Archivo de la categoría: Relatos

El bingo


Relato escrito para.

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Estaba esperando debajo de aquel paso subterráneo; sabía que su presa debía pasar por allí. Lo había seguido durante tres noches, desde que abandonaba aquel salón de bingo hasta la misma puerta de su casa. Esa noche tuvo la osadía de entrar en el establecimiento para ver a su víctima. Se sentó en una mesa apartada, desde la que podía vigilar pasando desapercibido; se pidió una copa y compró dos cartones para no dar la nota.

Apenas estaba pendiente de sus cartones vio cómo su víctima cantaba un sustancioso bingo y cómo guardaba el dinero en un sobre. Al cabo de media hora se levantó y se fue a aquel paso donde lo acecharía. Eran casi la dos de la mañana, faltaba poco para que su presa bajara la escalera y entrara en la oscuridad de aquel agujero. Él se había encargado de que así fuera, rompiendo las bombillas y ocultándose en lo más oscuro del pasadizo.

Aquel incauto bajaba por las escaleras que atravesaban la calzada por aquel pasaje; acostumbraba a hacerlo en vez de pasar por arriba, aún a sabiendas que a aquella hora había poco tránsito de vehículos; era un hombre de rutinas y no podía evitarlo. Entró en el pasadizo y se paró un segundo. No había luces en todo el trayecto; algo que le sorprendió mucho, pues era la primera vez que aquello le sucedía. Pasado el momento de sorpresa, se encogió de hombros y reanudó su camino. ¿Se habrá estropeado el conmutador que da corriente a la línea? _pensó.

El cazador estaba agazapado en las sombras esperando a su presa, cuando vio que se paraba al principio del pasaje. Se puso un poco nervioso, temió que se diera la vuelta sobre sus pasos, _debí dejar la última luz del otro lado, le hubiera dado algo más de confianza para pasar _pensó. Al ver que su víctima reanudaba su andar, se relajó un poco, sacó una navaja de grandes dimensiones y esperó a que estuviera a su altura.

Este hombre iba confiado, estaba contento, hacía ya tiempo que no cantaba un bingo tan sustancioso. Es verdad que había cantado algunos, pero todos de una cuantía muy pequeña; pero hoy había sido muy bueno, nada más y nada menos que casi cuatro mil euros. Solo de recordarlo, se le dibujaba una sonrisa bobalicona en la cara.

El ladrón le dejó pasar por su lado. Cuando estaba a su altura, mantuvo la respiración y la adrenalina se le disparó como un obús. Aún así se mantuvo a la espera. Cuando pasó le salió por detrás y le puso la navaja en el costado.

_No te muevas _le dijo. Dame todo lo que llevas.

_Tranquilo _le pidió la víctima. No hagas nada de lo que tengas que arrepentirte.

_Cállate y entrégame todo el dinero, deprisa _le apremió.

_No tengo nada, no me hagas daño _le suplicó la víctima.

_¡No me mientas! He visto cómo cantabas un bingo y sé que era una buena suma _le dijo el atracador.

_¡Me vigilabas! Joder, parece ser que no tengo escapatoria, no te pongas nervioso _le dijo, muy tranquilo.

_¡Deja ya de hablar y entrégame el dinero, no tengo toda la noche! _le calló de golpe.

_Está bien, tú ganas. ¿Puedes soltarme para que me saque el dinero? Por favor _le pidió.

_No intentes nada o te rajo; no te miento.

_Vale, vale. ¡Uf!, qué mal trago, y yo que creí que esta era mi noche de suerte.

_Que te calles, y dame la pasta deprisa; no te lo vuelvo a repetir _le dijo ya nervioso.

Apretando la hoja de la navaja contra el costado de su víctima, notó cómo se hundía en la ropa rasgando la tela con el filo.

_Tranquilo, tranquilo, toma el dinero _. Le dio un sobre con el dinero.

El atracador le soltó para coger el paquete que su víctima le entregaba, y este daba a su vez unos pasos hacia adelante girándose para ver la cara de su atracador. Se miraron a los ojos y el cazador vio en aquellos ojos algo que no comprendió. Se oyó un ruido atronador en aquel pasadizo y un fogonazo de luz cegó al atracador, a la vez que notaba que algo le quemaba el pecho como un pinchazo ardiente que le penetraba y algo, caliente y viscoso, se le pegaba a la ropa.

Cuando quiso comprender lo que ocurría, ya estaba muerto.

El cazador fue cazado sin saber cómo.

Cuando cayó al suelo, aquel hombre se adelantó. Agarró el sobre que seguía en manos de atracador y le dijo:

_Lástima, si te hubieras quedado un poco más dentro del salón habrías visto que llevaba una pistola y que como tú, me veo obligado a robar para sobrevivir. De haberlo hecho, ahora estarías en tu casa y no tirado en un sucio y oscuro pasadizo.

Se dio la vuelta y se marchó tranquilamente sonriendo, pensando de nuevo en los números de aquel bingo de casi cuatro mil euros que había cantado esa noche.

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Una pareja de inseparables


Este es mi primer relato para “Los 52 Golpes”
52 escritos durante las 52 semanas que tiene el año, un escrito por semana.
Este es el comienzo de mi primer reto para este año 2018
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Una pareja de inseparables

Se conocieron una mañana, ella tan chiquitita, el ya adulto. Estuvieron juntos durante meses y él se dedicaba a enseñarla. Vivían separados aún estando siempre juntos. A el le llamaban Rocky a ella Cobi. Ella creció y por diversas cuestiones tuvieron que separarse.

Todo parecía que aquella relación había finalizado definitivamente. La vida siguió su curso. Durante dos largos años nada ocurrió fuera de la rutina de Rocky. Hasta que una noche por sorpresa, ¡Cobi! volvió a casa sin avisar. Rocky no se lo podía creer, volvían a estar juntos después de dos años.

A la mañana siguiente, salieron de casa y disfrutaron como si fueran inseparables.

Pronto decidieron tener descendencia ya para ello había mucho que preparar. Su nidito de amor fue tomando forma, se fue tornando cómodo acogedor para la familia que habría de llegar pronto.

Rocky como buen padre y mejor pareja estuvo en todo atento y solicito a los cuidados que Cobi pudiera necesitar.

Ahora la pareja esperan con paciencia la llegada de su prole, cuatro descendientes, de una relación que el tiempo no pudo borrar a pesar de la distancia y los días transcurridos, hoy juntos de nuevo, si se puede decir que son una pareja inseparable.

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El Bosque de las sombras


Relato escrito para el curso de escritura de FlemingLab. Masticadores de letras.

El Bosque de las sombras

Galopaba entre los árboles sabiendo que sus perseguidores estaban cerca, las ramas pasaban veloces y algunas le pegaban en pecho y la cara, dejándole arañazos, el caballo veloz levantaba la hierba y los arbustos, desplegando un aroma: A tomillo, cola de caballo, manzanilla y otros olores que se entremezclaban entre si. A su espalda oyó como uno dijo: “Rápido, no paréis, no puede andar lejos hay que cogerlo. Cinco monedas de oro al primero que lo atrape”. Ethart que así se llama el muchacho, azuzaba su cabalgadura todo lo que podía, sabía que si salía de la arboleda no podrían atrapar a su caballo. “Vamos bonito, corre, corre como tu sabes que ya casi estamos” —Le susurraba a su oreja. El animal al oír las palabras de su jinete apretaba el ritmo.

Dejaron atrás el bosque saliendo a campo abierto. Tenía mucha confianza en su caballo, era ágil, veloz como el viento y negro como una noche sin luna. Por el prado podía correr con tal velocidad que apenas levantaba trozos de hierba del suelo, era como si no la tocara. Miró atrás y vio a sus perseguidores salir de entre los árboles, aunque ya estaban muy atrás, habían aprovechado la ventaja que Zahino, su caballo les había sacado en la pradera. Ahora más seguro de si mismo, sabía que les daría esquinazo pronto.

Los perseguidores eran soldados del señor del trueno, hermandad creada a raíz de la guerra de los siete estados. Su jefe o general, era un antiguo comandante del pueblo de los caídos, al ver que el desarrollo de la guerra no lo favorecía. deserto, junto a un grupo de treinta de sus mejores hombres y se adentro en los bosques de las sombras, donde se hizo fuerte y fue conquistando las tierras de alrededor, hasta formar lo que hoy es llamado el estado sombrío, nadie se atreve a oponerse al general Ojo Triste, dueño y señor del ejercito de las sombras.

Ethart, a sus dieciocho inviernos de vida, ya se ha visto obligado a acabar con la vida de varios soldados del trueno; que tuvo suerte, lo reconoce pero también sabe que es bueno con la espada, desde que era un niño se ha entrenado con los otros chicos de la aldea; pronto destaco sobre los demás y eso no gusto al jefe y mucho menos a su hijo, que siendo de la misma edad que Ethart, veía como sus huesos daban contra la tierra una y otra vez.

Cuando el general ataco la aldea nadie se opuso, el jefe se rindió sin siquiera blandir la espada, hinco la rodilla en tierra y se sometió a los usurpadores. Aquello hizo que siguiera como jefe. Ahora bajo el mando del ejercito del trueno y su general.

Algunos de sus vecinos se opusieron, y ello les costó la vida, entre ellos su padre, un simple panadero; vio como una espada le atravesaba el pecho, solo por decir que debían pleitesía al rey y no a un traidor renegado.

El chico al ver a su padre caer atravesado por la espada de un soldado, ataco preso de la ira y del dolor, al general y a sus soldados, matando a dos de ellos, algunos de sus vecinos al verlo se envalentonaron y le ayudaron en la rebelión, pero esta duro poco, los soldados estaban bien entrenados y acostumbrados a la lucha, mientras que ellos, unos aldeanos, apenas si sabían coger la espada, aún así causaron varías bajas, antes de dar su vida. Luther el herrero, que era de los más fuertes le pidió al muchacho que huyera antes de que le mataran.

  • Huye Etthart, huye antes de que te maten.
  • Nunca, prefiero morir a dejar que se salgan con la suya —le dijo el chico.
  • Si te matan, entonces se habrán salido con la suya y las muertes que ha habido hoy aquí, no habrán servido para nada —le dijo el herrero — Detrás del establo he dejado a Zahino ensillado, es el mejor de la aldea, móntalo,  busca ayuda más allá del bosque de las sombras.
  • ¿Y mi padre?
  • Ya no puedes hacer nada por él, le daremos un entierro digno.
  • Esta bien, —dijo vencido el muchacho— pero en cuanto pueda volveré y matare al general.
  • Esperemos que tengas razón chico —dijo apesadumbrado el herrero— ahora vete y que los dioses te acompañen.
  • No olvidare lo que has hecho hoy por mi Luther.

Dijo alejándose de su amigo.

Dio la vuelta al pequeño edificio, cogió las bridas del caballo, de un salto monto a lomos del animal, emprendiendo el galope hacía el bosque.

Uno de los asaltantes vio como huía el chico y aviso a su jefe.

  • ¡General! Alguien intenta escapar a caballo, va hacía el bosque      — grito.
  • Cogedle y traedlo vivo a ser posible — ordeno el general.
  • Vosotros, a los caballos, vamos tras él — Dijo el que había dado el aviso.

Los cuatro soldados que estaban alrededor corrieron a sus caballos, saliendo al galope tras el fugitivo que ya se había internado en el bosque. Cuando creían que lo tenían al alcance de sus espadas, salieron a campo abierto y allí se dieron cuenta de que el caballo de Ethart era más veloz que los suyos, que ya estaban agotados de la carrera, veían como éste, los iba dejando atrás poco a poco y que les sería imposible alcanzarlo, así y todo azuzaron a sus monturas en un intento por acortar distancias, pero los animales empezaron a echar espumarajos por la boca. El que iba al mando del grupo levanto la mano para que pararan.

  • ¡Alto! —grito— dejadlo, los caballos no pueden más.
  • ¿Y el general? —dijo uno de los soldados.
  • Yo hablaré con él —dijo el primero.
  • Lo que tu digas Ronan —contesto el soldado dando la vuelta a la montura.
  • Vamos a descansar un rato y dar un respiro a los caballos —dijo el tal Ronan— volvamos hasta el arroyo que hemos dejado allá atrás, y que beban un poco.

Ethart volvió la cabeza y vio como sus perseguidores desistían en su persecución, y paraban a sus monturas. No por ello freno el galope de Zahino, aunque sí se relajo un poco y el animal lo noto.

El muchacho paro unas millas más adelante junto a una arboleda, para dar un respiro a su compañero de viaje y a la vez descansar. Después del exceso de adrenalina que su cuerpo había ido creando, ahora al verse libre de sus perseguidores y relajarse, sus músculos estaban doloridos después de la tensión a la que se habían visto sometidos. Se sentó a la sombra de un alcornoque, resguardado por unas rocas de la vista de posibles enemigos, y sin darse cuenta siquiera, se quedó dormido, mientras su caballo pastaba a pocos metros, antes le había trabado las patas delanteras para evitar que se alejara más de la cuenta.

Tenía un sueño profundo a causa del cansancio, aún así oyó los cascos de un caballo que se acercaba entre las piedras. Toc, toc, toc. Alguien se aproximo hasta el y empezó a hablarle primero despacio.

—Despierta, vamos, abre los ojos perezoso— ¿Quién podría ser? Acaso lo habían seguido desde la aldea. —Pensó entre sueños—  De repente empezaron a zarandearle y a hablarle con más ímpetu. — Vamos despierta, que se hace tarde, espabila —oía en esa duermevela que no te deja moverte.

  • ¿Qué hora es? —logro preguntar adormilado como estaba.
  • Ya se te hace tarde para ir al instituto. —Su subconsciente conocía aquella voz, pero no la situaba en aquel páramo.

Venga Luis despierta. Al oír aquel nombre algo se despertó en su cerebro. Otra vez te quedaste dormido con el libro en las manos, le dijo una voz de mujer. Seguro que estabas otra vez soñando con alguna de tus aventuras. Anda levántate, que voy hacer para comer la receta que tanto te gusta. Hoy vienen tus primos o tengo que recordarte que hoy es tu cumpleaños —le comento su madre. ¡Felicidades cariño!  a la vez que le daba un beso.

La madre de Luis lo miro con ternura mientras salía de la habitación, sabía que le encantaba leer libros de aventuras. Literatura fantástica decía él. Fantasía era lo que le sobraba, tenía una imaginación desbordante. Cuando era más pequeño con siete u ocho años y le preguntaban ¿Qué quieres ser de mayor? Siempre decía lo mismo: “Yo quiero ser escritor”.

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Lo que pudo haber sido y no fue.


Relato escrito para El poder de las letras.

Aquella tarde iba con prisas, como casi siempre. Llegó a las puertas de la tienda de ropa y se paro a que estas se abrieran, entró decidido, sabía a lo que iba y quería perder el menor tiempo posible. Una de las dependientas que estaba colocando ropa cerca de la puerta le saludo educadamente y el correspondió a su saludo. Se dirigió al final del establecimiento a la sección de ropa y accesorios deportivos. Cogió varías prendas de su talla que le gustaron y se dirigió hacía la caja. En el pasillo central volvió a ver a la dependienta de la entrada y cruzaron una sonrisa como si se conocieran de antes. Él llegó a la caja y espero su turno para que la cajera le cobrara, cuando le toco, pago el importe que le solicito la empleada a la vez que guardaba la ropa en una bolsa de plástico. Recogió su cambio y se dispuso a salir por las puertas cuando la alarma antirrobo comenzó a sonar, se quedo parado y se volvió a la cajera preguntándose — ¿si lo he pagado porqué suena?— alguien le agarro la bolsa y le dijo. —Disculpe un momento—. Al mirar vio a la dependienta del principio que había vuelto a las estanterías donde estaba cuando entro.

  • Sí claro. ¿Voy a ir a la cárcel por esto —le pregunto un poco en broma.
  • No lo creo señor —dijo la chica— a mi compañera se le ha debido saltar alguna de las alarmas y por eso le ha pitado.

Mientras la dependienta buscaba en la bolsa entre la ropa, él no podía quitarla los ojos de encima, era una chica morena de un metro setenta aproximadamente y con una nariz muy bonita, sus ojos eran color café, y la sonrisa ahora que la veía de cerca le dibujaban unos hoyuelos en las mejillas. Al cabo de unos pocos minutos, muy pocos le pareció a él, ella le devolvió la bolsa.

  • Ya esta — le dijo la muchacha enseñándole un aparatito que parecía un botón— disculpe las molestias señor.
  • No hay nada que disculpar, aunque parezca raro ha sido un momento agradable —le contesto él sonriéndola—lástima que las circunstancias no sean otras.
  • Sí. Es una pena —dijo ella mostrándole de nuevo los hoyuelos.

Él le pidió el bolígrafo que llevaba ella en el bolsillo de la camiseta y en el dorso del tiket le escribió un numero, ella que lo vio le dijo.

  • ¿Pero esto lo necesita, por si tiene que devolver algo de lo que lleva?
  • Bueno, entonces tendrás que llamarme para devolvérmelo. ¿No crees? —le contesto él mientras se dirigía hacía la salida y sin nada que le impidiera ya salir.

Al cerrarse la puerta miro hacia el interior, y la sonrió de nuevo.deja-de-pensar-en-lo-que-pudo-ser-y-no-fue.jpg

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Ve más allá.


Relato escrito para el reto de Halloween del poder de las letras.

Ve más allá

Rozaba la medianoche, acababa de salir de trabajar como cada día, aunque hoy era más tarde, se había tenido que quedar a hacer balance, ¡Justo hoy! Que hacía una noche de perros, lloviznaba, esa agua fina que no moja pero cala hasta los huesos.

No se veía a nadie por la calle,

—¿A quién se iba a ver en una noche así? —se hablo así misma, más para darse ánimos que por otra cosa—  estamos a últimos de octubre, noche de todos los santos y un pueblo pequeño como este.

Las supersticiones eran algo normal en poblaciones como aquella, pero en el pueblo de “Ve más allá” —vaya nombre para un pueblo— quién sería el que lo puso. Era la ley de su subsistencia.

Al pasar por la plaza del pueblo justo al lado del bar del señor Paco entre las cajas y las bolsas de basura. Salio un gato corriendo y se le cruzo por delante. Aquello hizo a Linda pararse y algo en el interior de su mente le hizo ¡clic! y todas las alarmas se le encendieron, comenzó a temblar, paralizada como estaba, no podía más que mover los ojos de un lado a otro.

¿Todo por un gato? Sí, por un gato, un gato negro como el azabache, algo que parecía inverosímil en aquella población.

Una ley municipal tenia totalmente prohibido la cría de animales de este color, cuando una gata paría uno/a, sacrificaban toda la camada, para que los genes no se transmitieran y las madres eran esterilizadas, para evitar que volviera a parir crías de ese color. En todo “Ve más allá” solo había gatos blancos como la nácar, grises, marrones, atigrados, listados, pero negros, ninguno. ¡Hasta hoy!

Linda hizo un esfuerzo e intentar vencer su miedo y comenzó a andar de nuevo, despacio, mirando a todos los lados de la plaza. Ella decía no ser supersticiosa y veía aquello antinatura en aquellos tiempos que corrían, pero una cosa es lo que se decía y otra muy distinta lo que su mente decidía y hoy había decidido serlo.

Dejo atrás la plaza y cogió la calle de la derecha que la llevaba al parque, tenia que cruzar este para llegar cuanto antes a su casa, o bien dar un rodeo bordeándolo, lo que le haría perder unos quince o veinte minutos. Así que opto por la vía más rápida y se interno en el sendero que cruzaba justo en medio del parque. Los árboles movían ligeramente sus ramas con la brisa de la noche, y en la umbría que creaban sus ramas se notaba más frío que en el exterior. Linda se abrocho el abrigo hasta el cuello y metió las manos en los bolsillos. Continuo su camino intentando apresurar el paso, pero no podía dejar de mirar a su alrededor como quien busca algo, y a cada sonido que oía, se quedaba parada intentando averiguar su procedencia.

Casi había llegado a la fuente que corona el centro del aquel inmenso espacio verde, donde confluyen los cuatro caminos que lo atraviesan. Al llegar a escasos cincuenta metros de la fuente vio un resplandor, ¿Habría alguien allí a esas horas? Se pregunto. Miró hacía atrás como preguntándose si no sería mejor volver y rodear el parque, aunque le llevara más tiempo, pero al mirar y ver la negrura que cerraba el camino se sintió peor aún, era como si alguien hubiera ido echando un velo completamente negro a su paso, no se veía más allá de cinco metros.

Se encontraba en un estado de nervios, que si crujía una hoja, se encaramaría en el primer árbol de un solo salto. Dio unos pasos hacia el resplandor que llegaba cada vez con más nitidez. Al alcanzar el final de los árboles y ver el claro que hacía el centro del parque con la fuente vio a varías personas con túnicas totalmente negras, con capuchas, pero lo que realmente la dejo helada literalmente, eran sus caras, totalmente blancas, brillaban a la luz de las antorchas que portaban en las manos, como el suelo de un museo recién pulido.

Al principio pensó que eran mascaras y que algunos jóvenes del pueblo estaban haciendo alguna de las suyas, para celebrar la noche de Halloween, pero se dio cuenta que no era así. Que no eran mascaras, sino la palidez de sus rostros, blancos y fríos como el mármol.

Miraba hacía todos lados intentando buscar un lugar por el que pasar sin tener que cruzar por delante de aquél grupo tan extraño. Cuando por el rabillo del ojo vio que algo se movía a su derecha, giro la cabeza y vio al gato negro que se dirigía derecho al centro de aquellas personas. Dio unos pasos más escorándose hacía la izquierda por donde parecía que podría cruzar sin tener que acercarse demasiado al grupo, que seguía como en trance, moviendo el cuerpo al ritmo de un salmo o rezo que estaban recitando todos a la vez.

Linda logro oír parte de lo que salmodiaban

Noches de luna llena.

Noches oscuras.

Noches de brujas y magos.

Ven a nosotros, acércate.

Deja de luchar, te vamos a coger.

Déjate llevar, él te esta esperando.

Viene a buscarte ya….

Mientras se alejaba de aquel grupo de locos, alcanzo el sendero que llevaba al norte, y se quedo dudosa en coger este camino y perderse de una vez por todas en su interior, salir de aquel parque cuanto antes, pero cuando fue a entrar en él, el gato negro — ¿Era el mismo, o sería otro? No estaba para acertijos ahora— Se encrespo, erizándosele todos los pelos del lomo y bufando de tal forma que Linda sintió pánico, reculo hacía el centro del parque viéndose rodeada por aquellos seres de rostro marmóreo con su cántico hipnótico.

Cerraron el circulo a su alrededor, mientras Linda presa del terror, se quedaba inerte en un estado de shock. Continuando con el cántico que ahora llegaba claramente a los oídos de la chica.

… Él será tu salvador.

Él será tu nuevo dios.

A él te abrirás, un hijo le darás.

Da un paso más hacía él.

Ve más allá.

Ve más allá.

De repente sintió unos golpes sordos. Toc, toc. Como si alguien golpeara en un cristal. Linda abrió los ojos aturdida. Se encontraba en la tienda, sentada en el taburete que tenía detrás del mostrador, parecía que se había quedado dormida mientras terminaba de realizar el balance del día anterior. Su cabeza parecía que le iba a estallar del dolor que tenía. Miro hacía la cristalera y vio a su compañera haciéndole gestos para que la abriera la puerta.

Aturdida como estaba, recordó lo que había sucedido la noche anterior, no sabía como había llegado de nuevo a la tienda. Pero era todo tan vivido, que dudo que fuera un sueño o más bien una pesadilla.

Es su cabeza aún resonaban aquellas tres palabras que daban nombre a su pueblo.

Ve más allá.

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La Leyenda de la Sirena Serona.


Os voy a contar una historia.

Erase una vez en un pueblo de Extremadura  había (o hay) una sirena. Dice la historia que este ser mitológico.

¿Bueno sabéis una cosa?

Es mejor que os hagáis con el libro en amazon y lo leáis. Estoy convencido de que os va a gustar.

Para adquirir en tapa blanda pinchar directamente en la foto.

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La Leyenda de la Sirena Serona.


Hace ya muchos años corría el rumor que en un lugar de Extremadura vivía una sirena. Un ser mitológico, que a día de hoy no se sabe a ciencia cierta si sigue o no en estas tierras.

Os traigo un nuevo relato, en el que podréis saber más de esta leyenda. ¿Será real? ¿O solo será una historia más, contada por los ancianos de la zona?

Podrás descubrirlo a partir hoy en preventa en amazón. Saldrá a la venta el próximo día 9 de septiembre.

En ebook o en papel. Para aquellos que añoran tener las manos ocupadas con el formato orgánico.

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El bar del Búho. (2ª parte)


¿Leíste la primera parte del “El bar del Búho”? ¡No! pues hazlo ahora, seguro que te dejara con los ojos muy abiertos.

https://antoncaes.wordpress.com/2017/04/19/bar-el-buho/

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Al cabo de una semana, llegaron al búho dos amigos de aquel que estuvo aquella noche. Venían atraídos por lo que les contó el amigo una noche de borrachera, quisieron ver si la Reme era como la había descrito el sordo, perdón, quise decir el camarero.

Uno de ellos era corto de vista, por lo que llevaba unos cristales culo botella de esas de pasta marrón que en su cara solo se veían gafas y así le llamaban “El gafas.” El otro era alto, escuálido que se parecía más a la lanza de D. Quijote que al mismo hidalgo.

Entraron los dos por la puerta del búho, mejor dicho entro el gafas, al largo lo tuvieron que plegar para que pasara bajo el quicio, si ya su amigo se dio un golpe en la cabeza imaginaos al largo pasando bajo una puerta de poco más de uno setenta.

El camarero al verlos entrar puso cara de circunstancias,

  • Buenas noche nos de dios. — les saludo.
  • Te las dará a ti. — le respondió el largo. A mi de momento lo que me ha dado a sido el lumbago.
  • Si vago parece que es un poco. — le respondió el camarero.
  • Hay que ver, pues si que esta sordo el tío. —le comento el gafas al amigo.
  • Pues ver, lo que se dice ver, no es que veas mucho tú. —le replico el camarero mientras le señalaba las gafas.

Un cliente que estaba sentado al fondo de la barra le comenta al camarero.

  • Estos dos no son de por aquí, se han equivocado de antro.
  • No, no creo que se hayan equivocado tanto al venir aquí. — le dijo el camarero.
  • ¿Que van a tomar los señores? — les pregunto con sorna,
  • Dos cervezas. — dijo el largo.
  • ¿Con o Sin? — le volvió a preguntar.
  • Si esta la Reme, Con ella, si no, Sin ella.

Jajaja. Se echo a reír el gafas, muy bueno si señor.

  • Para buena la Reme, dijo el parroquiano de la barra, vaya par de… Te quitan el sentido.
  • A mí con que me quite otra cosa me conformo y que no sea la cartera. — le dijo el gafas.

En eso que entra la Reme por la puerta, Una jamona de metro sesenta con una talla de sujetador de uno diez, por falda llevaba un cinturón ancho, al andar las nalgas iban por separado cuando una iba la otra volvía, al ver a aquella mujer al gafas se le empañaron los cristales y se le subieron unos calores para arriba que se le rizo hasta el pelo.

  • Buenas Reme. — le saludo el parroquiano.
  • Que tiene de buenas. — contesto esta un poco seca.
  • Tú todo — le dijo el largo.
  • ¿Quién es este? —preguntó la Reme al camarero. — O es que se te ha caído un puntal del techo.
  • Es un cliente nuevo.
  • ¿Nuevo? Este ya tiene unos añitos majo, vamos que la comunión ya no la hace.
  • Joer Reme siempre con tus salidas. —le contesto el camarero.
  • Para salida yo, estoy que parezco una estufa de leña. — le dijo esta mientras le guiñaba un ojo al gafas.
  • Leña te daba yo. — le respondió aquél.
  • Tú lo que me das es pena. — dijo ella riendo. —Te quito las gafas y no me ves ni pegando tu cara a mis tetas.
  • Pero te palpo si hace falta. — le contesto él riendo.
  • ¿Y tú no dices nada? — le dice al largo que los miraba como hubiera perdido el norte.
  • Que quieres que te diga Reme, que estas para comerte. Vamos que estas muy buena.
  • Como sabes que estoy buena si ni siquiera me has catado. —le dijo con mucha sorna la Reme. — Esto es mucho pan para tan poco tocino. — le respondió haciendo un gesto como si abarcara su cuerpo.
  • Eso es un cuerpo y no el de la guardia civil. — dijo el gafas.

El cliente que no se perdía detalle de la conversación les dice.

  • ¡Cuerpo! — con una sonrisa de oreja a oreja. — Es todo un destacamento, os coge y os deja seco a los dos, que parecéis la i y el punto.
  • Os coge y os deja seco, y punto. — le corrige el camarero mientras ríe.

La Reme le contesto a aquellos dos.

  • Mira quienes fueron a hablar, si no podéis con lo que tenéis en casa vais a dar lecciones. Me voy que esto es mucho arroz para tan pocos pollos.

El camarero le salto.

  • Ida estas tú hace mucho Reme.
  • Ida y salida. — le respondió la Reme mientras salía por la puerta.

Los cuatro se miraron y se echaron a reír. La Reme era mucha Reme.

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Habitación 308 Hotel 18X Barcelona.


Relato de terror para el taller de escritura de  FlemingLAB

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la habitacion

Habitación 308 Hotel 18XX Barcelona.

Aquella tarde llegué a la estación de Sanz de Barcelona a las 17,00 horas, al salir de la terminal cogí un taxi que me llevó al puerto donde al día siguiente salía un barco para el que tenía el billete, facturé el equipaje que llevaba y como aún era temprano decidí dar una vuelta por la ciudad, el taxi me dejo en la parte baja de las ramblas y fui subiendo dando un paseo y admirando todo lo que había a mi alrededor.

Los edificios señoriales restaurados y adaptados a los nuevos tiempos, como el teatro del liceo, mi visita no podía dejar pasar el mercado de la Boqueria, unos de los primeros de Barcelona. Las ramblas se encontraban atestadas de gente paseando, comprando en los kioscos que hay a lo largo de toda la avenida o disfrutando de los músicos callejeros que tocan para sacarse unos céntimos, se empezaba a hacer tarde y decidí dejar el turismo y retirarme a descansar, me dirigí al hotel en el que tenía una reserva para pasar la noche y que se encontraba en la misma avenida.

El hotel se llama 18XX un hotel del siglo XIX construido en lo que fue la Compañía General de Tabacos de Filipinas, totalmente restaurado y modernizado, pero con una historia en sus muros para recordar. Entre en la hall y era como cruzar las puertas a otro mundo completamente distinto a lo que estamos acostumbrados, me dirigí a la recepción y el recepcionista con un trato muy amable me tomo los datos y me entrego la llave de la habitación.

— Su habitación es la 308 caballero, tercer piso. Luego me indico donde estaban los ascensores y el horario del comedor para los desayunos.

  • Muchas gracias. —conteste, recogí mi bolso que había dejado a mis pies y me dirigí al ascensor.

Subí en hasta la tercera planta y recorrí el pasillo hasta mi habitación, al abrir la puerta estaba todo en penumbras, solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado que se había activado al meter la tarjeta en su ranura.

Deje el bolso en un taburete a los pies de la cama y me tire encima la cama. El cansancio empezaba a dejarse notar en mis músculos, hoy había sido un día completo y necesitaba un poco de descanso.

En estos pensamientos estaba cuando me envolvió el sueño, y me deje llevar por esa sensación de paz que solo se consigue ese momento de duermevela que te va arrastrando a lo más hondo del subconsciente.

Algo me empezó a agitar en mi placido sueño, era como un ruido de cristales cuando crujen antes de hacerse añicos, aquellos sonidos hicieron que volviera mi sueño algo agitado, como con miedo a salir de tu zona de confort de forma precipitada.

Me incorpore en la cama mirando a todos lados en aquella negrura que me rodeaba y me engullía, era una oscuridad densa palpable casi se podía rasgar con los dedos, mire al frente y un brillo. Que me puso los pelos de punta, me quede fijo mirando, era el espejo que había encima del pequeño mueble de la habitación y que contenía la nevera con los snacks y las bebidas que ofrecen casi todos los hoteles.

Unos ojos me miraban desde dentro del espejo, un escalofrío recorrió mi cuerpo a pesar de haber apagado el aire acondicionado antes de acostarme, me levante de la cama y las piernas me temblaban de miedo, me acerque lentamente hasta el espejo, para ver que había algo más que unos ojos, cuanto más cerca, mejor se iba perfilando un rostro, debía de tratarse de un hombre por su estructura ósea, nariz aguileña y barbilla prominente, ¡Los ojos! Los ojos eran terroríficos, hundidos en sus cuencas y con un brillo que acongojaba al más valiente.

  • ¿Qui qui, quién eres? Le pregunte en un susurro y con la voz temblorosa.
  • Acaso eso importa. —oí responder dentro de mi cabeza.
  • ¿Que quieres de mi?
  • ¿No lo sabes aún? — me contesto.
  • ¿Qué debo saber? — dije, un dolor de cabeza estaba comenzando, como si me oprimieran el cerebro.
  • Porque estas aquí y para que has venido hasta mi.
  • No se a que te refieres, solo estoy de paso, solo he venido a pasar una noche y mañana me embarco para Grecia.
  • Jajaja.

Aquella risa hizo que algo se rompiera dentro de mi cabeza, como si hubieran tensado demasiado los cables de un circuito y de hubieran partido por el medio con cientos de filamentos de cobre rozándose entre sí y dieran chisporretazos, cada uno era una punzada de dolor que recibía mi mente.

Fui reculando hasta sentarme en la cama, no podía dar crédito a aquello, que tenía que ver yo en todo aquello, empecé a decirme que era una pesadilla, que estaba soñando, que pronto se haría de día y despertaría de aquel sueño.

Pero esa voz no dejaba de reírse dentro de mi cabeza.

  • ¿Tú crees que es un sueño? ¿De verdad lo crees señor Ferdinal? —me dijo con ironía en su voz.
  • ¿Ferdinal? Yo no soy ningún Fernidal, ni conozco a nadie con ese nombre.
  • Que mala es la memoria humana, que pronto olvida lo que quiere olvidar. ¿Ya no recuerdas donde nos encontramos? — Me grito clavando sus ojos en mi rostro. Encogí y el miedo empezó a convertirse en un pánico, los espasmos de mi cuerpo eran ya sacudidas incontrolables.
  • Tú acabaste con mi vida hace cien años, tal día como hoy decidiste robarme un contrato con la compañía de tabacos que por entonces tenía aquí su sede, embaucaste para que subiera a este almacén, una vez aquí me clavaste un puñal en el pecho y encerraste mi cuerpo en un cajón que debía salir para Filipinas al día siguiente, pero dejaste atrás mi espíritu, he vagado por este edificio cien años esperando que volvieras, sabía que volverías, los asesinos siempre vuelven al lugar donde perpetran su crimen, te sentí en cuanto cruzaste las puertas y la felicidad se reflejo en mi rostro ¿No lo notas? — me dijo mirándome con esa intensidad desacostumbrada.

Al acabar de hablar una mueca cubrió su rostro y me encogí agarrándome los tobillos y sintiendo como algo calido se me escapaba por las piernas e iba helándose a medida que bajaba por mis piernas para acabar haciendo un cerco en la cama.

Ya no podía contestar algo acabo por romperse dentro de mi cabeza y así me encontraron a la mañana siguiente cuando el recepcionista al llamar a las ocho de la mañana —tal y como le había pedido que hicieran la noche antes— Al no contestar se extraño y mando a un compañero que subiera a ver que pasaba.

El empleado me encontró mirando al espejo con los ojos perdidos temblando, la baba se me escurría por la comisura de los labios y balbuceaba cosas inteligibles.

Los servicios sanitarios llegaron y me trasladaron a este sanatorio en el que llevo ya cinco años mirando a un espejo que no hay, viendo una cara que se ríe día tras día, noche tras noche, esperando a que me reúna con ella, pero mientras eso sucede sigue atormentando mi mente.

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El Bar del Búho.


Relato  de humor escrito para el taller de escritura FlemingLAB

de Juan Re Crivello.

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El bar del Búho.

Aquella era una noche fría, las nubes ocultaban la luna y las sombras se alargaban como  los chicles Boomer. Una solitaria silueta avanzaba por la calle pegada a los edificios para mitigar el frío que arrecia su cuerpo.

De pronto estornudó.

  • Jesús que frío hace, necesito meter algo al cuerpo que me caliente un poco.

Iba pensando cuando de repente piso un gato. Mahouuuuuuu.

  • Eso es, una mahou fresquita me vendría bien, pero donde ir a estas horas, parece que esta todo cerrado.

En la lejanía se oyó el ulular de una lechuza “buuuuuh… buuuuuh”.

  • Tienes razón, el búho debe de estar abierto a estas horas, allí podré tomarme una mahou.

Llego a el búho y al entrar se dio un golpe en la cabeza en el quicio de la puerta.

  • Joder que daño.
  • 2017, cinco de abril para ser más exactos. — le respondió el camarero, que había entendido otra cosa— ¿Se ha perdido? — Le pregunto.
  • A usted que le importa si soy o no un perdido, ponme una mahou.
  • Perdón, no se enfade, siéntese y le sirvo enseguida.
  • Tú a mí para lo único que me sirves es para ponerme esa maldita cerveza, pero al paso que vas se va a calentar.
  • Para caliente… la Remedios ¡esa si que!

Dijo el camarero mientras hacia gestos con las manos sobre sus tetas.

  • Vaya tela, la que me ha tocado con este abrebotellas — le contesto el cliente.
  • ¡Oiga! Que yo no le he tocado nada, para tocar y otros menesteres esta la Reme, si quiere la llamo. —replico el camarero.
  • No, veras como al final me coloca a la tal Remedios el papanatas este.
  • Vaya pues si que es usted exigente, no quiere las aceitunas ahora quiere patatas.
  • ¿Usted esta un poco sordo, no?
  • Y a usted que le importa si estoy gordo o no.

Murmuro el otro, algo que confirmaba lo que el sospechaba ya.

  • ¿A qué ha venido a beber o a insultarme? — dijo un poco malhumorado el camarero.
  • A beber una cerveza pero visto lo visto, mejor ponme un whisky.
  • ¿Solo?
  • ¿Ve a alguien más aquí?
  • No hombre, me refería a si lo quería solo o on de rock
  • ¿Tu me ves que este para bailar?
  • Joder y luego soy yo el sordo. —replico el barman.— ¿Qué whisky le pongo?
  • Uno de Malta.
  • Lo siento pero solo lo tengo escocés o irlandés, pero no maltes.
  • Pues un irlandés calentito me iría bien.
  • Y lo querrá pelirrojo de metro ochenta y ojos azules ¡El señor!
  • El señor se conforma con un par de velas, a mi ponme ese whisky de una puta vez.
  • Ya le he dicho que la puta es la Reme, yo solo soy el camarero.

Aquello ya saco de sus casillas a aquel hombre

  • Joder con el con la puta de la Reme, no si al final veras como me la mete el tonto este.
  • Es mejor que se la meta usted a ella, a mi no me van los tríos.
  • ¡Pero que coño hablas ahora de tríos, ni leches!
  • Lo siento pero la cafetera esta apagada. —le dijo el camarero— si quiere el whisky bien y si no se puede largar que cierre, lleva aquí una hora y no se ha bebido ni un puto vaso de agua.
  • Vaya un camarero estúpido este, no me extraña que no haya ningún parroquiano en este antro.
  • Si lo que buscaba era la iglesia se ha confundido, esta dos calles más arriba y ahora coja la puerta y lárguese. —Soltó el sordo de malos modos.
  • Para que coño quiero yo la puerta, con que me dejara un abrigo para paliar el frío sería suficiente. —dijo el otro saliendo por la puerta.

El camarero fue tras el para cerrar, pero antes se asomó y le grito:

—Si tenía frío debía haberme dejado avisar a la Reme y le habría hecho entrar en calor.

¡Usted se lo ha perdido! ¡Idiota!

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