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Sara, la araña que se alimentaba de faltas


Aquella mañana de primavera había salido un sol grande y luminoso. Era el primer día, después de un intenso y duro invierno. La vida comenzaba a despertar de su letargo; algunos animales salían de sus madrigueras, otros de sus capullos… Entre ellos acababa de nacer una arañita muy pequeña, que con sus ocho ojos lo miraba todo y con sus ocho patitas todo lo quería tocar.

Era una araña muy pequeña y curiosa, a pesar de ello su madre la dejaba que se moviera libremente por el árbol donde tenía su tela instalada.

Una mañana de abril salió la arañita, a la que su mamá le puso de nombre Sara; pero le llamaba cariñosamente Sari.  Salió a dar un paseo y curiosear como solía hacer. Al llegar a un edificio muy grande, donde había muchos humanos, pero de los pequeños, los llamados niños, los había por cientos, como si de una colmena se tratara. La curiosidad pudo más que ella y se acercó sigilosa, como solo una araña puede hacerlo. Entró por una ventana y se escondió entre las láminas de la persiana de madera. Su madre le había enseñado que aquellos seres podían ser peores que cualquier otro animal que ella hubiera conocido, y llevaba conocidos unos cuantos.

Así que, se escondió y quedó atenta a lo que ocurría allí. A pesar de tener ocho ojos su vista no era muy buena; pero su oído era maravilloso: oía el vuelo de una mosca a dos kilómetros, bueno, no tanto, pero la oía desde muy lejos.

Se enteró de que a aquel lugar lo llamaban escuela; que allí iban los humanos a aprender cosas, como leer y escribir; también salían a jugar a la calle, pero siempre tras un cercado de alambre. Sari, se embelesaba escuchando cómo un humano adulto, que unas veces era un humano macho y en otras una hembra, enseñaban a los pequeños.

Un día le preguntó a su mamá por qué tenían que ir los humanos a la escuela, ¿o es que sus padres no sabían enseñarlos, como ella la enseñaba?

Su mamá, al oír aquello, le preguntó cómo sabía ella todo eso y Sari le contó que había ido a la escuela y había visto lo que allí hacían.

La mamá, preocupada por la osadía de su hija, le prohibió que se acercara a aquel sitio, que era muy peligroso rondar por donde había tantos humanos juntos.

Sari le dijo que se escondía bien y que los humanos eran pequeños.

Su mamá enfadada le dijo que esos, los pequeños, eran los peores, si la cogían, le arrancarían las patas o la matarían de un pisotón o con lo primero que tuvieran a mano. La mamá hizo prometer a Sari que no volvería allí y ella accedió.

Estuvo unos pocos días aprendiendo a tejer una tela bonita, donde las moscas y otros insectos cayeran, para poder comer.

Pero aquello aburría a Sari, su interés era otro y su curiosidad por aprender la estaba consumiendo. Así que, un día, no pudo más y rompió su promesa, volviendo a la escuela. Allí tejió una tela en una esquina apartada y se quedó a vivir en ella. Así podría aprender día y noche sin preocuparse de la comida.

Una noche, que se encontraba sola en aquel lugar, bajó a curiosear y encontró un sitio en el que había muchas hojas de papel escritas. Ella ya sabía lo que eran, porque había oído miles de veces a los humanos llamarlos folios o deberes, dependía de si estaban escritos o no; si no lo estaban eran folios y si lo estaban eran deberes.

Se metió entre los deberes y comenzó a leer; leer era algo que le gustaba mucho. Había aprendido rápido, gracias a que el humano adulto escribía en ese lugar que llamaban pizarra y lo hacía con letras tan grandes, que hasta ella con su corta vista era capaz de verlo desde su tela. Eso la ayudó a comprender los signos y garabatos que veía al principio; pero que pronto supo que eran números y letras y que los humanos las utilizaban para comunicarse. Se ve que no tenían bastante con el vocabulario, aunque a algunos de los pequeños apenas si les entendía.

Fue cuando comprendió que las letras y los números eran para enseñar a los humanos más pequeños a hablar bien y a contar. Le pareció divertido, porque las arañas eso lo sabían sin más, no tenían que ir a la escuela para aprender a leer, ni a escribir, no les preocupaba, ellas se entendían. Desde que nacían sus mamás les enseñaban todo lo que debían saber: a tejer las telas, a cazar a las presas que caían en ellas, cuáles animales eran más o menos peligrosos y todas esas cosas que deben saber las arañas.

Una vez abajo, se metió entre los folios, se dio cuenta que olían bien, no exactamente como los árboles, pero era un olor muy similar; aquello no eran folios sin más, eran deberes. Vio que estaban escritos y se paseó por ellos leyendo despacio lo que en ellos había. Fue cuando descubrió algo que la sorprendió mucho. Mientras leía vio una palabra que ella ya conocía era, “habríamos” le faltaba un acento en la i porque era una palabra esdrújula y porque tiene cuatro sílabas.

Aquella falta la hizo enfadar y se comió la palabra. Resultó que le gustó su sabor, así que siguió buscando palabras con errores y “encontro” que le faltaba el acento en la ó. Se la tragó, no sabía igual que la otra, pero no le disgustó; así que siguió buscando y comiendo faltas de ortografía.

Con el paso de los días dejó de comer moscas y otros animalitos que caían en su tela, con las faltas se encontraba satisfecha.

Además había crecido y engordado, más que con las moscas y encima se dio cuenta que era más cauta e inteligente que antes.

Las moscas no tardaron en dar la noticia, ya que Sari las liberaba cuando alguna caía en su red, al igual que los mosquitos y mariquitas que se despistaban en su ruta e iban a caer en su tela.

Se dio cuenta que algunos lo hacían aposta, para ver si era verdad lo que les contaban, aún a riesgo de que no lo fuera y sirvieran de plato para Sara la araña traga faltas, como ya la habían bautizado.

Tentada estuvo más de una vez a comerse alguno para que así la dejaran tranquila; pero fue incapaz, se sentía tan satisfecha, tan saciada de alimento, como de conocimiento, que para ella sería ya aberrante comerse a un ser vivo.

La mama de Sari oía lo que decían de su niña y al final se tragó su orgullo y se dispuso a visitarla y a comprobar todo lo que decían de ella —¿Será posible todo lo que dicen?— pensaba una y otra vez.

Cuando Sari vio aparecer a su madre se puso muy contenta, no la esperaba. Cuando se marchó de casa se quedó muy dolida porque había roto su promesa, tanto que la vergüenza de mirar a la cara de su madre era inmensa.

Sari puso la al día de todo lo que le había sucedido, de cómo el alimentarse de faltas de ortografía, la había ayudado a evolucionar mentalmente, había aprendido muchas, muchas cosas nuevas, que jamás hubiera conocido de haberse quedado en el árbol.

La mamá vio que su hija había crecido tanto física como intelectualmente, por lo que se sintió muy satisfecha y orgullosa de ella; así que volvió a casa contenta y con la promesa de volver a visitarla más a menudo.

Al igual que Sari quedó en visitarla a ella cuando no hubiera escuela y no tuviera tanto que hacer.

Atrás quedaron las promesas rotas y los viejos rencores.

Y por delante, la fama de Sara, la araña que se alimentaba de faltas, fue creciendo al mismo ritmo que el conocimiento de ella.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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Confianza y orgullo


Este cuento ha resultado el ganador del I CONCURSO DE CUENTOS NAVIDEÑOS ONDA CARTAGENA que se celebró el pasado 22 de diciembre.

A través de una entrada que hizo culturarte337 me enteré de la celebración del mismo, por lo que una vez leí las bases me decidí a participar.

Escribí este cuento y lo envié, cual ha sido mi sorpresa que el mismo día 22 día de lotería me llamo Javier Sánchez Páramo. miembro del jurado y presentador de “Nuestro arte, nuestra cultura” para notificarme que había sido el ganador del concurso.

He de reconocer que ha sido una gran satisfacción personal, saber que un escrito propio queda ganador en un concurso. Ello te hace ver que el trabajo que vienes realizando día tras día va mejorando poco a poco y me hace seguir adelante.

Quiero agradecer a Sari, por su apoyo, sus correcciones y sus consejos, que han dado un buen fruto.

Sin más preámbulo os dejo el cuento titulado.

Confianza y orgullo

Se aproximaba el mes de diciembre y con él la Navidad. Es el mes de los sueños, donde la imaginación corre a raudales por las cabezas de los niños y niñas del mundo entero, deseando que llegue la noche del veinticuatro en la que Santa Claus o Papá Noel (dependiendo del país a que pertenezca cada soñador o soñadora) apacigua esa ansiedad creada en fechas pasadas.

Pero antes de que esto suceda hay muchos preparativos que hacer e Ismael, un niño con mucha imaginación, lo sabía. Sabía que en su colegio se prepararía el tradicional concurso de carteles de villancicos y este año podía presentarse. Llevaba ya dos años soñando con poder acceder al concurso para ganar el premio. Este consistía en una cena para la Nochebuena, para el ganador y los miembros de su familia, en un restaurante de la ciudad. Ismael había oído decir a su mamá:

— Ojalá nos tocara un cena de esas, un año. Al menos podríamos cenar una nochebuena como una familia normal.

Aquel comentario se le quedó al niño grabado en la memoria. No sabía a qué se refería su mamá con eso de cenar como una familia normal ¿Acaso no eran normales ellos? Su papá no trabajaba, le habían despedido cuando la crisis empezó hace seis años. Desde entonces, no había vuelto a encontrar trabajo. Su mamá hacía horas limpiando escaleras y casas, cuando podía, que no eran todos los días. Su hermano Juan era mayor que él dos años. Tenía once y aunque no era buen estudiante, aprobaba todo hasta el momento con bajas notas, pero lo suficientes para no tener que repetir y que no le quitaran la beca de los libros. Su mamá se encargaba de repetírselo a los dos, siempre

  • Hijos tenéis que aplicaros y estudiar, porque si suspendéis nos quitarán la beca para libros, y no tenemos dinero para comprarlos. Juan, por favor, hijo, estudia un poquito más.
  • ¡Jo! Mamá, siempre me lo dices a mí, a Isma nunca —le decía su hermano a su madre.
  • Porque tu hermano saca mejores notas que tú, no necesito recordárselo cada trimestre como a ti; entre otras cosas porque está delante y me oye como me oyes tú, pero tú no me haces caso —decía siempre su madre.

Aquel año Ismael tenía claro que su meta era el concurso de villancicos. Se había estado preparando desde hacía dos años. A escondidas, en su cuarto, dibujaba una y otra vez intentando aprender a hacer trazos limpios, a colorear de forma que no se notaran los cambios en la dirección de los colores, a difuminar para hacer las sombras más reales, los colores más vivos, más naturales. Estaba deseando que pusieran las bases y la temática del concurso para empezar a hacer su cartel. No había dicho nada en casa, era una sorpresa. ¡Su sorpresa! Si ganaba, para toda la familia.

También para evitar que su hermano se riera de él si no lo hacía; había niños con mucho talento en el colegio. Niños que sus papás podían permitirse el llevarles a clases de dibujo y pintura. Pero él no tenía más profesor que su empeño y más técnica que su confianza.

El día 2 de diciembre pasaron una circular por todas las clases. En ella se comunicaba que quedaba abierto el plazo para presentar los trabajos para el concurso de villancicos 2017, con las bases para presentar los trabajos.

La temática será totalmente libre, pero tendrá que tener relación con la Navidad y los villancicos. Deberán presentar los trabajos antes del 18 de diciembre a las 12,00 horas y el ganador será dado a conocer el 20. Los trabajos realizados se deberán realizar en A3 a tamaño completo y con el texto Certamen de Villancicos 2017. Organiza el AMPA del Colegio Miguel de Unamuno. Luego seguían la forma de entrega y bla, bla, bla… Eso lo leería más despacio cuando tuviera su cartel preparado.

Ismael cogió la circular y la guardó como un tesoro dentro de uno sus libros. Estaba deseando llegar a casa y ponerse a dibujar su cartel para presentarlo lo antes posible; le preocupaba no llegar a tiempo. Después de dos años preparándose era su momento y quería no fallarse a sí mismo y mucho menos a su familia, aunque ellos no lo supieran.

Entró rápidamente saludando a sus padres.

— ¡Hola mamá, hola papá! Me voy a mi cuarto que tengo que hacer los deberes.

— Ismael, hijo, ¿no vas a merendar nada antes? —le dijo su madre.

— No, mamá. No tengo hambre ahora —le contesto Ismael, al paso.

— ¡Hola hijo! _le dijo su padre. ¿Dónde vas tan rápido? —le preguntó al verlo pasar sin entrar  ni siquiera  en el salón.

—Me voy a mi cuarto ha hacer los deberes del cole. —le dijo el niño.

Los padres se miraron. Isabel, que así se llamaba la madre, sonrió a Pedro, su marido. Este movió la cabeza de un lado a otro.

Ismael se sentó en su mesa donde hacía sus trabajos y sacó un libro de dibujo que tenía para ciertos dibujos especiales; se lo pidió a los Reyes Magos el año anterior y lo trataba con mucho mimo. Sabía que este día llegaría y una de las hojas eran para ello.

Era un bloc de papel canson A3. Sus hojas eran de un blanco impoluto y ahora se iban a ver coloreadas por los lápices de colores del niño. Con un portaminas de dibujo muy fino comenzó su sueño.

Estuvo trabajando con ahínco durante cuatro días. Solo paraba para comer cuando su madre lo llamaba a voces, y hasta que no la notaba que se estaba enfadando. Lo dejaba solo para dormir y para ir al colegio.

Sus amigos iban a llamarle para que saliera a jugar, pero él les decía que hoy no podía, que tenía tareas; cosa que les extrañaba pues estaban en la misma clase y sabían que no había tareas para casa o que las había hecho en el cole.

A él le daba igual lo que pensaran sus amigos, ya casi lo tenía listo. Ahora era el momento de leer de nuevo la circular donde ponían las bases para la entrega del cartel.

Releyó el folio una y otra vez hasta que se le quedó grabado todo lo que allí se decía.

A la mañana siguiente, al ir a clases, pasó por un estanco y compró con dinero que había sacado de su hucha sin que se enteraran en casa, dos sobres. Uno tamaño A3 para el cartel, y otro normal, donde iría un papel con su nombre y apellidos, la clase en la que estudiaba y el nombre del cartel. Los guardó en su cartera y se fue al colegio contento, porque sabía que ya lo podía entregar dentro del plazo. Lo había terminado mucho antes de lo que pensaba, porque le había puesto mucho empeño y había trabajado duro para ello. Se sentía orgulloso de si mismo.

Cuando llegó a secretaría al día siguiente con su cartel en su sobre y el otro pequeño dentro con los datos, estaba que no cabía dentro de si.  La secretaria lo saludó por su nombre.

  • ¡Hola Ismael!
  • ¡Hola señora! —le contestó muy educadamente. Vengo a entregar este sobre para el cartel de los villancicos, le dijo algo nervioso
  • ¡Ah, muy bien! ¿Y lo has hecho tú? —le preguntó ella, a la vez que le cogía el sobre.
  • Sí, señora —le dijo sonriendo.
  • Me alegro mucho —contestó, mientras sacaba un papel donde ya había unos cuantos nombres. Te apunto como que me lo has entregado, y ahora a esperar al día 20 que salga el ganador —le dijo la secretaria.

— Sí, señora, lo sé; lo he leído en las bases —le contestó el niño.

— Bueno, pues ya está —dijo ella. ¡Que tengas suerte Ismael!

— Muchas gracias, señora —contestó Isma. ¡Adiós señora!

— ¡Adiós Ismael! —le respondió la secretaria con una sonrisa en la cara.

Faltaban unos cuantos días. Mientras, el niño siguió como si no pasara nada, aunque estaba más nervioso que un flan, pero no quería decir nada a sus padres. Aunque su madre que lo conocía demasiado bien (porque era su madre) se lo notó y una noche cenando le preguntó.

— Ismael, hijo, ¿Te pasa algo? Te noto muy nervioso.

— No, mamá. Es que tengo ganas de que llegue el día 22. Es la fiesta del cole y cantamos los villancicos —contestó el niño con evasiva. ¿Vais a venir? Este año canto yo.

—Claro que sí, hijo. Si no trabajo, vamos todos —contestó la madre mirando a Pedro, su marido.

— Yo no voy  _dijo su hermano Juan.

— Tú harás lo que nosotros digamos —le reprendió la madre. Y si decimos que vienes, vienes sin rechistar.

— Jooo, mamá.

— A callar. Se acabó lo que se daba —dijo su madre mirándole muy seria.

Cuando Isabel se ponía así era mejor callarse. Ni Pedro se atrevía a rechistar.

Llegó el día 20 y salió el ganador del cartel de los villancicos, aunque por algún motivo que nadie sabía no ponían el nombre del mismo en ningún sitio, ¡algo de lo más raro!

El 22 de diciembre a las 10 de la mañana el salón de actos del colegio se encontraba engalanado como todos los años para las navidades con su árbol de Navidad, su portal de Belén. Y, ¡cómo no! , a rebosar de padres, madres, abuelas/os y familiares de los niños que cantaban en el certamen de villancicos; también estaban invitados los coros de los demás colegios de la ciudad.

Fue todo un espectáculo digno de ver. Las madres llorando, los padres henchidos de orgullo, las abuelas moqueando. Todo al ver a sus niños cantando encima de un escenario.

Al acabar los villancicos el director del colegio se plantó encima del escenario con un micrófono en la mano y  se dirigió a todos los asistentes.

—Atención por favor —llamó la atención del público en general. Por favor, silencio.

Cuando ya consiguió que todo el mundo se callara y le atendiera, empezó a hablar.

— Bueno, señoras, señores, niños —comenzó. Ahora llega el momento que muchos de ustedes estaban esperando. Como saben todos los años, el día de hoy hacemos entrega del premio al mejor cartel de villancicos. El premio, como cada año y gracias al gerente del restaurante El Cenador; es una cena para todos los miembros de la unidad familiar. Pero este año como habrán visto en la lista de los carteles presentados no viene el nombre del ganador, no vayan a creer que no hay ganador, lo hay, y está hoy aquí entre nosotros. A petición suya no ha querido que se supiera hasta hoy su nombre, para darle un sorpresa a su familia.

¡El ganador con el cartel denominado Cantando bajo el árbol es…….. Ismael Gutiérrez Fernández!

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Los padres se miraron entre si, sin dar crédito a lo que habían oído. Fueron corriendo hasta donde estaba Ismael y lo abrazaron, lo besaron, lo estrujaron, mientras lloraban y reían a la vez.

El niño solo supo decir:

— Este año podremos cenar como una familia normal.

La madre recordó  que esas palabras habían salido de su boca y solo pudo abrazar a su hijo y decirle: ¡Te quiero hijo!

Fin.

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Cuento de lo absurdo.


Érase un pastor que tenía un rebaño de ovejas, el rebaño contaba con trescientas cabezas más los borreguitos que nacían cada día.

El pastor por las noches no podía dormir por lo que se ponía a contar ovejas, era lo que su madre le decía cuando el sueño no llegaba.

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Así que empezaba a contar, una, dos, tres, etc. Al llegar a cierta cantidad no se, ciento treinta, una de las ovejas preñadas se ponía de parto y él se quedaba ensimismado viendo como paría el borreguito o borreguitos porque a veces traían dos,  perdía la cuenta y empezaba a contar otra vez, una, dos, tres, doscientas dos y entonces se daba cuenta que otra oveja había parido pero no echaba la placenta y eso era malo para el animal y esperaba hasta que la echaba o bien tenía que sacársela el mismo y volvía a perder la cuenta, así un día y otro, cuando quería darse cuenta era la amanecida y sus ovejas tenían que ser ordeñadas, ya que la leche era parte del sustento de su granja.

Pasados los días el pastor tenía unas ojeras que le llegaban a los pies y su humor era de perros y eso que el perro pastor que tenía era magnífico, no mordía a una sola oveja, al primer tanteo de su dueño juntaba el rebaño y lo llevaba de vuelta al redil. Pero nada que ver con el humor de perro salvaje que se gastaba su dueño últimamente.

El hombre hastiado de la situación y al borde del colapso decidió mandar todo al estiércol y se acostó aquella noche decidido a olvidarse de ovejas, de borregos y de la leche que le dieron, a los pocos segundos se quedó dormido como un tronco y soñó. Soñó que era mecido por el viento y que la música que creaba al pasar por sus ramas era música celestial, hasta que llego una tormenta de balidos y gruñidos y lo saco del aquel maravilloso sueño.

Eran sus ovejas que balaban desconsoladas por que el día hacía horas que había salido y no las habían ordeñado, aún tenían las ubres que se les vertía la leche con solo moverse y los borreguitos gruñían de hambre y el pastor no acababa de juntarlos con las madres para que les dieran de mamar.

El pastor agobiado se decía.

Esto es tremendo, esto es el cuento de nunca acabar, cuento y recuento sin venir a cuento por no poder dormir y cuando por fin lo consigo, quien no me dejaba dormir, ahora me ha de despertar, hay que ser borrego.

Se acabo el cuento de nunca acabar, se que no viene a cuento pero… para dormir no cuentes cierra los ojos y sueña, que el sueño te lleve allá donde la vida no te deja llegar.

Fin.

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Latina era aquella tina hecha para llevar vino en sus entrañas.

con tino echo vino el tinajero a la tinaja,

la tinajera que lo veía de él se reía,

como con gran atino el vino vertía en la tina,

hasta rebosar de aquél rico licor.

—————————-

La tina,

que no agustina tenía llena la tripa,

de algo que no era vino,

pues alguien vino y como casa la utilizo,

a basura huelen sus entrañas,

las que que un día a vino olió y quien vino,

según vino se marcho,

dejando tras de si aquel inmundo olor.

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las votaciones han empezado,hasta el próximo 10 de marzo estará abierto el plazo.

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Ocupas a lo grande.

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Perdió el pie.

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Nace un nuevo Blog


A partir de hoy nace un nuevo blog, se llama A.C.E. Bonsái en el que tratare todo lo relacionado con el arte milenario del bonsái.

Si te gustan los árboles y las plantas en este espacio puedes leer cosas que te podrán interesar e incluso que desconozcas de este hobbi tan fantástico como desconocido por muchos/as. Solo tienes que seguir el blog en los que periódicamente iré creando entradas con distintos temas relacionados con los bonsáis.

https://aficionadodelbonsai.wordpress.com/

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Algunos Pendientes.


Como lector empedernido no me da tiempo a leer todo lo que me gustaría,  aunque no soy muy aficionado a leer en kindle tengo pendientes algunas lecturas.

Dentro de los libros que me quedan por leer se encuentran algunos de amigos a los que aprecio, no tardaran en pasar a la otra lista, la de leídos.

Ya  iréis  sabiendo que me parecen cada uno y otros más que tengo en mi larga lista aunque no estén aquí no quiere decir que no los tenga presentes.

Como son:

La absurda e inqueible historia de Edelmiro Páez de Candido Macarro.

Edelmiro 3.0 de Edelmiro Páez de Candido Macarro.

La Sombra Dorada de Luis M Nuñez.

The pizza de Juan Re Crivello.

¿Que tripa se te ha roto? de Ana Fernádez y Juan Re Crivello.

Los Monos & Humanos: Luego Bios y Robots de Juan Re Crivello.

Patas Arriba de Rosario Vila.

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A la caza del gamusino.


Este relato ha sido escrito con la admiración que siento por la música Folk y Celta y muy especialmente con el grupo ACETRE. Un grupo natural de Olivenza,  Extremadura que como todos sabéis es mi tierra.

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A la caza del gamusino.

Rafael salió a cazar como muchas otras veces lo había hecho, esta vez quería cazar algo que nunca había intentado, iba a intentar la caza del gamusino, sabía que existían ya que se lo había oído contar a su abuelo cuando él era un niño de apenas doce años y más tarde cuando cumplió los dieciocho lo volvió a escuchar estando en la mili, ya con treinta supo que era el momento de salir a buscar algo que llevaba muchos años deseando, por fin averiguó donde se podían hallar, preparo su mochila, la tienda de campaña, su saco de dormir y algo de comer, pues no sabía cuanto tiempo le iba a llevar aquella cacería, al abrir el día monto en su coche y puso rumbo a la comarca de la Vera, por lo que había averiguado estos años atrás era en esa zona donde podía conseguir tan ansiada pieza, llego al mediodía y ansioso que estaba por empezar su búsqueda  al monte se echo a por tan singular pieza y mira por donde en aquellas sierras de extremeñas donde creía que los encontraría, subiendo un cerro lo primero que se encontró fue con una serrana iba con su escopetita al hombro. Ella intento engatusarlo, pero él iba ciego ya con su búsqueda y ni caso la hizo,  gracias a ello su vida salvo.

Continuo con la búsqueda por aquellas sierras entre jaras y encinas y sin quererlo fue a topar con una aldea, un vecino que salía a su trabajo le dijo que aquella localidad  se llamaba Piornal y que a la alborada se acercaba al pueblo un demonio, al que llaman Jarramplas. Rafael le dio las gracias y continuo hacía el otro lado del valle, la noche se echaba encima por lo que decidió montar la tienda de campaña que llevaba junto a la mochila colgada a la espalda. La luna brillaba en el firmamento con una intensidad inusual, saco su armónica del bolsillo y le dedico un fado, hasta las lechuzas enmudecieron al escucharlo tocar.

Se levanto al despuntar el alba y recordó lo que le había dicho el aldeano del Piornal y un escalofrío le recorrió la espalda, alzo el campamento y se puso a caminar, cuando un crujido de ramas le hizo estremecer, se escondió entre los robles y encinas que bordeaban el sendero, cuando vio aparecer a seis seres, con cuernos y tiras de piel por todo el cuerpo, ¿como dijo ese señor que se llamaban? No lo recordaba, ¿Eran uhmmm….Jarramplas? Si eso era así los llamaban y que venían a la alborada los Jarramplas, Uno detrás de otro fueron pasando sin mirar, si tan uno solo hubiera girado la cabeza a la izquierda le habría visto allí medio escondido temblando, en cuanto se perdieron de vista salió pies para que os quiero, en dirección contraría, sendero abajo directo a lo que se conocía como el paso de Zahori.

Allí se sentó a descansar encima de una roca. bajo un chaparro y contemplo el valle que se abría a sus pies ladera abajo, se veía una población a mediodía de camino aproximadamente, echo un trago de agua y comió un poco de las vituallas que llevaba en la mochila, que se componían de un poco de queso curado, pan y un trozo de panceta curada, volvió a dirigir la vista hacía aquella población y pensó en que le apetecía un plato de sopa caliente y una cama en la que descansar esa noche, sin pensarlo más puso sus pies a caminar en marcha hacía el conjunto de casas, llego a la entrada del pueblo ya bien entrada la tarde, comenzaba a anochecer cuando paro a un vecino y le pregunto por una posada donde comer y pasar la noche. El vecino muy amable le dijo. — Vaya usted a la plaza y allí encontrara la casa de Moses, allí podrá comer lo que guste, en cuanto a descansar, lo que se dice descansar, no se si podrá hasta bien avanzada la noche—. A qué es debido eso ¿lo de no poder descansar, me refiero?— Le pregunto Rafael. — No por nada raro, es que suele haber música hasta bien entrada la noche, eso si suena de maravilla, son un grupo de la tierra y se juntan casi todas las noches, ya lo vera, seguro que le va a gustar, tienen un pasodoble a Olivenza que te deja con la boca abierta. — ¡Ah! Bueno me había usted asustado, me gusta la música y toco la armónica y la guitarra. — Le dijo Rafael mientras se despedía del lugareño. —Gracias por su amabilidad amigo.— De nada a mandar. — Le replico el otro mientras se alejaba calle arriba.

Llego a la plaza y por el sonido enseguida supo donde se encontraba la posada, llamo al portón con la aldaba y un mozo salió a abrirle, le invito a pasar y le acompaño hasta dentro, le indico una mesa mientras iba a por una jarrita de vino, un plato sopa caliente y otro de estofado recién apartado del fuego, una vez acomodado en su mesa se dedico a contemplar su alrededor, había mesas por los lados y en el centro estaban los músicos con sus instrumentos tocaban una instrumental,  el mozo le dijo que se titulaba Hierba loba, las cantantes estaban descansando después de haber actuado pero que volvían en un rato, así fue que lo que tardo en cenar  volvieron todos juntos, al haberse unido los músicos al descanso  de las vocalistas al terminar la canción que estaban tocando cuando él entro.

Se pusieron todos en sus sitios, por primera vez escucho las voces que acompañaban al grupo, el poema que tenia por título Bailes de panderos. Se quedo embobado escuchando, como si fuera la primera vez que oía cantar. Pasada la medianoche ya, cansado se retiro a la habitación que le indico el mozo, se acostó en el catre y se durmió casi de inmediato con la música de aquellas dulces voces de fondo.

A la mañana siguiente al despertarse se sintió como hacía mucho que no se sentía, descansado, relajado y alegre, bajó a desayunar y estando con el café en la mano se le acerco un hombre que se presento como Leonardo, y era un mercader de zafra y hacía allá se dirigía. Rafael le estrecho la mano y le dijo — Encantado de conocerle señor Leonardo, yo me llamo Rafael, estoy de paso, pero creo que vamos por caminos distintos.— Es posible, pero anoche le vi mientras tocaban los músicos y me dije, ¡ese hombre aprecia la buena música! Y por la forma de seguir el ritmo con los dedos en la mesa sabe tocar un instrumento. — Bueno, no se, es cierto que me gusta y que toco un poco la guitarra, y la armónica, cuando salgo al campo me acompaña su sonido por las noches a la luz de una hoguera.— ¡Lo sabía! Con solo verle supe que se estaba quedando con ganas de tocar con los músicos— Jajajaja Rió Rafael, es cierto me hervía la sangre por dentro, sobre todo cuando tocaron el fado corridito, fue algo especial.— Me hubiera gustado oírle tocar dijo el mercader, otra vez será, ahora tengo que irme, ha sido un placer Rafael, si alguna vez va por Zafra no deje de pasar a verme, lo mismo podemos preparar una velada. — Así lo haré, que el camino le sea propicio amigo Leonardo.—

Se dieron la mano y se separaron, Rafael recogió sus bártulos se los echo a la espalda y salió con rumbo a la sierra a seguir con su búsqueda al pasar por delante de una casa que tenia los postigos abiertos escucho de fondo una canción que aquella noche habían interpretado el grupo, ¿Cómo la habían llamado? Pensó para si, ¡Ah! Si, Mae Bruxa,

Y con esa melodía que sus labios silbaban se marcho de aquel pueblo, a seguir la búsqueda de aquellos seres raros, llamados gamusinos, nunca se había preguntado como serían, ya que no había visto imagen alguna de ellos, solo sabía que existían por que se lo dijo su abuelo y nunca le había mentido, ya lo averiguaría cuando los viera por la sierra extremeña que tantas sorpresas le había dado esos días.

Nada de lo que aquí se ha narrado sucedió en realidad, salvo los enlaces, la sierra extremeña y el pueblo del Piornal, lo demás es todo invención del autor, cualquier parecido con la realidad es mera casualidad ¿o no?

Este relato es un repaso a la discografía de un gran grupo reconocido mundialmente dentro de la música Folk y Celta.

Este espacio participa en XI edición de los premios 20blog.

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Centro de mesa Low Cost


Hacía algún tiempo que no me dedicaba a unos de mis hobbies como es la artesanía o la restauración de algún objeto.

En este caso he decidido crear un centro de mesa low cost.

Con una cesta de mimbre vieja a la que he reforzado con unas agujas de palo para pinchitos.

3 Plantitas crasas.

2 Trocitos de Lucky bambú (caña de bambú).

1 Caja de leche.

1 Vela aromática.

1 Retal de tela del color que te guste.

Piedras para decorar.

Unas ramas y semillas de pino.

Y silicona caliente.

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