y otra vez lo que has leído, y hay veces que no te das cuenta y lo haces en voz alta; pero a ella no le importaba lo que los demás pensaran. En sus pensamientos estaba absorta cuando comenzó a oír un gemido, un sollozo muy bajito, pero audible para los oídos de un hada como Calixta.

Se acercó hacia donde provenía el llanto y encontró a una niña pequeña sentada debajo de un árbol; tenía los brazos abrazándose las rodillas. Estaba helada y aterida de miedo. Calixta, al verla, le habló con suavidad para que no se asustara más y saliera corriendo.

—¡Hola, hermosa niña! ¿Qué haces sola, de noche, en el bosque?

—¡Me he perdido y no encuentro a mis papás!  —dijo la niña mirando a todos lados.

Calixta no se dejó ver hasta no estar segura que la niña no se asustaría al verla.

—¿Quién eres tú? —preguntó la niña.

—Yo soy un hada y me llamo Calixta. Y tú, ¿cómo te llamas? —le preguntó el hada.

—Yo me llamo Laura y las hadas no existen —dijo la niña.

—¿Quién te ha contado eso?

—Mis papás dicen que no existen, que son cuentos para los niños —le comentó la niña.

—¡Las hadas existen; yo estoy aquí! —dijo Calixta. Eso dicen los humanos adultos porque han perdido su inocencia y ya no sueñan, como lo hacen los niños; por eso no pueden vernos; por eso y porque no nos dejamos ver. ¿Quieres verme?

—¡Sí, claro! Me gustaría —contestó la niña.

Calixta se asomó de detrás del arbusto en el que se había escondido. Se apareció despacio para que Laura la viera y se acercó a ella, ya que las hadas son pequeñitas, pero muy coquetas. Usan vestidos de los colores más brillantes y flores en el pelo como diademas.

—¿Tú eres un hada? —dijo la niña al verla.

—Claro, ya te lo he dicho. Soy un hada y me llamo Calixta.

—¡Qué pequeña eres, pero qué linda! —dijo la niña con sinceridad.

—¡Muchas gracias, Laura! ¡Tú también eres muy guapa! —le contestó el hada. Ahora debería ayudarte a encontrar a tu familia ¿no crees?

—¿Lo harías?¿Me ayudarás a encontrar a mis papás? —le dijo la niña emocionada.

—Claro; seguro que te estarán buscando por el bosque y no queremos que se pierdan ellos también, ¿verdad?

—No, supongo que no. Ellos no encontrarían un hada que los ayudase —dijo la niña con pena.

—Seguramente sí, pero no las verían. Los humanos se han portado mal con nosotros: cortan los árboles donde vivimos, envenenan los ríos donde nos bañamos, son descuidados, dejan la basura tirada en cualquier lado; muchas de mis hermanas se han quedado atrapadas entre su desperdicios. Bueno, vámonos  dejémonos de charla que se hace tarde para ti  —dijo el hada después del discurso que le soltó a la niña sin querer, pues ella no tenía la culpa; pero al menos aprendería del porqué las hadas no se le aparecían a los hombres. Sigue la luz que emite mi varita, pues a mí no me verás si me alejo un poco.

Las dos se pusieron en camino mientras Calixta le explicaba a Laura que en el bosque vivía con sus hermanas y sus primas, las ninfas del agua y los gnomos. ¡Ah! Y los verdes duendes; pero que también había seres muy malos como los ogros, o los trolls, pero que estos vivían bajo las montañas y rara vez se adentraban tan en el bosque, porque sabían que a los demás seres no les gustaban.

En esto estaban cuando Calixta oyó algo:

—¡Chisss!

La hizo callar.

—¡Laura! ¿Dónde estás? ¡Lauraaaa! —gritaba alguien entre la espesura.

—¡Ahí están! ¿Ves? Te están buscando —le dijo Calixta. Te acercaré hasta ellos, pero debemos despedirnos aquí, no pueden verme.

—¡Qué pena, me gustaría que te conocieran! —le dijo la niña.

—Eso no puede ser, Laura. Ellos no me verían aunque quisieran —le explicó el hada.

—¿Y qué les digo?

—¡La verdad! Siempre tienes que decir la verdad —le dijo el hada.

—Pero no me van a creer… —dijo tristemente la niña.

—Aún así, siempre di la verdad. Es preferible que no crean una verdad, a que lo hagan con una mentira. Así es como el hombre perdió la inocencia, ya no distingue la verdad de la mentira, lo que está bien de lo que está mal —le explicó el hada.

—¿Nos volveremos a ver algún día? —le preguntó la niña.

—Si dices siempre la verdad, aunque a veces a alguien le duela oírla, y me recuerdas, nunca perderás la inocencia. Entonces, solo entonces nos podremos volver, si por el bosque vienes algún día —le dijo el hada.

—¡Así lo haré! Vendré a verte algún día, Calixta, ¡gracias! —le dijo la niña con lágrimas en los ojos. ¡Eres una hada muy guapa y lista, mi querida Calixta!

—¡Gracias, Laura! Eres una niña muy buena, no pierdas nunca tu inocencia —le dijo el hada con una lágrima apuntando en sus ojos al oír las palabras de la niña.

—¡Te prometo que así lo haré! Cuidaré de los árboles y las flores y del agua de los ríos  —dijo Laura mientras se alejaba corriendo hacia las voces que la llamaban.

—¡Papááá..! ¡Mamááá…! ¡Estoy aquííí! —fue lo último que escuchó Calixta, antes de volver al interior del bosque.

©Antonio Caro Escobar

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18 comentarios en “Calixta, un hada linda y lista”

      1. Me había perdido en la conversación y no sabía a lo que te referias, he tenido que rebobinar para enterarme de que iba.
        Creo que me he saltado alguna fase del alzheimer. Jajaja.
        Un abrazo.

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