Archivo de la categoría: Relatos

HumoRelato


Relato escrito para los 52 Golpes 28/52.

La bicicleta

Aquel día se levantó dispuesto a empezar aquello que llevaba tanto tiempo posponiendo. Era su primer día de vacaciones y se había propuesto no pasarlos haciendo sofing con la tv y las cervezas.

Así que, se fue a la cochera, cogió su bicicleta que tenía más óxido que el hombre de hojalata del mago de Oz; la limpió, le echó aceite y engrasó los rodamientos, piñones y todo lo que pudiera ser menester engrasar. Se puso culotte, que llevaba en el armario desde que Indurain ganó su primer tour allá por 1991, —que ya ha llovido desde entonces—. Marcaba un paquete, que parecía la furgoneta de Seur.

Se subió a su bicicleta y empezó a dar pedales. Iba como la seda, recién engrasadita, apenas tenía que pedalear. Para ser el primer día se decidió por un paseo tranquilo por la ciudad, sin castigarse mucho, por aquello de las agujetas y tal. Calle arriba, calle abajo. Cuando se quiso dar cuenta estaba en la calle principal del centro, una calle que podía tener dos kilómetros de cuesta abajo, no muy pronunciada, pero lo justo para coger una buena velocidad. Se dispuso a bajarla y empezó a ir cada vez más deprisa, 20, 30, 40, 50 km horas.

¡Aquello era volar! La calle desembocaba en la plaza principal, justo a las puertas de la iglesia. Cuando vio la fachada de la iglesia quiso frenar, pero algo sucedía a los frenos que no respondían. Con tanta grasa, las zapatas se habían impregnado de ella y resbalaba sobre la llanta sin que hiciera la más mínima intención de frenar. Miró al frente y la puerta de la iglesia estaba cada vez más cerca. Miró a la izquierda: vehículos aparcados. Miró a la derecha, las fachadas de los edificios pasaban a toda leche por su lado. Miró al frente la puerta. ¡Plumm…! El golpe se oyó en toda la plaza. Salió el párroco al oír el golpe y vio a aquel pobre hombre contra la puerta, como un sello. Una de las ruedas seguía dando vueltas sobre su eje; la otra era un ocho.

El cura lo mira y muy serio le dice.

_¡Hijo mío! ¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte en algo?

Este le mira con los ojos vidriosos de lágrimas y dolor y le contesta.

_¡No padre, gracias, la ostia ya me la he dado yo solo!

El cura lo miró con cara de no entender nada ¿O sí? Solo dios lo sabe.

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Los hijos de la tundra


Este es parte del último relato que estoy escribiendo, empezó como un texto para el concurso de Paula de Grei, Almas y Bruja.

Lo que empezó como un pequeño relato, se ésta convirtiendo en un proyecto más ambicioso.

Resultado de imagen de Hijos de la tundra

Aquella mañana amaneció fría, la ventisca había soplado durante toda la noche, el frío
se había metido en los huesos de los habitantes de la tienda, a pesar del fuego que
ardía en el centro de la misma.
Kiara, la mujer intentaba por todos los medios caldear la estancia, alimentaba la
lumbre con troncos de pino, pero estos estaban húmedos y les costaba arder.
Moare había salido de caza temprano, no había empezado a clarear el día, aunque en
esta época del año los días en aquella latitud eran, cortos ya de por si, tan pronto
tuviera alguna pieza volvería a la tienda. Iba pensando en ello, cuando un conejo de
las nieves se puso a tiro de arco. Moare tenso la cuerda y apunto al animal, espero a
que el viento amainase un segundo para no errar el tiro y la soltó, el animal dio un
salto en el aire al sentir la afilada punta penetrar la carne de su cuerpo, pero cuando
toco la nieve ya estaba muerto y una mancha roja comenzó a extenderse debajo del
animal. El hombre fue a por su pieza la recogió y se la colgó del cinturón, no se paro
ni a destriparlo como tendría que haber hecho de haber seguido con su cacería.
Muage el niño se había asomado a la puerta de la tienda a pesar de que su madre le
reñía por que entraba el viento helado y no conseguía caldear la estancia.
— Ya viene mama, papa ya esta de vuelta y trae algo colgado al cinto.
— ¿Que bien, pero que es lo que trae? — le pregunto la madre para tenerlo
entretenido.
— Creo que es un conejo —contesto el niño.
— ¿Estas seguro?
— Sí, es un conejo, ahora lo veo bien.
El padre entro en la tienda cogiendo a Muage en brazos, cuando se le tiro encima para
abrazarlo.
— ¿Traes un conejo, verdad papa? —le dijo muy orgulloso el niño.
— Si hijo, es un conejo, y ahora baja que tengo que limpiarlo para que mama lo
prepare.
— ¿Me vas a preparar el rabo para hacerme un collar? —le pregunto Yara la
niña que hasta ese momento había estado tumbada en el otro lado de tienda,
hasta que los gritos de su hermano la despertaron.
— Claro hija y una de las patas traseras como amuleto, para Muage —dijo el
padre orgulloso.
— ¿Sí papa, me vas ha hacer un amuleto? ¿Y para que sirve un amuleto, papa?
—preguntaba el chiquillo como si le hubieran dado cuerda en aquel momento.
— Veras —comenzó el padre—. Los amuletos son objetos que sirven para
protegernos del mal. Pronto tendrás que salir a cazar conmigo por primera vez,
para eso practicamos con el arco casi todos los días.
— Siii, me gusta disparar con el arco —le interrumpió el niño.
— Lo se hijo, como te decía, iremos a cazar y lo primero que debes de cazar es
un conejo de las nieves —le explico Moare— pero no cualquier conejo, si no
el espíritu de la bruja blanca.
— ¿Una bruja? —pregunto el niño, muy intrigado.
— Si Muage, una bruja, pero no una bruja cualquiera, sino la bruja que nos
protege de las calamidades, la que nos abastece de caza durante todo el año

para que no pasemos hambre y la que evita que enfermemos, en los crudos
inviernos.
— Y si están buena. ¿Porque tengo que matarla? —pregunto muy serio.
— Bueno hijo, a ver como te lo explico para que lo entiendas —le dijo el padre
abrazándolo— No vas a matar a la bruja blanca, porque nadie puede matarla,
es más… algo simbólico.
— ¿Simbólico?
— Sí, algo que hay que hacer como acto de buena fe, para que ella nos acepte
entre sus hijos, los hijos de la tundra. A ella no la hacemos daño, al revés, la
veneramos y la adoramos, para que nos proteja siempre, ella es la que dirige
las flechas que disparamos y si lo cree acertado, nos deja que matemos la
pieza y si no, desvía la flecha salvando al animal. Por eso la primera pieza que
debes de cazar es un conejo blanco, porque en el estará el alma de la bruja
blanca y guiara tus pasos y tu flecha, si ella cree que estas preparado para ser
un cazador.
— Y el amuleto, ¿Qué tiene que ver?
— El amuleto es para demostrar a la bruja que la respetas y que acataras los
deseos que ella te mande, en la pata, una vez la preparemos, la hayamos
quitado el hueso, limpiado la carne y curado la piel para que no se pudra, le
tenemos que poner en su interior uno de cada uno de los cuatro elementos. Un
trozo de carbón como respeto al fuego, un saquito de tierra de los bosques, en
honor a la tierra, un frasquito con agua del mar salado y otro frasquito con aire
de tus pulmones, como respeto a la vida. Una vez estén todos los elementos en
el interior de la pata, la coseremos y la haremos los rituales, bailes y rezos en
honor a la bruja blanca para que nos proteja y nos guié por este mundo y se
haga cargo de nuestra alma cuando lo dejemos. Cuando ya tengamos todo
preparado y los ritos realizados, será el momento en el que saldremos a cazar
juntos por primera vez y veremos si ella te acoge como un hijo más.
— ¿Y si no lo hace?
— Entonces hijo mío, deberás dedicarte a la pastoreo de alces y renos u ovejas y
no podrás cazar nunca, porque ella, la bruja blanca te habrá negado el don.
— Seré un gran cazador, ella me mostrara el conejo que porta su alma y guiara mi
mano para que no falle el tiro. Seré un hijo de la tundra como tú, papa.
Así sea hijo mío o desapareceremos de este mundo y el hombre acabara por arrasar lo
poco que queda y la bruja blanca desaparecerá y con ella la protección que su alma
otorga a todos los seres vivos de este mundo. —pensó el padre— eres el último
descendiente que queda hijo mío.

Imágenes descargadas de internet.

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Bienvenidos a Megaluz. La ciudad de los iluminados


Relato escrito para los 52 golpes. 25/25

Éste, era el cartel que rezaba a la entrada de una ciudad costera de una pequeña isla de mar mediterráneo.

Desde hacía unos poco años se había convertido en una de las ciudades con mas afluencia de turistas de toda la costa Española.

Por su clima, sus playas, sus noches de diversión, pero sobre todo, por la cantidad de gurús y nuevos profetas, que habían empezado a instalarse en aquella pequeña ciudad, alabando a sus deidades, enseñando sus doctrinas.

Habían ido llegando de distintos lugares, se habían asentado allí, como moscas atraídas por el azúcar.

El primero en llegar fue un tal Scotch, al parecer era oriundo de una isla muy al norte y adoraban al Dios Cebada.

Un poco mas tarde, atraída por los comentarios que llegaban desde aquella isla; llego una mujer llamada Gin que adoraba a la deidad dorada Maíz.

Algo más tarde llegó un tal Stolichnaya su religión era más insignificante que las otras, pero aún así, hay devotos para todas, Stoli veneraba a los dioses vodka que eran fríos como el témpano, pero cuando se te metían dentro ardían como llamaradas de fuegos salidos del mismísimo infierno.

Cuando todos lo gurús de las distintas religiones se las veían felices, creyendo que habían adoctrinado a sus adeptos y que ya nada podría hacerlos renegar de sus dioses, llegó él. Venia de las ardientes y caribeñas playas del mar del mismo nombre.

El nombre de este gurú era Barceló, era tostado de piel, de suave aroma y dulce como la miel, el que se dejaba engatusar por él, caía rendido a sus pies.

Su deidad era Caña de azúcar, quizás por eso la dulzura de sus sacerdotes. Como en cada religión, había distintas ramas, pero estos que os he nombrado, quizás son los más importantes de cada una de ellas.

Como os decía, estos gurús, fueron llegando a aquella ciudad llamada, Megaluz, habían ganado miles de adeptos en los distintos lugares de oración, donde su palabra se dejaba oír, y sus deidades se dejaban adular, les daban lo que ellos pedían, felicidad, un éxtasis de bienestar, que los volvían idos, aunque dicho así, pueda parecer una incoherencia.

Cuando los ritos empezaban —estos podían hacerse a cualquier hora del día, pero la noche era el momento álgido—.

Era a partir de la media noche cuando se hacía notar el fervor que los acólitos tenían hacía sus respectivos dioses.

Estos dioses no eran estrictos como en otras religiones; en cuanto a la castidad. Por lo que las noches se podían volver verdaderas orgías sexuales, en las que todo valía, relaciones lésbicas, homosexuales, heterosexuales, tríos, cualquier forma imaginable de placer estaba permitido sin coto alguno, tan solo el que los adeptos se marcaran.

Otro de los ritos que se celebraban en los momentos más álgidos del éxtasis, siempre dejándose llevar por el amor y el ardor hacía sus dioses, eran sin duda las inmolaciones.

Este tipo de sacrificio solo lo realizaban los más fieles adeptos, iluminados.

Cuando sus dioses se aparecían ante ellos —esto lo sabemos por algunos de estos fieles que sobrevivieron de forma milagrosa, o como dicen ellos. —en el último momento sus dioses se dieron cuenta que no estaban aún preparados para estar a su lado—.

Les pedían que mostraran su verdadera idolatría hacía ellos, inmolándose, para ello debían de subir a lo alto de un edificio y lanzarse al vacío. A cambio les prometían un lugar a su lado en su reino.

Acto, que como ya hemos comentado muchos son los iluminados que se dejan llevar por esta pasión y se lanzan desde los balcones de sus habitaciones, de hoteles, apartamentos o viviendas en general en honor a su dios particular. Ya sea Scotch, Gin Stoli o Barcelo.

Al final son enviados en un saco de plástico a sus familias para que sepan que veneró a su correspondiente dios hasta el final.

Esta son bodas totalmente eternas, ya que ni la muerte los separa. O al menos así lo creemos todos, ya que sus acólitos cada día son más, llegan de más países.

A esta ciudad de iluminados.

Llamada Megaluz.

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La charca del ahogado. capitulo final


Relato escrito para los 52 golpes 13/52

Aquí os dejo los capítulos anteriores para aquellos/as que estén interesados en leerlos.

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/08/la-charca-del-ahogado-capitulo-1/

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/15/la-charca-del-ahogado-capitulo-2/

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/23/la-charca-del-ahogado-capitulo-3/

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/31/la-charca-del-ahogado-capitulo-4/

https://antoncaes.wordpress.com/2018/04/08/la-charca-del-ahogado-capitulo-5/

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El día llego mucho antes de lo que el inspector José Luis le hubiera deseado, el cansancio de los días que llevaba investigando empezaba a hacerse visible en su rostro.

Se levanto de la cama y se dio una ducha, alternando el agua caliente, con fría para despertar sus músculos y a la vez que el agarrotamiento se mitigara en lo posible. Bajo a la cafetería a desayunar. Cuando llegó Juan ya estaba esperándole.

Buenos días Juan —le saludo— ¿No ha dormido usted?

Buenos días, no tanto como me hubiera gustado, pero quería pasarme por el cuartel y traerle el expediente de la chica, el de su detención por de trafico de marihuana —le dijo.

Gracias, ¿Le apetece un café?

Si gracias.

Que dice el expediente —le pregunto.

Al parecer el caso lo llevo la comisaría de la policía nacional, de ahí, que no lo encontráramos cuando buscamos sus antecedentes en nuestros archivos, según parece, alguien aviso de que Natalia iba a transportar una gran cantidad de marihuana aquel día.

¿Un chivatazo?

Eso parece, pero no pone el nombre del informador.

Esto corrobora lo que nos han contado los padres hasta ahora, ella no se dedicaba al tráfico, no se explican como la cogieron con esa cantidad —dijo el inspector.

¿Qué piensa sobre ello?

Bueno esto cambia mucho las cosas —mascullo— mande a buscar al o a los amigos de los chicos, ya sabe los que se juntaban en la plaza de Trujillo y que declararon en su día a favor de la chica.

Si señor, ahora mismo llamo, y que unos patrullas los traigan al cuartel.

Bien, mientras vamos a ver si están los informes de la científica, quiero saber si apareció algo en la cuerda, que lo dudo y si la sangre del maletero corresponde con la de los chicos, ah y ver al capitán que ayer al final no volvimos, y no pude hablar con él.

Terminaron de desayunar y se dirigieron directamente al cuartel. El capitán les estaba esperando.

Buenos días, señores —les saludo sin el formalismo se que debiera en estos casos.

Buenos días capitán —contestaron al unísono ambos guardias. Juan se disculpo con la excusa de ir a buscar los informes de lo hallado en el coche.

Perdone. porque que ayer no volviera a verle como quedamos capitán — se disculpo el inspector.

Tranquilo no se preocupe, supongo que estuvo muy liado —le disculpo el oficial.

Sí, la verdad es que fue un día duro.

¿Averiguo algo nuevo? —le pregunto interesado el capitán— la prensa se ha hecho eco de la noticia y no me los puedo quitar de encima.

Bueno señor, tengo algunas conjeturas, pero no quiero adelantar nada hasta estar seguro, ya sabe lo que ocurre cuando sale a la luz una noticia que no esta contrastada, puede hacer mucho daño a la familia. —le dijo el inspector.

El inspector le contó lo que averiguo respecto a los chicos, lo que decía la chica en su defensa y lo que venía en el expediente del caso del los inspectores de la policía nacional que llevaron el caso en su día.

Entonces todo apunta, a que fue una encerrona que le jugaron a la chica —dijo el capitán.

Eso parece, pero algo me dice que hay algo más, que no hemos logrado ver aún.

Juan llamó a la puerta y pidió permiso para entrar, traía el informe y les dijo que los amigos de las victimas acababan de llegar.

Bien inspector, no le entretengo más. Manténgame informado en cuanto pueda.

Si capitán, así lo haré —dijo el inspector saliendo por la puerta.

¿Vamos a hablar con los chicos? —le pregunto Juan.

No, déjelos un rato que piensen, eso les pondrá nerviosos, nos vendrá bien.

Como diga, aquí tiene el informe.

El inspector se dirigió al despacho que le habían habilitado cuando llegó y que apenas si usaba, se sentó en la silla y comenzó a leer, primero el informe que le acababa de traer su compañero y después el que le dio a primera hora. Cuando los hubo leído tranquilamente se levanto y fue a la sala de interrogatorios, al pasar por una sala contigua vio que había tres jóvenes esperando, dos chicos y una chica.

Hizo pasar al primero un chico de veintidós años llamado Tomás, estuvo formulándole preguntas durante casi una hora y cuando vio que ya no iba a sacar nada nuevo le dejo marchar. La chica se llamaba Vanesa tenia veinte años y era la mejor amiga de Natalia.

Siéntate Vanesa, tranquila, solo quiero hacerte unas preguntas, sobre tu amiga Natalia —le dijo el inspector— no te preocupes, que no estas detenida ni nada parecido.

Pero yo no se nada sobre lo que paso con ellos —dijo la chica un poco asustada.

Es posible, pero igual si sabes algo del porque paso, lo que ocurre que aún no sabes, que lo sabes —le dijo el inspector— se que parece un trabalenguas, pero bueno. Empieza a contarme todo lo que sepas sobre lo que paso cuando detuvieron a Natalia con la droga encima.

¿No se, que es lo que quiere que le diga, que no sepa ya?

Lo que tu crees que paso, ¿Porqué Natalia se dedicaba al trafico de marihuana?

Ella no traficaba con nada, si es verdad que se fumaba algún porro que otro alguna vez, pera nada más. Cuando la detuvieron con la maria, fue algo raro, ella no me dijo de quien era, pero que estaba haciendo un favor a alguien.

¿Y no sabes a quien o sospechas de alguien?

No, no se a quién, se lo pregunte muchas veces, pero no me lo dijo. Yo siempre sospeche de Roberto, y se lo dije a ella, siempre lo negó.

Habría alguien que quisiera hacerla daño.

¡A Natalia! No que va, todo el mundo la quería, era un sol de chica.

¿Seguro? Algún antiguo novio, no se, alguien debía de tenerla ganas, sino, no la habrían matado, ¿No crees?

Lo que creo que la han matado injustamente, por hacer daño a su novio o a su padre.

¿A su padre? ¿Por qué a su padre?

Por que no es trigo limpio, todo el pueblo sabe que le gusta mucho la priba y cuando se emborracha pierde los papeles, más de una vez le han calentado por bocas.

¿Y sabes quien querría vengarse de él, como para matar a su hija?

Alguno al que le debiera pasta, yo que sé. Pregúntele a él.

El inspector le hizo una serie de preguntas más y se las repitió varias veces, Vanesa le respondió lo mismo una y otra vez, así que dio por finalizado el interrogatorio y la dejo que se fuera. Solo quedaba una persona por interrogar, por lo que se tomo un respiro y salio del cuartel, le dijo a Juan que no lo necesitaba y se fue caminando hasta un bar cercano, mientras, realizo unas llamadas.

Al cabo de una hora volvió, pidió al chico que quedaba que entrara en la sala y se sentara.

Hola Fran, soy el inspector Donoso, estoy al cargo de la investigación de las muertes de tus amigos, Roberto y Natalia —dijo a modo de presentación— Voy a hacerte unas preguntas y me gustaría que fueras sincero del todo ¿De acuerdo?

Si señor.

Bien. Empecemos. ¿Sabes de alguien que quisiera hacer daño a tus amigos?

No señor,  nadie que yo sepa.

¿Sobre la detención de Natalia? ¿De la marihuana que llevaba encima, que puedes decirme?

Eso, eso fue un marrón que se comió ella sin tener porque.

Explícate.

Pues eso, que se la jugaron, bueno a ella no, quisieron jugársela a Roberto.

¿Y eso? ¿Quién quería jugársela? Alguno a los que le compraba la droga para luego venderla?

No se quién le habrá contado que el pasaba maria, pero no es cierto, eso es un camelo de la gente.

¿Qué quieres decir?

Que si, que es verdad que consumían de vez en cuando, pero como todos nosotros, nos fumamos algún porro que otro en el botellón, o cuando vamos alguna fiesta y eso, pero nada más.

¿Entonces como explicas que la pillaran mis compañeros con toda la maria que llevaba? —pregunto el agente— ¿A alguien se la tuvo que pillar no crees?

No, no lo creo. Ellos no compraban y menos Natalia, es cierto que Roberto cultivaba algunas plantas, pero para consumo propio, le puedo decir donde las tenía, yo las cuido aún, por que me da no se que, dejar que se mueran. Toda la movida que se comió Natalia fue por culpa del colgado del Sergio.

¿Quién es ese tal Sergio?

Ése, ése es un pringao que estaba pillao por Natalia, pero ella pasaba de él, fueron pareja hace mucho, antes de que ella conociera a Roberto, pero cuando lo conoció a él, paso del pringao ese, y se lió con mi amigo.

¿A qué se dedica ese tal Sergio? —le corto el inspector.

A todo lo que puede y nada limpio. Pasa droga, pero no sólo maria, sino todo lo que quiera, pastillas, coca de todo. También he oído que ha dado algún palo que otro en bares y comercios, pero como todos los tontos, siempre tiene suerte y nunca lo pillan.

¿Y que tiene ese Sergio que ver con la detención de Natalia?

Vera, Roberto me contó, que el colgaó de Sergio le había pedido un favor.

¿Qué favor?

Que llevara un paquete por él hasta Miajadas, ya ve unos treinta kilómetros de nada, bueno, pues eso que le llevara el paquete, que le pagaría unos pavos por ello, que él no podía, por no se que historia le contó, mentira, era todo una movida para que pillaran a Roberto con el paquete encima, lo quiso utilizar de chivo.

¿Tú crees?

Fijo que si, estaba pillao de Natalia y se lo quiso quitar de encima para volver ligársela.

Y si es así, como es que no cogieron a Roberto y si a Natalia.

Porque ese día nos pusimos hasta el culo y Ella no le dejo a Roberto que cogiera el coche, bueno, ni  a Roberto, ni a ninguno de nosotros. Quisimos ir nosotros y tomar unas copas en Miajadas, hacía mucho que no íbamos, pero nos pasamos con la priba y la maria. —le dijo el muchacho.

Entonces ella, cogió el paquete y se fue a Miajadas. —le dijo el inspector.

No le dio tiempo a salir del pueblo, la estaban esperando, la nacional, en la gasolinera, conocían hasta la matricula del coche. —dijo muy serio.

¿El de Natalia?

Que va, el de Roberto, ella llevaba el coche de él, si hubiera llevado el suyo no la paran.

¿Eso crees?

No lo creo, estoy convencido, fue un chivatazo del cerdo ese.

¿Y Roberto como se lo tomo?

Pues usted vera, quiso ir a por el mierda ese y darle una buena, por cabrón, pero Natalia no le dejo, le dijo que si le ponía la mano encima lo dejaba.

¿Después de todo lo defendía?

No, a ese cabrón no, lo hacía por Roberto, ella sabía que si le dábamos una paliza nos metían pa dentro y era lo que ella quería evitar, así que se comió el marrón ella sola — explico Fran al inspector.

¿Tú crees que se pueden haber enfrentado el tal Sergio y Roberto, y por eso los han matado?

No, Natalia no hubiera dejado a Roberto, ni que se acercara a ése, es un mal bicho y es mejor tenerlo lejos.

El interrogatorio siguió por espacio de dos horas más en las que el inspector repaso una y otra vez todo lo que estaba diciendo aquel chico. Cuando acabo el interrogatorio, le pidió que le llevara donde cultivaban la marihuana, pero le prometió que no haría nada, que podría seguir cuidándola. Así que llamo a Juan y los tres fueron hasta Trujillo. Las plantas estaban en una casa propiedad de la familia de Roberto. Había material para consumir una buena temporada. Dejaron a Fran en la plaza del pueblo, porque así lo pidió él.

Cuando se quedaron solos los agentes el inspector le dijo a Juan que le llevara a la casa del tal Sergio Romero Sánchez. Quería hablar con él.

Cuando llamaron a la puerta, les abrió un hombre mayor, se presentaron y preguntaron por Sergio. El hombre dijo ser el padre de chico, pero su hijo no se encontraba en casa. Al preguntarle donde podían encontrarle, el hombre no supo decir nada del paradero.

Pero pueden preguntarle a su amigo Alberto, vive en la siguiente calle, dos casas más abajo.

Muy bien gracias. Iremos a preguntar a Alberto, de todas formas si viene dígale que queremos hablar con el —dijo el inspector entregándole una tarjeta.

Los agentes se dirigieron hacía la casa del amigo, dieron enseguida con la casa, al llegar a la puerta, vieron algo que les llamo la atención a ambos. Llamaron al timbre y salió una mujer en bata a abrirlos.

¿Qué quieren? —pregunto muy seca.

Estamos buscando a Alberto, nos han dicho que vive aquí.

No esta, se fue esta mañana temprano con un amigo—dijo la mujer.

¿Sabe donde?

Yo que se, no me dice donde va.

¿Esa motocicleta es suya?

Si, es su moto, ¿por qué?

Entonces fue cuando el inspector sacó la placa y se presento como inspector de la guardia civil.

¿Me permite pasar un momento por favor?

Pase si quiere —dijo la mujer.

Los agentes entraron y el inspector se acerco a examinar de cerca la moto, miro las ruedas y le dijo a Juan.

Llame que vengan a por esta motocicleta y que la examine la científica —se volvió hacía la mujer y le pregunto— ¿De verdad, no tiene idea de donde han ido Alberto y Sergio?

Ya le he dicho que no, se fueron en el coche de Sergio.

El inspector volvió a mirar a Juan.

Que emitan una orden de búsqueda del coche. Que tráfico nos proporcione la matricula y el modelo —volvió a mirar a la mujer y le pregunto— ¿Sabe el número de teléfono de Alberto?

Sí, lo tengo grabado en mi móvil.

Me lo da por favor.

Voy a buscarlo, lo tengo dentro —dijo la mujer solicita.

Si no le importa Juan, acompañe a la señora a por su teléfono —le pidió el inspector a su compañero, mas que nada para evitar que pudiera llamar al chico y que le dijera que estaban allí.

Claro inspector. Vamos por favor la acompaño.

Mientras el inspector llamo al capitán y le puso al día de todo. Le pidió que lanzara la orden de búsqueda del vehículo a todas las patrullas de tráfico. En ese momento llego Juan con el número de Alberto. Se lo paso al capitán para que triangularan la señal y poder acotar la zona de búsqueda de Alberto y de Sergio. Ambos guardias esperaron hasta que unos compañeros llegaron junto a una grúa a recoger la motocicleta. El inspector les ordeno que se quedaran en la casa y llamó a otro coche para que se apostaran en la casa de Sergio por si volvían antes de que los localizaran. Cuando vieron que todo estaba en orden, los dos agentes se marcharon de vuelta al cuartel, con la esperanza de que no tardarían en descubrir el paradero de ambos.

Mientras se dirigían de vuelta, una patrulla dio el aviso de que el vehículo que buscaban acababa de ser visto en Navalmoral, saliendo hacia la A5, dirección Badajoz. El inspector ordeno que los interceptaran y que llevaran a los ocupantes al cuartel de Serradilla para interrogarles.

Al cabo de medía hora los sospechosos fueron interceptados cerca de Trujillo y trasladados a las dependencias de Serradilla, donde el inspector ya los esperaba. Éste pidió al capitán que interrogara a Alberto, a la vez que él hacía lo mismo con Sergio. Para ello le indico al oficial que era lo que quería saber del chico.

El inspector entro en la sala en la que Sergio estaba sentado, se le notaba nervioso, cualquiera diría que era normal, que una persona que se encuentra de repente en una sala de interrogatorios este nervioso.

Hola Sergio, soy el inspector Donoso —dijo a modo de presentación— Supongo que ya te han leído tus derechos ¿Verdad?

Si señor.

¿Sabes porque estás aquí?

Pues por que nos han parado los civiles, a mi y a Alberto. en mitad de la autovía y nos han metido en un coche patrulla.

Sí, supongo que eso es así, ¿Pero realmente saber por que han hecho eso mis compañeros?

Pues no, no tengo ni la menor idea.

Bueno pues yo te lo voy a decir, y desmiénteme si no es cierto —le dijo— Supongo que te has enterado de los asesinatos que ha habido en la charca del ahogado.

Si claro, quien no se ha enterado de ello.

Si, es cierto, sobre todo tú ¿verdad?

Que quiere decir —dijo el chico a la defensiva.

Nada, que Natalia fue tu novia un tiempo ¿No? Así que es lógico que te enteraras que tu ex fue asesinada.

¿Y que tiene que ver eso? De eso ya hace mucho.

Es verdad. También debes de recordar cuando Natalia fue arrestada por tráfico de drogas ¿No?

Si claro, quién le mando a ella dedicarse ha hacer recados a su novio, mientras el se colocaba —dijo Sergio en todo despectivo.

Ahí es donde quería llegar —dijo el inspector— ¿Sabes que nadie dijo que Natalia se ofreció a llevar el paquete por Roberto, porque estaba colocado?

No hacía falta que nadie lo dijera, lo sabía todo el pueblo —se defendió

Y como podía saberlo, si ella nunca dijo nada, ni siquiera a sus padres. Trago con todo por no decir a nadie que fuiste tú el que pidió a Roberto que llevara el paquete, que tú diste el chivatazo para que detuvieran a Roberto, que fuiste tu el que dio la matricula a mis compañeros de la nacional, creyendo que seria el Roberto el que llevaría el coche —comenzó a decirle el inspector, cada vez más alto.

Eso es mentira.

Ahora dime — le dijo el guardia mirándole a los ojos— ¿Por qué los mataste? Si todavía querías a Natalia.

Yo no los maté —dijo Sergio acalorado.

Tú los mataste, no se porque, pero sí, lo hiciste —le acusó el inspector— y ahora esta tu amigo Alberto confesándolo todo en la otra sala, él fue el que te recogió con su motocicleta, lo llamaste después de matarlos y le dijiste que te recogiera en la charca, porque llevaste hasta allí el coche de Roberto y lo hundiste en el fondo de la charca, y no tenias como volver.

Eso no es cierto —se defendió otra vez el chico.

Tú los mataste, sabemos que estabas en la charca el día de autos, tú móvil te sitúa allí, hemos comprobado tus llamadas a Alberto de ese día, y la señal del repetidor de la zona recogió la llamada a tu amigo. Lo que no logro entender es porque los has matado. Aclárame las dudas.

Yo quería a Natalia, no la haría daño.

Tú la querías y lo que querías era apartarla de Roberto, por eso quisiste colarle lo del paquete, para que lo detuvieran y quitarlo de en medio y que quedarte el camino libre para volver con ella.

Sí —grito Sergio con rabia— quería que él se comiera el marrón, era un imbecil, un gilipollas que no la merecía, pero no se que veía en él.

¿Y por eso lo mataste a los dos ¿Por celos?

Yo no quería matarles, pero ese mierda se río de mi, en mi cara, me escupió que ella le quería a él, que nunca se iría con alguien como yo, bueno sus palabras fueron, Natalia jamás se ira con una mierda que hizo que la trincaran, todo por querer joderme a mi, la jodiste a ella, se comió un marrón que no le pertenecía y encima tuvo los cojones de no delatarte, y todo porque un día sintió algo por ti —confeso Sergio con lágrimas en los ojos.

¿Y ella que hacía mientras tanto?

Ella nos miraba, no decía nada —dijo— luego, él me llamo amargado, dijo que era un desgraciado, carne de cañón, que algún día me encontrarían tirado en una cuneta.

¿Qué paso después? —le insto el agente.

Le dije que si iba a ser él, el que me dejara en la cuneta tirado, que no tenía los cojones suficientes, entonces fue ella, la que le animo a que me pegara —contó— le dijo, enséñale cariño quien eres, se lo merece por lo que quiso hacernos, déjale claro que pase de nosotros de una puta vez. Y el envalentonado, bien por las palabras de ella, o bien por que iba fumado, se me hecho encima.

¿Y?

Yo tenía las manos en el bolsillo, mi navaja estaba en el derecho la saque, se la clave una o dos veces en las tripas. Natalia, al verle sangrar se abalanzo sobre mi, yo no quería, pero se la clave en el pecho y en las costillas, cuanto más se la clavaba más me insultaba y se reía. Hasta que dejo de reír y de hablar, se quedo muda en el suelo, entonces él que estaba apoyado en el coche, empezó a llorar, a decir, la has matado cabrón, la has matado. Voy a ir a por ti, te lo juro por ella, voy a acabar contigo. Fue cuando le rebane el cuello, no podía seguir oyéndolo — acabo por derrumbarse del todo.

Sergio le confeso al inspector que su intención era tirar los cuerpos en el salto del gitano, que allí los buitres darían cuenta de ellos, pero sabía que iban muchos turistas a fotografiar el paisaje y las aves, que algunos tenían unos objetivos tan potentes que verían los cuerpos enseguida, así que opto por la charca. El inspector quiso saber porque no dejo los cuerpos en el maletero y los hundió en el agua como hizo con el coche, el asesino le dijo, que si dejaba los cuerpos a los carroñeros, en muy poco tiempo darían cuenta de ellos y no dejarían ni los huesos, mientras que si los dejaba en el coche, tarde o temprano aparecerían, la charca en verano baja mucho de volumen y el coche podría quedar al descubierto o verse desde la altura, bajo el agua, y no quería correr ese riesgo. Con lo que no conté, es que justo ese día el guarda pasaría por allí por casualidad, antes de que los animales acabaran su trabajo.

El inspector le dijo.

Sergio Romero Sánchez, queda detenido. Se le acusa de ser el autor material de la muerte de Natalia González Fresno y Roberto López Vergara: Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga podrá ser usado en un tribunal, tiene derecho a un abogado, si no puede pagar uno, se le asignara uno de oficio ¿Ha entendido sus derechos?

El chico abatido asintió con la cabeza.

Diga, si. ¿Ha entendido sus derechos?

Sí, los he entendido.

Bien, ahora redactaran tu declaración y te la traerán para que la leas y si estas conforme la firmas, si no es así, volverás contar todo lo que me has dicho y será redactado por un escribiente —le dijo el inspector levantándose para salir de la sala.

El capitán salió del cuarto de al lado, había estado viéndolo y escuchándolo todo a través del espejo.

Buen trabajo inspector —le felicito

Gracias capitán, ¿Y el otro que ha dicho?

Que no supo nada, hasta que no llego a la charca a recogerlo, lo monto en la motocicleta y se fueron, que le pregunto y par de veces a su amigo que había pasado, y este le dijo que cuanto menos supiera mejor para los dos. Que se entero por las noticias y el revuelo que se armo en el pueblo por las muertes, pero que le dio miedo acusar a Sergio, entre otras cosas por que realmente tampoco sabia si había sido él o no. Así que se le acusara de encubrimiento, pero no creo que pase mucho en la cárcel.

Bueno capitán, prepararé el informe y volveré a Madrid, me esta esperando otro caso allí. Aquí ya pueden seguir ustedes con la instrucción de este caso.

Sí, como quiera Inspector, pero quiero que sepa, que ha sido un placer trabajar con usted.

Gracias capitán, lo mismo le digo —le contesto el inspector dándose la mano— ha sido un placer.

El inspector Donoso termino de ultimar los informes, llamo a Juan y se los dio para que fuera el en encargado de entregárselos al capitán. Los dos agentes se despidieron con un abrazo y un apretón de manos.

Hasta siempre Juan —se despidió el inspector.

Hasta pronto inspector —contesto el guardia— ha sido un honor ser su compañero estos días.

Gracias Juan, si necesitas cualquier cosa ya sabes mi número.

Si señor.

El inspector monto en el coche que habían enviado a recogerle y volvió a la capital a continuar con su labor, mientras pensaba que mientras hubiera personas como Sergio, siempre tendría trabajo.

Nota del autor: Este relato nació en su comienzo con el título “Los buitres”. Posteriormente se convirtió en la charca del ahogado. Quiero recalcar que todo los lugares y localidades que se mencionan en esta historia son reales todos pertenecen al parque Nacional de Mofragüe, la charca, Villareal de San Carlos, el salto del gitano, Serradilla, Trujillo. Las imágenes que han ido acompañando a los distintos capítulos, pertenecen a los lugares que se mencionan en la historia y todas han sido realizadas por mi persona.

Muchas gracias por la paciencia que habéis tenido con esta historia, Para mi, con que haya gustado a uno/a solo/a de vosotros/as me doy por satisfecho.

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La charca del ahogado. capitulo 5


Relato escrito para los 52 golpes 12/52 Aquí os dejo los capítulos anteriores para aquellos/as que estén interesados en leerlos.

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/08/la-charca-del-ahogado-capitulo-1/

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/15/la-charca-del-ahogado-capitulo-2/

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/23/la-charca-del-ahogado-capitulo-3/

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/31/la-charca-del-ahogado-capitulo-4/

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El inspector y Juan llegaron a casa del difunto Roberto López, al llegar vieron un coche patrulla en la puerta, saludaron a los compañeros y llamaron al timbre. Abrió un hombre de unos cincuenta o sesenta años.

  • Sr. López? —pregunto
  • Sí, quien es usted —contesto el padre el difunto con un hilo de voz.
  • Soy el Inspector Donoso —se presento— le acompaño en el sentimiento. Estoy a cargo de la investigación de los asesinatos de su hijo y la señorita Natalia. Se que no es el mejor momento, pero quisiera hacerle unas preguntas que quizás puedan arrojar algo de luz a la investigación, si no le importa.
  • Importarme me importa, claro que me importa, han matado a mi hijo y a su novia, no se porqué, llevó todo el día respondiendo las mismas preguntas a los policías que vienen una y otra vez, ustedes son los cuartos o los quintos que vienen a hacerme unas preguntas para lo cual no tengo respuesta. Y todavía me dice que si no me importa. Pues si que me importa, pero quiero que cojan a quien haya asesinado a mis hijos de una forma tan cruel y los metan en la cárcel para el resto de sus vidas.
  • Le comprendo Sr López, se muy bien por lo que esta pasando y entiendo como se siente —le dijo el inspector.
  • No, no lo entiende, cree entenderlo, pero le aseguro que no es así. Es usted padre.
  • No señor.
  • Ve como no lo puede entender, y menos saber por lo que estamos pasando, si alguna vez tiene un hijo y lo pierde, Dios no lo quiera, entonces será cuando comprenda por lo que se pasa. Ojala no tenga que hacerlo nunca —le dijo muy compungido el padre— pasen ustedes, llámeme Mario por favor
  • Gracias Sr Mario. No le quitaremos mucho tiempo.
  • Ya me han quitado lo más importante de mi vida, el tiempo ya me da igual.

 

Entraron en casa de la familia del finado y pasaron al salón donde la madre de Roberto, vestida de negro riguroso lloraba desconsolada, junto a ella había amigos y vecinos de la familia.

Esperaban a que el juez les diera permiso para poder trasladar los cuerpos al tanatorio y allí velar a los chicos y su posterior entierro. Mario les llevo a una sala más pequeña en la que no había nadie, donde podrían hablar más tranquilos.

 

  • Siéntense donde gusten —les dijo.
  • Gracias, no tardaremos mucho —le dijo el inspector— ¿Sabría decirme si su hijo tenía algún enemigo?
  • Se que mi hijo no era un santo, que había tenido sus mas y sus menos con la justicia, pero no era mala persona, no para que lo mataran al menos —contesto.
  • ¿Podría darme una lista de los amigos que usted conozca?
  • Él era muy conocido en el pueblo, puede preguntar a quien quiera, nunca hizo daño a nadie, si que es cierto que tonteaba con las drogas, pero nunca tuvo que robar o maltratar a nadie, cualquiera de los que lo conocían se lo podrá decir, le daré los nombres y los teléfonos de los amigos.
  • ¿Y de Natalia? ¿Qué me puede decir?
  • Poca cosa. Quería mucho a mi hijo, llevaban juntos unos cinco o seis años, pero se conocían desde el colegio. Ella estuvo un tiempo en la cárcel por drogas, la cogieron con una cantidad algo más grande de lo que se podía declarar como consumo propio, o al menos eso nos contaron. Pero vaya usted a saber para que era. Todo el mundo decía que la droga era de mi hijo y que la obligaba a ella a pasarla, pero no es cierto, mi hijo juraba y perjuraba que esa droga no era suya. Y por más que le pregunto a ella, nunca le dijo de quien era, al menos que yo sepa. ¿Cree usted que eso tendrá que ver es sus muertes? —le pregunto el padre visiblemente preocupado.
  • No sabría decirle, pero para eso estoy aquí, para averiguar quien y porqué los han matado.
  • ¿Esta seguro que cogerán a quien lo ha hecho?
  • En ello estamos trabajando y podré todo mi empeño en que así sea.
  • Gracias inspector. ¿Me mantendrá informado?
  • Puede estar tranquilo en ese aspecto que le informare de todo lo que me sea posible, siempre que no perjudique a la investigación —le dijo con toda tranquilidad— ahora le dejamos, tenemos que ver a los padres de la chica.
  • Lo entiendo, gracias de nuevo inspector.
  • De nada, como ya le he dicho antes, mis mas sinceras condolencias para usted y su familia, se que no es un trago fácil.

 

Le fue diciendo a la vez que ambos agentes y el padre del chico salían hacía la calle de nuevo, una vez en la puerta el inspector estrecho la mano al hombre y se dirigieron al coche, a la vez que saludaban con un gesto de cabeza a los compañeros que seguían en su puesto, dentro del vehículo policial.

  • ¿Y ahora?— pregunto Juan.
  • Ahora vamos a hablar con los padres de la chica —dijo el inspector.
  • Bien, como diga.

Los dos agentes se montaron en el coche y se dirigieron a casa de Natalia, estuvieron hablando con los padres, pero al igual que los de Roberto, poco pudieron aportar sobre la vida que llevaba su hija fuera de casa, era, según sus padres, una buena chica que quería a su novio. Cuando les preguntaron sobre todo lo ocurrido con los comentarios referente al trafico de drogas, lo desmintieron rotundamente, sabían que su hija fumaba marihuana, pero jamás había traficado y mucho menos que Roberto la usara para ello. Creían que era un bulo que alguien había hecho correr para manchar la reputación de su hija.

Al cabo de una hora se despidieron de los padres, y al igual que a los del chico, les aseguro que harían todo lo posible por encontrar al culpable o los culpables de su muerta. Al montarse en el coche le dijo a Juan que le llevara al hotel, que por hoy ya estaba bien, necesitaban descansar, pero antes de irse a casa le pidió.

 

  • Hágame el favor, averigüe quien llevo el caso de la chica, y que nos envíen una copia. Haber si para mañana por la mañana lo tenemos encima de la mesa.
  • Si señor, ahora hago las averiguaciones oportunas.
  • Gracias Juan.

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La charca del ahogado Capitulo 4


Relato escrito para los 52 golpes 12/52

Aquí os dejo los capítulos anteriores para aquellos/as que estén interesados en leerlos.

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/08/la-charca-del-ahogado-capitulo-1/

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/15/la-charca-del-ahogado-capitulo-2/

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/23/la-charca-del-ahogado-capitulo-3/

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El inspector y Juan comieron en uno de los restaurantes que había en la pedanía de S. Carlos, a escasos kilómetros de la charca, mientras comían hablaron de lo que habían adelantado en el caso. Faltaba mucho aún para poder aclarar, el quién y el porque de esos asesinatos. De momento no habían querido publicar las fotos de los fallecidos para ver si así averiguaban sus identidades, pero lo que estaba claro que el autor o autores de los hechos, eran conocidos de las victimas, y conocían el entorno en el que había dejado los cuerpos a merced de los depredadores.

Se hallaban por el café cuando al inspector le sonó el teléfono.

  • ¿Sí? Dígame capitán, ¿O sea que tenía razón? —pregunto el inspector— Bien dígales que plastifiquen el vehículo y lo lleven a dependencias, que los de científica estén allí para cuando llegué, sí señor en menos de una hora estaré allí, por favor que no toquen nada —se quedo escuchando al capitán y le respondió— Si señor, gracias, salimos para allá en cinco minutos.

Juan se le quedo mirando al inspector y por la cara de esté le dijo.

  • Por lo que veo, han encontrado el coche como usted pensaba.
  • Sí, así es Juan. Bueno que voy a decirte que no hayas oído ya.
  • Sí, más o menos me hago una idea. —contestó el guardia mientras se levantaba— voy a pagar y nos vamos.
  • Tranquilo Juan, yo pago —dijo José Luis— nuestra comida entra dentro de las dietas que paga el cuerpo.

Llamó al camarero y pagó la cuenta, recogiendo la factura para luego, como era habitual en él, pasarla para que se lo abonaran como gastos de dietas.

Salieron del restaurante y al montarse en el coche Juan le preguntó.

  • ¿Dónde vamos? ¿A dependencias o quiere pasar antes por la charca?
  • Vamos a dependencias, quiero estar allí para cuando el vehículo llegue, es importante todo lo que podamos averiguar de lo que haya en su interior.
  • Bien, como diga —le contestó Juan, mientras arrancaba y ponía rumbo a Serradilla.

Cuando llegaron, ya estaba el coche. Le estaban esperando para desprecintar el vehículo y empezar desmontarlo pieza a pieza para que no se les pasara nada, ni un pelo del su primer dueño en caso de que lo hubiera con anterioridad a hoy.

El inspector dio permiso para empezar, una vez se puso un traje al igual que los compañeros para evitar contaminar las posibles pruebas. Él abrió el coche despacio y empezó a mirar por todo lado sin llegar a entrar, mientras los compañeros sacaban el agua que quedaba en su interior, José abrió la guantera y saco la documentación del vehículo.

  • El coche estaba a nombre de un tal Roberto López Vergara, el domicilio que viene es de Trujillo, calle del recuerdo nº 4 —le dijo a Juan— Pida que manden una patrulla a esta dirección y que averigüen lo que puedan de esta persona y que consigan una foto, para ver si coincide con nuestra victima.
  • Bien inspector, se lo comunico al capitán ahora mismo.

Cuando Juan se retiro a hablar por teléfono con el cuartel, uno de los científica llamó al inspector para que se acercara hasta el maletero.

  • Creo que querrá ver esto inspector —le dijo.
  • Voy ahora mismo —dijo el guardia acercándose hasta donde se encontraba el compañero.

Se asomo al compartimento y vio que había sangre por todos lados, y una soga.

  • Ahora ya sabemos que cuando los trajeron ya estaban muertos, coge muestras de todo e incluso de la soga, aunque no había signos de que fueran atados con ella, no se, lo mismo pertenecía al asesino o asesinos y no al propietario del vehículo.
  • Como usted ordene —fue lo único que dijo el investigador.
  • ¿Juan? ¿Ha hablado ya con el capitán? —pregunto al chofer y compañero.
  • Si señor, me ha dicho que vayamos al cuartel, al parecer han llegado unos informes que pueden interesarle —le dijo.
  • De acuerdo, ahora vamos —le contesto— ¡Ustedes! Máxima prioridad a todo lo que encuentren, y cualquier cosa que crean que debo saber, me lo hacen llegar de inmediato, ¿entendido?
  • Si señor —contestaron los tres investigadores al unísono.
  • Gracias, sigan con su trabajo, intentare volver más tarde —dijo mientras salía.

Se montó en el coche y le pregunto a Juan.

  • ¿El capitán le ha dicho algo que deba saber antes de verle?
  • Me ha dicho que ya han averiguado quienes son los fallecidos, él es Roberto López el dueño del coche y ella es Natalia González Fresno. Su novia —le contó Juan mientras conducían.
  • Al parecer ella estaba fichada por posesión de estupefacientes, la cogieron con varias bolsas de marihuana en una redada, según dijo ella, eran para consumo propio, pero no la creyeron, — le comento— todo apunta a que el novio se dedicaba al menudeo y ella le hacía de mensajera. Ella nunca lo reconoció pero todo apunta a ello.
  • Bueno sea como sea ya no importa, lo que nos importa ahora es que ya sabemos quienes son las victimas, ahora nos falta saber, quien y por que los ha asesinado. —le dijo el inspector a su compañero.
  • No se lo que usted pensara, pero creó que todo apunta aún ajustes de cuentas —le dijo Juan.
  • Se que tiene razón Juan, pero no me gusta precipitarme en mis conclusiones, más de una vez me las he tenido que tragar por dar por sentadas las cosas, dejemos que las pruebas hablen por si solas.
  • Como quiera, pero todo a punta al mismo sitio,
  • Cierto Juan. Todo apunta a que los han matado por algo, y no sabemos porque.
  • Lo que quería decirle es… —iba a apuntar Juan.
  • Se lo que quería decir, pero son solo especulaciones, nos debemos atañer a los hechos, y los hechos hasta ahora dicen que hay dos muertes violentas de una pareja joven y nuestro deber es saber porque han muerto y quien los ha matado. —le corto el inspector tajantemente.
  • Si señor, tiene usted razón.
  • Bien ahora lo que vamos a hacer es desplazarnos a los domicilios de las victimas, hablar con los familiares y ver si no arrojan un atisbo de luz a estos asesinatos. —dijo José mientras andaban hacía el coche, más como un pensamiento en voz alta que como un comentario.
  • ¿Quiere que avise a los compañeros que vamos para allá?
  • No, no es necesario —contesto— Pero dígale al capitán que le vemos más tarde que primero vamos a hablar con los familiares.
  • Si señor.

Continuara…

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La charca del ahogado. Capitulo 3


Relato escrito para los 52 golpes 11/52

Aquí os dejo los capítulos anteriores para aquellos/as que estén interesados en leerlos.

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/08/la-charca-del-ahogado-capitulo-1/

https://antoncaes.wordpress.com/2018/03/15/la-charca-del-ahogado-capitulo-2/

 

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José Luis, el inspector, salió de la habitación del hostal, una vez se hubo aseado y cambiado de ropa, miro la hora en su móvil y eran casi la hora en la que había quedado con el guarda.

Juan le esperaba en el hall de hostal leyendo una revista.

 

  • Vallamos a ver al guarda y después nos vamos a comer, ¿le parece?
  • Como quiera señor
  • Se ve que no tiene hambre, ¿No Juan? —le pregunto con sorna.
  • Pues sinceramente si que tengo.
  • Entonces ya esta decidido —dijo el inspector.

 

Llegaron al cuartel y el inspector se presento al capitán, como es lo normal dentro de cuerpo.

  • Tengo para usted los informes del forense —le dijo el capitán una vez hechas las presentaciones.
  • ¿Hay algo nuevo?
  • Hemos cotejado las huellas de las victimas y tenemos los nombres de ambas.
  • Bien, gracias capitán —dijo el inspector cogiendo el sobre con los informes— Ahora los leo, antes quiero hablar con el guarda, debe de estar esperando.
  • ¡Ah! Es cierto, lleva un rato esperando, esta en la sala de reuniones. —le dijo indicándole una puerta al final del pasillo— Vaya, si descubre algo, manténgame informado inspector.
  • Descuide capitán así lo haré —le dijo el inspector mientras se dirigía hacía la sala donde se encontraba Bernardo el guarda.

 

Entró decidido.

  • Buenos días, soy el inspector José Luis Donoso y estoy al cargo de la investigación de los cuerpos que según tengo entendido, encontró usted ayer en el lugar llamado la charca del ahogado —dijo a modo de presentación.
  • Buenos días inspector, soy Bernardo, guarda forestal del parque nacional de Monfragüe —dijo a su vez el guarda— como bien dice usted, soy quien encontró esos cadáveres, aunque sería más justo decir que fueron los buitres quienes los encontraron, de no haber sido por ellos, lo mismo no me hubiera percatado de que estaban allí.
  • Tiene razón, he estado en el lugar de los hechos, quería hacer una primera valoración del lugar antes de venir a hablar con usted. Dígame, ¿Cómo creé que llevaron allí los cuerpos? —pregunto el inspector.
  • No lo se, supongo que en un coche.
  • Si es posible, pero no había huellas de rodada en todo el lugar, hasta donde aparcaron mis compañeros cuando usted los llamo.
  • Lo sé, uno de los guardias de los que iban con un mono blanco, lo comento.
  • Aja, esos de lo trajes blanco son guardias especializados, de la científica, o sea que ellos se dieron cuenta y lo comentaron ¿según usted?
  • Si, yo se lo oí decir a uno, se lo decía a otro compañero.
  • Bien, gracias. ¿Otra cosa que quisiera saber? —dijo el inspector— Según sus conocimientos de la zona, ¿Cuánto cree usted que tiene de profundidad la charca? en su lado más profundo.
  • Bueno calculo yo que ha de tener unos cinco o seis metros en el centro que es el más profundo, aunque parece que no tiene mucha profundidad, porque entra con una pendiente suave, al poco hace un cortado que la ahonda en casi tres metros, de ahí viene su nombre, hace muchos años unos chiquillos de la zona se fueron a bañar un verano, uno, el más valiente como siempre, se entro, al principio no le cubría y se confío, de golpe se hundió cuando el suelo desapareció bajo sus pies, los amigos fueron a sacarlo, con tan mala suerte que el que menos sabía nadar, cayo también dentro de la charca y el pobre acabo ahogado.
  • ¿Y el otro?
  • Al otro lo sacaron a duras penas, pero para el amigo fue tarde. Desde entonces se le llama la charca del ahogado, para que a nadie se le olvide con el tiempo.

 

El inspector le agradeció la información que le había dado, mientras se dirigía a Juan que se encontraba de pie al lado de la puerta.

 

  • Juan por favor, dile al capitán que venga, si no le importa.
  • A su orden inspector —le contesto el guardia, guardando las apariencias como era de rigor.

 

El capitán entro en la sala dirigiéndose al inspector directamente.

 

  • ¿Quería verme inspector?
  • Si capitán, solicite una orden para que un grupo de agentes rastreen y draguen la charca. Si estoy en lo cierto, el vehículo que se utilizo para trasladar los cuerpo esta en el fondo.
  • ¿Qué le hace pensar eso?
  • Vera, cuando he llegado, lo primero que he hecho ha sido ir al lugar de los hechos, con las fotos que mandaron a Madrid he ido comparando in situ cada descubrimiento, cada indicio y cada pista que descubrieron ayer los compañeros de la científica, me he percatado de que no había ni una sola huella de ningún vehículo alrededor del lugar, cuando he recorrido el perímetro he visto indicios de que borraron las huellas con ramas de encina, que luego fueron echadas dentro de la charca debajo de uno de los árboles que crecen a la orilla, de esta forma parece que la rama pertenece al mismo árbol, por eso se les ha debido de pasar a los compañeros.
  • Entonces, suponiendo que sea cierto lo que dice, como se fue de allí el asesino. ¿Cree que hay más de uno, que tenía un cómplice esperándole en otro coche? —pregunto el capitán.
  • Si y no. Quiero decir que… si, que hay más de una persona involucrada, y no, no se fueron en un coche, se fueron en una motocicleta.
  • Como puede saber lo de la motocicleta, no se han hallado huellas de rodada —dijo el capitán.
  • No se hallaron porque pisaron la hierba, por la noche el roció la empapó y a la mañana siguiente había vuelto a levantarse, pero en el camino donde el perímetro de seguridad se marco, entre las huellas de nuestros vehículos encontré unas huellas que no se correspondían con las de las motocicletas de los compañeros del seprona que allí estuvieron, y ahora al entrar he visto la motocicleta de Bernardo aquí presente y me he fijado en sus gomas, tampoco se corresponden con las del lugar — mientras explicaba los hechos a los presentes, le mostró unas fotografías de las huellas que había encontrado en el lugar.
  • Vaya, parece que a nuestros agentes se les ha pasado muchas cosas por alto —dijo el capitán algo molesto.
  • Tranquilo, no se lo tome a mal, no están acostumbrados a este tipo de investigaciones y es fácil que ciertos detalles se pasen por alto.

 

Tanto Juan, como Bernardo miraban atónitos las explicaciones que le estaba dando el inspector al capitán, ellos habían estado en el lugar y tampoco se habían percatado de nada de eso. El guarda era bueno en su trabajo, estaba acostumbrado a advertir las huellas de furtivos y descubrir las trampas que estos colocaban, e incluso a seguir sus huellas a través de la sierra, pero ni por asomo había visto nada parecido a la perspicacia que estaba demostrando el inspector de la benemérita.

 

El capitán solicito la orden para el rastreo de la charca, mientras el inspector y Juan se iban a comer algo a un bar que había cerca, en una pedanía a poco más de cinco kilómetros del pueblo y a unos dos o tres de la charca, luego irían a ver si sus sospechas eran las correctas.

Continuara…

 

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Viaje Onírico


Relato escrito para Fleming Lab, ejercicio para del curso de escritura masticadores de letras. 

Cuando desperté, me encontraba entre las raíces de un inmenso árbol, los troncos eran tan anchos como yo, y su longitud incalculable, visible había unos cinco metros y se introducía en la tierra a la vez que se iba afinando su diámetro, levanté la cabeza por encima de aquellas raíces y mire a derecha e izquierda, solo había árboles iguales al que me acogía a sus pies, unas plantas trepadoras subían por los troncos buscando la luz del sol que debía hallarse quince o veinte metros por encima de las copas.

La humedad que había en el ambiente era pegajosa, la claridad era escasa, apenas penetraba entre el follaje, me levante despacio, me dolía todo el cuerpo y no sabía si tenia algo roto, con cuidado me palpe en aquellas zonas donde el dolor era más intenso, moví las piernas, los pies, los dedos. Parecía que todo estaba bien, nada roto, ninguna herida, alguna pequeña contusión sin más consecuencias. Una vez de pie, cogí una rama a modo de bastón, empecé a caminar despacio en dirección sur, había aprendido a orientarme por medio del sol o en este caso ya que no podía ver el sol por las copas de los árboles.

Examinando los troncos, vi que la humedad hacía crecer verdín en el lado norte del tronco al igual que el musgo crece en los lugares más sombríos en el hemisferio norte del planeta.

Lo que me hacia creer que estaría en algún lugar del hemisferio sur, ¿Pero como había llegado hasta aquí? Camine lo que me pareció varias horas, pero el paisaje no había variado un ápice, algo que me llamo la atención al poco de comenzar a andar, fue no oír ni el canto de un pájaro, ni el graznido o chillido de animal alguno. Siempre había oído que las selvas son un cúmulo de sonidos.

Seguí avanzando y ya debería de haber pasado varias horas, pero la luz no variaba, el sol parecía que no se había movido desde que abrí los ojos en este lugar.

El cansancio me podía y me senté un rato, tenía hambre y sed, aún así me quede dormido.

Abrí los ojos despacio, me encontraba aturdido, algo había cambiado, era de noche, estaba oprimido, como si no me hubiera movido durante el tiempo que he estado dormido y hubiera quedado entallado entre las raíces del árbol en el que me había tumbado agotado.

La oscuridad lo abarcaba todo, levante la vista hacía el cielo, pero la negrura era total, intente moverme y no podía, estaba inmovilizado por algo que impedía realizar cualquier desplazamiento, poco a poco la vista se fue acostumbrando a aquella oscuridad total y comencé a vislumbrar algo a mi alrededor más cercano, baje la vista hacía mi cuerpo y vi que algo me tenía amarrado, era como un fino hilo de seda, como si una araña gigante me hubiera envuelto en su tela para preservarme, ¡Para Dios sabe que! Como pude empecé a mover la mano izquierda y pude meterla en mi bolsillo del pantalón, en el cual llevaba un encendedor, lo saque despacio y lo encendí a riesgo de quemarme, pero no, en cuanto el hilo noto el calor se encogió, por lo que pude sacar la mitad del brazo, como pude, siempre para no quemarme, fui prendiendo a lo largo de mi cuerpo hasta liberarme de aquel capullo de seda, una vez libre, levante la mano con el mechero encendido, recordé algo que siempre me había dicho mi abuelo, cuando era niño,

— Hijo, uno siempre debe de llevar encima, un mechero, una navaja y una cuerda.   —¿Por qué abuelo? “Porque nunca sabes cuando las vas a necesitar” —fue su respuesta. Aquello se me quedo grabado y siempre llevo un mechero de gasolina y mi navaja, la cuerda la llevo en la mochila, pero no siempre va conmigo. Ahora agradecía las enseñanzas de mi abuelo.  La llama del encendedor ilumino gran parte de lugar, había más de una veintena de capullos por toda la gruta. Sin pensármelo dos veces, busque por donde poder salir de allí, me desplace a lo largo de las paredes de la cueva, hasta que en uno de los puntos, no sabría decir cual, había perdido todo el sentido de la orientación, note un poco de aire que venia de más adelante, así que con una mano en la pared fui avanzando en aquella dirección, pasado una eternidad salí a la luz del día en un pequeño claro, la gruta en la cual había estado, se encontraba debajo de una ladera, pensé en subir a la cima y otear desde allí, desde arriba podría ver si había algún rastro de civilización.

Comencé mi ascenso por la ladera, no fue un camino de rosas, pero tampoco lo podría considerar muy complicado, cuando llevaba unos cuantos metros por encima de la entrada de la gruta, algo abajo llamo mi atención, de la boca de la cueva salía una cabeza con múltiples ojos y al menos cuatro patas, me tire al suelo de piedra y me fundí, mas que pegarme a él. Aquella cosa no salió mas de lo que había visto, no se si por miedo a la luz o porque había perdido mi rastro, al momento, se metió dentro de nuevo, me puse de pie y seguí el ascenso con más miedo que prisa, de vez en cuando miraba alrededor pero solo había árboles por todas partes, me recordaban a las secuoyas que había visto en un reportaje y comparados con estos, eran arbustos. Levante la cabeza, vi que quedaba mucho por ascender, así que me arme de valor y paciencia para seguir caminando hacía lo alto de aquella montaña, porque de ladera ya tenía poco, el cielo comenzó a oscurecerse lentamente, la noche se echaba encima y allí no había donde guarecerse, por otro lado solo el pensar en meterme en otra cueva para pasar la noche, hacía que mi cuerpo tuviera espasmos, por el temor a lo que pudiera encontrarse dentro.

Me metí entre dos rocas que encontré un poco más arriba, estaban de tal forma que no cabía nada por arriba, ni por los lados, tan solo por el hueco por el que había pasado yo, y me había costado entrar, tuve que hacerlo de lado y casi me quedo entallado. No quería dormirme por miedo, pero el cansancio y la mente juegan en contra de uno, volví a dormirme.

Cuando desperté me asuste, quise levantarme pero no pude, me encontraba atado con lianas las tenia por todo el cuerpo, me agite, convulsione, grite de rabia, de furor, todo en vano, no pude soltarme.

Una cara se puso en mi ángulo de visión, algo apartado, como si me tuviera miedo, me miraba de reojo mientras se movía de un lado a otro de la estancia donde me encontraba.

  • ¿Quién eres? —pregunte.

Silencio fue lo que encontré a modo de respuesta, aunque debió de oírme, porque me miro durante unos segundos y volvió a lo que fuera que hiciese.

  • Quiero hablar con alguien, con tu jefe o con quien sea que mande aquí — le dije un poco enfurecido.

Volvió a mirarme y se dio la vuelta y salio, no se si me había entendido o no, pero escuche como se abría y se cerraba una puerta de madera. Pasó lardo tiempo hasta que volví a oír aquella puerta, ahora estaba más despejado, mis sentidos estaban más alerta. La primera cara se puso de nuevo a mi altura y una segunda apareció por su derecha. Este último fue el único que me hablo.

  • ¿Como se encuentra? — preguntó.
  • ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? —preguntarle a mi vez.
  • Tranquilo, todo a su tiempo. — me dijo a su vez — Primero dígame como se siente.
  • Como una mosca en una tela de araña —dije.

Aquel comentario me trajo a la memoria el suceso de dos o tres días atrás, aquello me hizo estremecer, la persona que estaba delante al verme me pregunto.

  • ¿Tienes frío? Parece que tienes escalofríos.
  • No, lo que quiero es que me desaten y dejen marcharme.
  • Eso no va ha ser posible, aún no —me dijo.
  • ¿Qué es lo que quieren de mí?
  • Saber lo que hay en tu cabeza.
  • ¿Cómo? Que pretendéis abrirme el cráneo?
  • Si fuese necesario. Pero no creó que lleguemos a tanto. Solo queremos saber que ocurre dentro de tu mente, para entender ciertas cosas. Ahora descansa y después volveremos a hablar.
  • No quiero descansar, quiero salir de aquí y quiero que me suelte ¡Ya!
  • Tranquilícese cuanto más se altere peor será.
  • ¿Que quiere decir, con que peor será?

No contestó, solo miro al otro que seguía a su lado y le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, esté fue al otro lado de la estancia, y comenzó a moverse de un lado a otro, yo no veía lo que hacía desde mi posición, pero al momento empecé a tener sueño, por más que luchaba por mantenerme despierto más se me cerraban los ojos, hasta que pasados unos minutos….

Debía de estar sumido en un sueño muy profundo, porque oía desde un lugar muy lejano. Sr. Pérez, me oye, Sr. Pérez vuelva, todo esta bien, despierte por favor.

Poco a poco fui abriendo los ojos, había un hombre con una bata blanca, que me miraba con cara de preocupación.

  • ¿Se encuentra usted bien?

Solo pude contestar.

  • ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?
  • ¿No lo recuerda?
  • ¡Recordar! ¿El qué?
  • Se encuentra en el centro de investigación del sueño, vino hace dos semanas para que le tratásemos las pesadillas que padecía. Le hemos tenido en un sueño inducido químicamente, le hemos monitorizado durante todo este tiempo —me explico el médico— Soy el doctor Gutiérrez, Joan Gutiérrez.

Me miré levantando un poco la cabeza y vi un montón de cables que salían por todos lados hacía unas maquinas que había a los lados de la habitación, más allá en la pared de la derecha, había un cristal que abarcaba todo el perímetro.

El médico dijo: ya tenemos todos los datos para tratar su problema Sr Pérez.

  • ¿Cuál problema? ¿Qué solución?
  • Su problema, es que tiene el poder de viajar a través de los sueños. La solución es que el gobierno quiera potenciar esa habilidad.

Fue todo lo que oí a modo de respuesta antes de volverme a quedar dormido.

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La charca del ahogado. Capitulo 2


Relato escrito para los 52 golpes 10/52

Cuando llegaron los agentes de la guardia civil y la científica, no daban crédito a lo que veían, era la primera vez que se encontraban con algo así. Asignaron el caso a un investigador que enviaron desde Madrid, era uno de los mejores investigadores del cuerpo de la benemérita con una larga lista de casos resueltos.

José Luis Donoso se traslado desde la capital hasta el parque Nacional de Monfragüe en helicóptero, a petición de sus superiores, por el camino durante el vuelo le dieron un informe del caso, en el cual se detallaba el hallazgo de dos cuerpos, uno de un varón, caucásico de unos, entre veinticinco y treinticinco años aproximadamente. El otro era de una mujer algo más joven rondaba los veintipocos, blanca, morena de metro sesenta y cinco, cincuenta y ocho kilos. Él media metro setenta y seis y pesaba unos ochenta kilos. Los había encontrado el guarda del parque en un paraje denominado la charca del ahogado, en avanzado estado de putrefacción, de ahí que los buitres dieran cuenta de sus cuerpos. Según el análisis forense, el varón presentaba una herida de salida de bala en la espalda, la de entrada había desaparecido, aunque había marcas del proyectil en los huesos de la cavidad torácica, sin embargo la mujer a juzgar por el forense había muerto de múltiples heridas de arma blanca. El inspector miraba las fotos que adjuntaban el informe y no podía comprender como podía haber llegado el médico forense a aquella conclusión, si las fotografías mostraban desgarros de piel y músculos por todo el cuerpo a causa de los picos y las garras de los carroñeros y otras alimañas antes que estos.

Según el informe, los cuerpos fueron trasladados allí cuando ya estaban muertos, pero el guarda dice que pasa por esa zona al menos una vez al día, que se hubiera percatado de que los cuerpos estaban allí. Esto es algo que me sorprende y sin embargo la zona es de difícil acceso, el que o los que llevaron los cuerpos conocen el entorno y sabían donde dejar los cuerpos. Bernardo, el guarda dice que a la charca van a beber los buitres a diario, pero nunca como hoy que revoloteaban alrededor de los cuerpos esperando su turno para bajar a comer, así y todo ya había una treintena de los más viejos comiéndose los cadáveres cuando el llego y tuvo que espantarlos a riesgo de ser atacado.

A partir de aquí es cuando entra en juego la científica de la benemérita y sus superiores le ponen a el al cargo del caso. Sigue dando vueltas al informe para no dejarse ningún cabo suelto, cuando oye al piloto a través de los auriculares.

  • Inspector estamos encima del lugar indicado, eso de la derecha es la charca del ahogado y ciento cincuenta metros al norte se encuentra el lugar donde encontraron los cuerpos.
  • Gracias capitán. Le importa dar otra vuelta alrededor, por favor — pidió el inspector — quisiera echarle un vistazo más detenidamente desde aquí.
  • Como usted diga señor.
  • Gracias capitán.

El aparato volvió a realizar otra pasada por el lugar de los hechos antes de dirigirse a un claro en el que le esperaba un coche con un agente. El helicoptero descendió y el policía se bajo y recogió un bolso de viaje y una bolsa en el que llevaba su portátil, la cámara de fotos y otros aparatos que creía que podían hacerle falta en su investigación.

El agente que le esperaba al pie del coche se acerco hasta él y se cuadro a la vez que se presentaba.

  • Señor. Se presenta el Guardia Juan Antonio Perez Romero, señor. Me han ordenado ser su chofer durante el tiempo que este aquí, señor.
  • Descanse agente — dijo el inspector — llámeme José Luis o José a secas, si vamos a estar juntos todo el día, vamos a dejarnos de formalismos.
  • Si señor — dijo el agente a la vez que le estrechaba la mano, al ver que el inspector se la alargaba en un ejemplo de confianza.

Valga decir que el inspector era comandante del cuerpo, pero a el no le gustaba ejercer como tal salvo en contadas ocasiones, era de los que creían que se sacaba más cediendo que no tensando. Hacía mucho que se dio cuenta de ello, ya siendo teniente vio como superiores suyos eran odiados y menospreciados a espaldas suyas por ejercer su rango con demasiada dureza y sobriedad, cuando pensaba en ello se acordaba del dicho ese “Más vale caer en gracia, que ser gracioso”. Él a día de hoy podía decir que caía en gracia, intentaba ser amable, tratar a los subordinados siempre con educación y respeto, pero sabía imponerse llegado el caso.

Todo ello hacía que lo apreciaran tanto los de arriba, como los de abajo, más si cabe los últimos, lo que le hacía sentir bien, pues jamás había tenido que imponer su autoridad más allá de alguna reprimenda que luego había subsanado con unas cervezas y una partida de billar americano al cual era aficionado.

Pidió a Juan que le llevara hasta el lugar donde habían encontrado los cuerpos, mientras montaban en el coche, un Citroen C5 sin ningún distintivo que indicara que pertenecía al cuerpo.

  • Hágame un favor Juan.
  • Si señor, usted dirá.
  • Mientras este conmigo, no se ponga el uniforme, prefiero que vaya de paisano.
  • Si señor.
  • ¡Ah! Otra cosa, deje de llamarme señor.
  • Si… Como quiera.

Llegaron a la charca y el inspector se bajo del coche e hizo un gesto a Juan para que se quedara en el coche, no quería que  nada le distrajera en aquel momento. Cuando llego al lugar, saco las fotos y comenzó a verlas a la vez que veía los lugares in situ  donde habían aparecido los cuerpos. Se movía de un lado para otro a la vez que comparaba las fotografías y a la vez hacía las suyas propias de aquello que llamaba su atención. Cuando acabo se dirigió hacía el camino que accedía a la charca, miro y fotografío en un lado luego en otro.

Finalmente se monto en el coche y le dijo a Juan.

  • Llévame al cuartel por favor.
  • Muy bien, esta a unos tres kilómetros de aquí, ¿Ha averiguado algo? —Pregunto el guardia.
  • No sabría decirle, he de hablar con el guarda que encontró los cuerpos.
  • ¿Con Bernardo?
  • Si, con Bernardo.
  • Quiere que avise por radio y que le digan que vaya para el cuartel? —se ofreció Juan.
  • Si por favor. Que le digan que en un par de horas este allí, así antes me dará tiempo a darme una ducha y a cambiarme de ropa.

Juan cogió la radio del vehiculo y se pudo en contacto con el suboficial de guardia del cuartel y le comunico le que el inspector le había dicho, cuando corto la comunicación le dijo.

  • Bernardo esta con turno de tarde por lo que nos esperará en el cuartel a la 14,00h

El inspector miro su reloj del móvil y vio que eran las 11,37 h.

    • Bien Juan entonces lléveme directo al hostal de la plaza de Serradilla, tengo allí una habitación reservada, me daré esa ducha antes y después iré al cuartel.
    • Si señor.

Continuara…

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La charca del ahogado. Capitulo 1


Relato escrito para.  Los 52 golpes 9/52

Cuando vio a los buitres revolotear en el cielo azul ocultando el sol con sus alas, Ramón el guarda forestal del parque, supo que nada bueno se presagiaba. Calculo la posición en la que podían estar los restos que había atraído a los carroñeros y se dirigió hacía allí en su motocicleta.

Tendría que haber notificado por radio que se dirigía a averiguar lo que ocurría y que dieran parte al seprona, pero antes quería asegurarse de que era realmente lo que había hecho que tal cantidad de aves se hubieran congregado en ese punto del parque.

Iba divagando mientras sorteaba chaparros y jaras zigzagueando, tuvo que saltar un par de paredes de pizarra que delimitaban las fincas privadas.

  • Bernardo el pastor, avisaba cuando alguna de sus ovejas se le moría, y decía donde y como había muerto. Cuando era por accidente, se quedaba en el lugar como carnaza a cambio recibía una compensación por ello, pero si la muerte le sobrevenía al animal sin saber como, era retirado y llevado a incinerar para evitar que alguna enfermedad, si éste era el caso, y que pudiera ser transmitida a otros animales por el consumo de sus restos. Así que creía que una oveja no podía ser, debía de tratarse de otro animal, un ciervo o algún jabalí —

En esto estaba pensando mientras sorteaba los obstáculos y se acercaba cada vez más al punto donde se arremolinaban los buitres, debían de estar cerca de la charca del ahogado. Cuando se acerco al lugar los pájaros levantaron el vuelo molestos por la interrupción de aquel intruso.

Ramón paro la moto, se aproximó al lugar donde los buitres se peleaban por la comida que habían encontrado, los tuvo que espantar y estos no lo hicieron de buen agrado. Al acercarse se encontró con un amasijo de carne y huesos, él creía que ya lo había visto todo, pero fue tal la impresión, que el estomago se le subió a la boca y tuvo que retirarse tras una encina para vomitar todo el desayuno de esa mañana. Se acerco dando tumbos hasta la moto y cogió el walkie, llamo a la central para notificar el hallazgo.

  • Luci, Me copias? — dijo, con el sabor de la bilis en la boca— Lucia, Soy Ramón, me escuchas? Cambio.
  • Hola Ramón, te escucho, que ocurre? —se oyó decir por la radió, era la voz de una mujer joven.
  • Luci, avisa a la Guardia Civil, diles que vengan a la charca del ahogado, cambio —dijo el guarda.
  • ¿Que pasa Ramón? ¿Qué has encontrado? Cambio —oyó decir Ramón a través del walkie
  • Algo muy serio Luci, he encontrado los restos de lo que eran dos personas. Cambio —le dijo Ramón
  • ¿Qué quieres decir con eso de lo que eran?
  • Pues eso Lucia, lo que quedan de dos personas, entre las alimañas y los buitres has dado buena cuenta de los cuerpos.
  • Madre de dios bendita —oyó exclamar a la chica— ahora mismo me pongo en contacto con el cuartel. Cambio.
  • Gracias Luci, que se den prisa o los buitres me acabaran comiendo a mí por quitarles su festín. —le apremió el guarda cortando la comunicación.

La-charca-del-ahogado

Continuara…

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