Archivo de la etiqueta: FlemingLAB Taller de Escritura

Felicitación de Navidad y año nuevo


Como última actividad del año FlemingLab y Juan Crevillo su tutor/impartidor del curso de escritura en el que he tenido el placer de participar durante todo el año 2017 y del cual he aprendido mucho sobre el mundo del escritor.

Quiero felicitar la navidad, a todos/as los integrantes de esta gran familia, que son/somos los masticadores de letras, y al resto de la blogosfera, con esta pequeña postal navideña,

Felicitación-de-Navidad

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El Bosque de las sombras


Relato escrito para el curso de escritura de FlemingLab. Masticadores de letras.

El Bosque de las sombras

Galopaba entre los árboles sabiendo que sus perseguidores estaban cerca, las ramas pasaban veloces y algunas le pegaban en pecho y la cara, dejándole arañazos, el caballo veloz levantaba la hierba y los arbustos, desplegando un aroma: A tomillo, cola de caballo, manzanilla y otros olores que se entremezclaban entre si. A su espalda oyó como uno dijo: “Rápido, no paréis, no puede andar lejos hay que cogerlo. Cinco monedas de oro al primero que lo atrape”. Ethart que así se llama el muchacho, azuzaba su cabalgadura todo lo que podía, sabía que si salía de la arboleda no podrían atrapar a su caballo. “Vamos bonito, corre, corre como tu sabes que ya casi estamos” —Le susurraba a su oreja. El animal al oír las palabras de su jinete apretaba el ritmo.

Dejaron atrás el bosque saliendo a campo abierto. Tenía mucha confianza en su caballo, era ágil, veloz como el viento y negro como una noche sin luna. Por el prado podía correr con tal velocidad que apenas levantaba trozos de hierba del suelo, era como si no la tocara. Miró atrás y vio a sus perseguidores salir de entre los árboles, aunque ya estaban muy atrás, habían aprovechado la ventaja que Zahino, su caballo les había sacado en la pradera. Ahora más seguro de si mismo, sabía que les daría esquinazo pronto.

Los perseguidores eran soldados del señor del trueno, hermandad creada a raíz de la guerra de los siete estados. Su jefe o general, era un antiguo comandante del pueblo de los caídos, al ver que el desarrollo de la guerra no lo favorecía. deserto, junto a un grupo de treinta de sus mejores hombres y se adentro en los bosques de las sombras, donde se hizo fuerte y fue conquistando las tierras de alrededor, hasta formar lo que hoy es llamado el estado sombrío, nadie se atreve a oponerse al general Ojo Triste, dueño y señor del ejercito de las sombras.

Ethart, a sus dieciocho inviernos de vida, ya se ha visto obligado a acabar con la vida de varios soldados del trueno; que tuvo suerte, lo reconoce pero también sabe que es bueno con la espada, desde que era un niño se ha entrenado con los otros chicos de la aldea; pronto destaco sobre los demás y eso no gusto al jefe y mucho menos a su hijo, que siendo de la misma edad que Ethart, veía como sus huesos daban contra la tierra una y otra vez.

Cuando el general ataco la aldea nadie se opuso, el jefe se rindió sin siquiera blandir la espada, hinco la rodilla en tierra y se sometió a los usurpadores. Aquello hizo que siguiera como jefe. Ahora bajo el mando del ejercito del trueno y su general.

Algunos de sus vecinos se opusieron, y ello les costó la vida, entre ellos su padre, un simple panadero; vio como una espada le atravesaba el pecho, solo por decir que debían pleitesía al rey y no a un traidor renegado.

El chico al ver a su padre caer atravesado por la espada de un soldado, ataco preso de la ira y del dolor, al general y a sus soldados, matando a dos de ellos, algunos de sus vecinos al verlo se envalentonaron y le ayudaron en la rebelión, pero esta duro poco, los soldados estaban bien entrenados y acostumbrados a la lucha, mientras que ellos, unos aldeanos, apenas si sabían coger la espada, aún así causaron varías bajas, antes de dar su vida. Luther el herrero, que era de los más fuertes le pidió al muchacho que huyera antes de que le mataran.

  • Huye Etthart, huye antes de que te maten.
  • Nunca, prefiero morir a dejar que se salgan con la suya —le dijo el chico.
  • Si te matan, entonces se habrán salido con la suya y las muertes que ha habido hoy aquí, no habrán servido para nada —le dijo el herrero — Detrás del establo he dejado a Zahino ensillado, es el mejor de la aldea, móntalo,  busca ayuda más allá del bosque de las sombras.
  • ¿Y mi padre?
  • Ya no puedes hacer nada por él, le daremos un entierro digno.
  • Esta bien, —dijo vencido el muchacho— pero en cuanto pueda volveré y matare al general.
  • Esperemos que tengas razón chico —dijo apesadumbrado el herrero— ahora vete y que los dioses te acompañen.
  • No olvidare lo que has hecho hoy por mi Luther.

Dijo alejándose de su amigo.

Dio la vuelta al pequeño edificio, cogió las bridas del caballo, de un salto monto a lomos del animal, emprendiendo el galope hacía el bosque.

Uno de los asaltantes vio como huía el chico y aviso a su jefe.

  • ¡General! Alguien intenta escapar a caballo, va hacía el bosque      — grito.
  • Cogedle y traedlo vivo a ser posible — ordeno el general.
  • Vosotros, a los caballos, vamos tras él — Dijo el que había dado el aviso.

Los cuatro soldados que estaban alrededor corrieron a sus caballos, saliendo al galope tras el fugitivo que ya se había internado en el bosque. Cuando creían que lo tenían al alcance de sus espadas, salieron a campo abierto y allí se dieron cuenta de que el caballo de Ethart era más veloz que los suyos, que ya estaban agotados de la carrera, veían como éste, los iba dejando atrás poco a poco y que les sería imposible alcanzarlo, así y todo azuzaron a sus monturas en un intento por acortar distancias, pero los animales empezaron a echar espumarajos por la boca. El que iba al mando del grupo levanto la mano para que pararan.

  • ¡Alto! —grito— dejadlo, los caballos no pueden más.
  • ¿Y el general? —dijo uno de los soldados.
  • Yo hablaré con él —dijo el primero.
  • Lo que tu digas Ronan —contesto el soldado dando la vuelta a la montura.
  • Vamos a descansar un rato y dar un respiro a los caballos —dijo el tal Ronan— volvamos hasta el arroyo que hemos dejado allá atrás, y que beban un poco.

Ethart volvió la cabeza y vio como sus perseguidores desistían en su persecución, y paraban a sus monturas. No por ello freno el galope de Zahino, aunque sí se relajo un poco y el animal lo noto.

El muchacho paro unas millas más adelante junto a una arboleda, para dar un respiro a su compañero de viaje y a la vez descansar. Después del exceso de adrenalina que su cuerpo había ido creando, ahora al verse libre de sus perseguidores y relajarse, sus músculos estaban doloridos después de la tensión a la que se habían visto sometidos. Se sentó a la sombra de un alcornoque, resguardado por unas rocas de la vista de posibles enemigos, y sin darse cuenta siquiera, se quedó dormido, mientras su caballo pastaba a pocos metros, antes le había trabado las patas delanteras para evitar que se alejara más de la cuenta.

Tenía un sueño profundo a causa del cansancio, aún así oyó los cascos de un caballo que se acercaba entre las piedras. Toc, toc, toc. Alguien se aproximo hasta el y empezó a hablarle primero despacio.

—Despierta, vamos, abre los ojos perezoso— ¿Quién podría ser? Acaso lo habían seguido desde la aldea. —Pensó entre sueños—  De repente empezaron a zarandearle y a hablarle con más ímpetu. — Vamos despierta, que se hace tarde, espabila —oía en esa duermevela que no te deja moverte.

  • ¿Qué hora es? —logro preguntar adormilado como estaba.
  • Ya se te hace tarde para ir al instituto. —Su subconsciente conocía aquella voz, pero no la situaba en aquel páramo.

Venga Luis despierta. Al oír aquel nombre algo se despertó en su cerebro. Otra vez te quedaste dormido con el libro en las manos, le dijo una voz de mujer. Seguro que estabas otra vez soñando con alguna de tus aventuras. Anda levántate, que voy hacer para comer la receta que tanto te gusta. Hoy vienen tus primos o tengo que recordarte que hoy es tu cumpleaños —le comento su madre. ¡Felicidades cariño!  a la vez que le daba un beso.

La madre de Luis lo miro con ternura mientras salía de la habitación, sabía que le encantaba leer libros de aventuras. Literatura fantástica decía él. Fantasía era lo que le sobraba, tenía una imaginación desbordante. Cuando era más pequeño con siete u ocho años y le preguntaban ¿Qué quieres ser de mayor? Siempre decía lo mismo: “Yo quiero ser escritor”.

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Vidas Cruzadas


Relato escrito para el curso de escritura de FlemingLab. Publicado en el blog masticadores de letras.

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Cuando Tom llegó ya estaba muerta, la habían cortado el cuello de izquierda a derecha como a las otras, la había encontrado un hombre mientras paseaba a su perro por aquel recóndito paraje, el animal olió el cuerpo que ya había empezado a descomponerse. El forense creía que llevaba varios días muerta, a pesar de que el calor reinante había acelerado el estado de putrefacción. El médico apunto el día de la muerte entre el sábado y el domingo anterior, precisaría más cuando realizara la autopsia.

Laura estaba bailando en la discoteca con sus amigas como cada sábado noche, riéndose y divirtiéndose, de vez cuando apartaba algún moscón que otro, que solo quería intentar meter mano o llevársela al huerto. Ella odiaba los polvos de una noche, siempre decía que el día que perdiera la virginidad sería con el hombre del que estuviera enamorado y supiera que era el amor de su vida.

Lo que no sospechaba, era que aquello jamás sucedería, alguien la había estado mirando desde que salio a la pista de baile y vio en ella una victima propicia para sus deseos. Esperó a que fuera al servicio, la había visto ir anteriormente un par de veces y no era de esas chicas que tiene que ir acompañada de una amiga. Él supo que ese era el momento.

Él sabía que allí encontraría lo que buscaba, ya había estado en otras ocasiones y conocía el local perfectamente; en el pasillo de los servicios estaba una de las salidas de emergencias y sabía que al abrirla no sonaría la alarma, no tenía el sistema conectado, así que si salía por allí no se enteraría nadie.

Tenía aparcado su coche en el callejón, era un monovolumen. Lo dejo allí porque no había cámaras y tenía poca iluminación, todo se le ponía a pedir de boca, ahora solo tenía que encontrar la victima perfecta.

Cuando la vio ir hacia el pasillo de los servicios fue tras ella como si el también se dirigiera al servicio de hombres, la alcanzó a la entrada, se miraron y él le sonrió, ella se la devolvió la sonrisa sin mucha gracia y siguió su camino sin mirar atrás, de haberlo hecho se habría dado cuenta que él no había entrado en el water, sino que lo tenía detrás, cuando sintió su presencia y fue a girarse, era tarde, él la tapo la boca con un pañuelo empapado en cloroformo y ella se desplomo en sus brazos sin conocimiento.

Aquel era el momento más comprometido de todos, tenía que salir sin ser visto, aunque si alguien le veía, diría que era su chica que había bebido más de la cuenta y la sacaba a tomar el aire. Aunque eso podía desbaratar sus planes. No podría llevársela porque en cuanto se dieran cuenta de la desaparición la buscarían y no tardarían en acordarse de que le vieron salir con ella por la puerta de emergencias. Nadie lo vio, metió a la chica en el maletero, se montó en el coche, arranco y desapareció calle abajo.

Laura empezó a despertarse, un dolor de cabeza le atormentaba, y una sequedad en la boca le rasgaba la garganta como una lija. Estaba desorientada y no recordaba nada. —¿Dónde estaba? Se preguntó—A su alrededor había una gran oscuridad y ese traqueteo que notaba la desconcertó durante un rato. —¿Cómo había llegado allí? —Intento recordar. Se encontraba en la discoteca con sus amigas, y le entraron ganas de ir al baño, y fue, sola como siempre, alguien iba detrás como otras tantas veces, ni se giro para ver quién podía ser, de repente noto que una mano le tapaba la boca y la nariz con algo y que un olor rarísimo no la dejaba respirar. Todo se volvió negro hasta que se ha despertado aquí. —Me han secuestrado —pensó— Mientras un ataque de pánico se apoderaba de ella. Empezó a buscar una salida y fue cuando se dio cuenta que se hallaba en el maletero de un coche en marcha. No pudo más y comenzó a gritar. — ¡Socorro! Que alguien me ayude, estoy aquí encerrada. Por favor… ayuda—. Gritaba sin mucho éxito.

Tom  se dirigía hacía su casa. Había sido otro día duro, desde que por la mañana encontraran el cuerpo de aquella chica en aquél recóndito paraje hasta ahora había pasado doce horas de arduo trabajo y estaba como al principio, sin nada a lo que agarrarse. Sin una pista de la que poder tirar y con una chica más en el deposito. Una chica joven con toda una vida por delante, que no tendría que hallarse en aquella mesa fría de acero inoxidable, si no en su cama y con su familia. Maldito hijo de puta —maldijo dando un golpe al volante— Te voy atrapar y cuando lo haga no habrá juez que te condene —continuo diciendo en voz alta de el interior de su coche, cuando la emisora rompió el silencio. — ¡A todas la unidades. Una chica ha desaparecido de la discoteca Xanadu! Hace aproximadamente un par de horas es rubia, ojos verdes, metro sesenta y siete. Vestía pantalón marrón y camisa blanca, zapatos marrones de medio tacón. — Al escuchar el aviso Tom cogió el micrófono y contesto a la llamada.

— Aquí el detective Tomas Robles me dirijo al lugar de los hechos, llegaré en cinco minutos.

— Oído detective, cambio y corto. — Tom puso la sirena en el techo del coche y acelero en dirección a la citada discoteca.

—Cállate. O lo vas a lamentar— Le grito él —Deja de gritar zorra o tendré que dormirte otra vez, quiero que estés muy despierta para lo que te tengo preparado. — le dijo mientras conducía por la nacional hacía un paraje que conocía y sabía  que nadie lo podía molestar. —No volvió a escucharla en todo el camino.

Al cabo de media hora se desvió de la carretera y cogió una pista forestal que le llevaría a su destino. En su cara se dibujo una sonrisa ante la imagen que se formaba en su cabeza de lo que venía en un rato.

Cuando Tom llegó….

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Calle 13.


Como muchos ya sabéis hemos publicado un nuevo libro titulado Calle 13. Gracias a Juan Rcrevillo  que es profesor del taller de escritura de FlemingLab al cual todos los que colaboramos en este libro participamos o hemos participado en el.

Hace unos meses salio Habitación 308 escrito por los mismos componentes de Calle13 como podéis leer en la portada del mismo todos/as son o somos (valga la modestia) buenos escritores.

Calle 13 es una recopilación de relatos creados alrededor de un mismo escenario, la calle 13 de la ciudad de Barcelona y cada escritor ha creado un relato o dos dependiendo de lo que creyera oportuno cada uno, en mi caso he creado uno en dos capítulos que espero que sea del agrado del lector, todos los participantes administramos algún blog o participamos en ellos de forma directa e indirecta.

Para aquellos que no conozcan a los escritores y autores os dejo un enlace a sus espacios web.

Algo que se me olvidaba comentar y que es importante.

Hoy es el último día para la descarga gratuita de este libro en formato kindle , no dejes pasar esta ocasión. Como puedes ver en la foto también se puede tener en papel por 6,83€, si como yo eres un nostálgico del formato tradicional no te quedes con las ganas y compralo no te arrepentirás. ¿O si? Ya me lo dirás.

Sus autores son: Gema Albornoz, Francisco J. Martín, Conchi Ruiz, Frank Spoiler, Antonio Caro, Silvia Salafranca, Verónica Boletta, Ana Centellas, Paulina Barbosa, Pedro García, Javier Reina, Melba Gómez, Awilda Castillo, Juan re crivello

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El bar del Búho. (2ª parte)


¿Leíste la primera parte del “El bar del Búho”? ¡No! pues hazlo ahora, seguro que te dejara con los ojos muy abiertos.

https://antoncaes.wordpress.com/2017/04/19/bar-el-buho/

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Al cabo de una semana, llegaron al búho dos amigos de aquel que estuvo aquella noche. Venían atraídos por lo que les contó el amigo una noche de borrachera, quisieron ver si la Reme era como la había descrito el sordo, perdón, quise decir el camarero.

Uno de ellos era corto de vista, por lo que llevaba unos cristales culo botella de esas de pasta marrón que en su cara solo se veían gafas y así le llamaban “El gafas.” El otro era alto, escuálido que se parecía más a la lanza de D. Quijote que al mismo hidalgo.

Entraron los dos por la puerta del búho, mejor dicho entro el gafas, al largo lo tuvieron que plegar para que pasara bajo el quicio, si ya su amigo se dio un golpe en la cabeza imaginaos al largo pasando bajo una puerta de poco más de uno setenta.

El camarero al verlos entrar puso cara de circunstancias,

  • Buenas noche nos de dios. — les saludo.
  • Te las dará a ti. — le respondió el largo. A mi de momento lo que me ha dado a sido el lumbago.
  • Si vago parece que es un poco. — le respondió el camarero.
  • Hay que ver, pues si que esta sordo el tío. —le comento el gafas al amigo.
  • Pues ver, lo que se dice ver, no es que veas mucho tú. —le replico el camarero mientras le señalaba las gafas.

Un cliente que estaba sentado al fondo de la barra le comenta al camarero.

  • Estos dos no son de por aquí, se han equivocado de antro.
  • No, no creo que se hayan equivocado tanto al venir aquí. — le dijo el camarero.
  • ¿Que van a tomar los señores? — les pregunto con sorna,
  • Dos cervezas. — dijo el largo.
  • ¿Con o Sin? — le volvió a preguntar.
  • Si esta la Reme, Con ella, si no, Sin ella.

Jajaja. Se echo a reír el gafas, muy bueno si señor.

  • Para buena la Reme, dijo el parroquiano de la barra, vaya par de… Te quitan el sentido.
  • A mí con que me quite otra cosa me conformo y que no sea la cartera. — le dijo el gafas.

En eso que entra la Reme por la puerta, Una jamona de metro sesenta con una talla de sujetador de uno diez, por falda llevaba un cinturón ancho, al andar las nalgas iban por separado cuando una iba la otra volvía, al ver a aquella mujer al gafas se le empañaron los cristales y se le subieron unos calores para arriba que se le rizo hasta el pelo.

  • Buenas Reme. — le saludo el parroquiano.
  • Que tiene de buenas. — contesto esta un poco seca.
  • Tú todo — le dijo el largo.
  • ¿Quién es este? —preguntó la Reme al camarero. — O es que se te ha caído un puntal del techo.
  • Es un cliente nuevo.
  • ¿Nuevo? Este ya tiene unos añitos majo, vamos que la comunión ya no la hace.
  • Joer Reme siempre con tus salidas. —le contesto el camarero.
  • Para salida yo, estoy que parezco una estufa de leña. — le dijo esta mientras le guiñaba un ojo al gafas.
  • Leña te daba yo. — le respondió aquél.
  • Tú lo que me das es pena. — dijo ella riendo. —Te quito las gafas y no me ves ni pegando tu cara a mis tetas.
  • Pero te palpo si hace falta. — le contesto él riendo.
  • ¿Y tú no dices nada? — le dice al largo que los miraba como hubiera perdido el norte.
  • Que quieres que te diga Reme, que estas para comerte. Vamos que estas muy buena.
  • Como sabes que estoy buena si ni siquiera me has catado. —le dijo con mucha sorna la Reme. — Esto es mucho pan para tan poco tocino. — le respondió haciendo un gesto como si abarcara su cuerpo.
  • Eso es un cuerpo y no el de la guardia civil. — dijo el gafas.

El cliente que no se perdía detalle de la conversación les dice.

  • ¡Cuerpo! — con una sonrisa de oreja a oreja. — Es todo un destacamento, os coge y os deja seco a los dos, que parecéis la i y el punto.
  • Os coge y os deja seco, y punto. — le corrige el camarero mientras ríe.

La Reme le contesto a aquellos dos.

  • Mira quienes fueron a hablar, si no podéis con lo que tenéis en casa vais a dar lecciones. Me voy que esto es mucho arroz para tan pocos pollos.

El camarero le salto.

  • Ida estas tú hace mucho Reme.
  • Ida y salida. — le respondió la Reme mientras salía por la puerta.

Los cuatro se miraron y se echaron a reír. La Reme era mucha Reme.

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Habitación 308 Hotel 18X Barcelona.


Relato de terror para el taller de escritura de  FlemingLAB

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la habitacion

Habitación 308 Hotel 18XX Barcelona.

Aquella tarde llegué a la estación de Sanz de Barcelona a las 17,00 horas, al salir de la terminal cogí un taxi que me llevó al puerto donde al día siguiente salía un barco para el que tenía el billete, facturé el equipaje que llevaba y como aún era temprano decidí dar una vuelta por la ciudad, el taxi me dejo en la parte baja de las ramblas y fui subiendo dando un paseo y admirando todo lo que había a mi alrededor.

Los edificios señoriales restaurados y adaptados a los nuevos tiempos, como el teatro del liceo, mi visita no podía dejar pasar el mercado de la Boqueria, unos de los primeros de Barcelona. Las ramblas se encontraban atestadas de gente paseando, comprando en los kioscos que hay a lo largo de toda la avenida o disfrutando de los músicos callejeros que tocan para sacarse unos céntimos, se empezaba a hacer tarde y decidí dejar el turismo y retirarme a descansar, me dirigí al hotel en el que tenía una reserva para pasar la noche y que se encontraba en la misma avenida.

El hotel se llama 18XX un hotel del siglo XIX construido en lo que fue la Compañía General de Tabacos de Filipinas, totalmente restaurado y modernizado, pero con una historia en sus muros para recordar. Entre en la hall y era como cruzar las puertas a otro mundo completamente distinto a lo que estamos acostumbrados, me dirigí a la recepción y el recepcionista con un trato muy amable me tomo los datos y me entrego la llave de la habitación.

— Su habitación es la 308 caballero, tercer piso. Luego me indico donde estaban los ascensores y el horario del comedor para los desayunos.

  • Muchas gracias. —conteste, recogí mi bolso que había dejado a mis pies y me dirigí al ascensor.

Subí en hasta la tercera planta y recorrí el pasillo hasta mi habitación, al abrir la puerta estaba todo en penumbras, solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado que se había activado al meter la tarjeta en su ranura.

Deje el bolso en un taburete a los pies de la cama y me tire encima la cama. El cansancio empezaba a dejarse notar en mis músculos, hoy había sido un día completo y necesitaba un poco de descanso.

En estos pensamientos estaba cuando me envolvió el sueño, y me deje llevar por esa sensación de paz que solo se consigue ese momento de duermevela que te va arrastrando a lo más hondo del subconsciente.

Algo me empezó a agitar en mi placido sueño, era como un ruido de cristales cuando crujen antes de hacerse añicos, aquellos sonidos hicieron que volviera mi sueño algo agitado, como con miedo a salir de tu zona de confort de forma precipitada.

Me incorpore en la cama mirando a todos lados en aquella negrura que me rodeaba y me engullía, era una oscuridad densa palpable casi se podía rasgar con los dedos, mire al frente y un brillo. Que me puso los pelos de punta, me quede fijo mirando, era el espejo que había encima del pequeño mueble de la habitación y que contenía la nevera con los snacks y las bebidas que ofrecen casi todos los hoteles.

Unos ojos me miraban desde dentro del espejo, un escalofrío recorrió mi cuerpo a pesar de haber apagado el aire acondicionado antes de acostarme, me levante de la cama y las piernas me temblaban de miedo, me acerque lentamente hasta el espejo, para ver que había algo más que unos ojos, cuanto más cerca, mejor se iba perfilando un rostro, debía de tratarse de un hombre por su estructura ósea, nariz aguileña y barbilla prominente, ¡Los ojos! Los ojos eran terroríficos, hundidos en sus cuencas y con un brillo que acongojaba al más valiente.

  • ¿Qui qui, quién eres? Le pregunte en un susurro y con la voz temblorosa.
  • Acaso eso importa. —oí responder dentro de mi cabeza.
  • ¿Que quieres de mi?
  • ¿No lo sabes aún? — me contesto.
  • ¿Qué debo saber? — dije, un dolor de cabeza estaba comenzando, como si me oprimieran el cerebro.
  • Porque estas aquí y para que has venido hasta mi.
  • No se a que te refieres, solo estoy de paso, solo he venido a pasar una noche y mañana me embarco para Grecia.
  • Jajaja.

Aquella risa hizo que algo se rompiera dentro de mi cabeza, como si hubieran tensado demasiado los cables de un circuito y de hubieran partido por el medio con cientos de filamentos de cobre rozándose entre sí y dieran chisporretazos, cada uno era una punzada de dolor que recibía mi mente.

Fui reculando hasta sentarme en la cama, no podía dar crédito a aquello, que tenía que ver yo en todo aquello, empecé a decirme que era una pesadilla, que estaba soñando, que pronto se haría de día y despertaría de aquel sueño.

Pero esa voz no dejaba de reírse dentro de mi cabeza.

  • ¿Tú crees que es un sueño? ¿De verdad lo crees señor Ferdinal? —me dijo con ironía en su voz.
  • ¿Ferdinal? Yo no soy ningún Fernidal, ni conozco a nadie con ese nombre.
  • Que mala es la memoria humana, que pronto olvida lo que quiere olvidar. ¿Ya no recuerdas donde nos encontramos? — Me grito clavando sus ojos en mi rostro. Encogí y el miedo empezó a convertirse en un pánico, los espasmos de mi cuerpo eran ya sacudidas incontrolables.
  • Tú acabaste con mi vida hace cien años, tal día como hoy decidiste robarme un contrato con la compañía de tabacos que por entonces tenía aquí su sede, embaucaste para que subiera a este almacén, una vez aquí me clavaste un puñal en el pecho y encerraste mi cuerpo en un cajón que debía salir para Filipinas al día siguiente, pero dejaste atrás mi espíritu, he vagado por este edificio cien años esperando que volvieras, sabía que volverías, los asesinos siempre vuelven al lugar donde perpetran su crimen, te sentí en cuanto cruzaste las puertas y la felicidad se reflejo en mi rostro ¿No lo notas? — me dijo mirándome con esa intensidad desacostumbrada.

Al acabar de hablar una mueca cubrió su rostro y me encogí agarrándome los tobillos y sintiendo como algo calido se me escapaba por las piernas e iba helándose a medida que bajaba por mis piernas para acabar haciendo un cerco en la cama.

Ya no podía contestar algo acabo por romperse dentro de mi cabeza y así me encontraron a la mañana siguiente cuando el recepcionista al llamar a las ocho de la mañana —tal y como le había pedido que hicieran la noche antes— Al no contestar se extraño y mando a un compañero que subiera a ver que pasaba.

El empleado me encontró mirando al espejo con los ojos perdidos temblando, la baba se me escurría por la comisura de los labios y balbuceaba cosas inteligibles.

Los servicios sanitarios llegaron y me trasladaron a este sanatorio en el que llevo ya cinco años mirando a un espejo que no hay, viendo una cara que se ríe día tras día, noche tras noche, esperando a que me reúna con ella, pero mientras eso sucede sigue atormentando mi mente.

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El Bar del Búho.


Relato  de humor escrito para el taller de escritura FlemingLAB

de Juan Re Crivello.

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El bar del Búho.

Aquella era una noche fría, las nubes ocultaban la luna y las sombras se alargaban como  los chicles Boomer. Una solitaria silueta avanzaba por la calle pegada a los edificios para mitigar el frío que arrecia su cuerpo.

De pronto estornudó.

  • Jesús que frío hace, necesito meter algo al cuerpo que me caliente un poco.

Iba pensando cuando de repente piso un gato. Mahouuuuuuu.

  • Eso es, una mahou fresquita me vendría bien, pero donde ir a estas horas, parece que esta todo cerrado.

En la lejanía se oyó el ulular de una lechuza “buuuuuh… buuuuuh”.

  • Tienes razón, el búho debe de estar abierto a estas horas, allí podré tomarme una mahou.

Llego a el búho y al entrar se dio un golpe en la cabeza en el quicio de la puerta.

  • Joder que daño.
  • 2017, cinco de abril para ser más exactos. — le respondió el camarero, que había entendido otra cosa— ¿Se ha perdido? — Le pregunto.
  • A usted que le importa si soy o no un perdido, ponme una mahou.
  • Perdón, no se enfade, siéntese y le sirvo enseguida.
  • Tú a mí para lo único que me sirves es para ponerme esa maldita cerveza, pero al paso que vas se va a calentar.
  • Para caliente… la Remedios ¡esa si que!

Dijo el camarero mientras hacia gestos con las manos sobre sus tetas.

  • Vaya tela, la que me ha tocado con este abrebotellas — le contesto el cliente.
  • ¡Oiga! Que yo no le he tocado nada, para tocar y otros menesteres esta la Reme, si quiere la llamo. —replico el camarero.
  • No, veras como al final me coloca a la tal Remedios el papanatas este.
  • Vaya pues si que es usted exigente, no quiere las aceitunas ahora quiere patatas.
  • ¿Usted esta un poco sordo, no?
  • Y a usted que le importa si estoy gordo o no.

Murmuro el otro, algo que confirmaba lo que el sospechaba ya.

  • ¿A qué ha venido a beber o a insultarme? — dijo un poco malhumorado el camarero.
  • A beber una cerveza pero visto lo visto, mejor ponme un whisky.
  • ¿Solo?
  • ¿Ve a alguien más aquí?
  • No hombre, me refería a si lo quería solo o on de rock
  • ¿Tu me ves que este para bailar?
  • Joder y luego soy yo el sordo. —replico el barman.— ¿Qué whisky le pongo?
  • Uno de Malta.
  • Lo siento pero solo lo tengo escocés o irlandés, pero no maltes.
  • Pues un irlandés calentito me iría bien.
  • Y lo querrá pelirrojo de metro ochenta y ojos azules ¡El señor!
  • El señor se conforma con un par de velas, a mi ponme ese whisky de una puta vez.
  • Ya le he dicho que la puta es la Reme, yo solo soy el camarero.

Aquello ya saco de sus casillas a aquel hombre

  • Joder con el con la puta de la Reme, no si al final veras como me la mete el tonto este.
  • Es mejor que se la meta usted a ella, a mi no me van los tríos.
  • ¡Pero que coño hablas ahora de tríos, ni leches!
  • Lo siento pero la cafetera esta apagada. —le dijo el camarero— si quiere el whisky bien y si no se puede largar que cierre, lleva aquí una hora y no se ha bebido ni un puto vaso de agua.
  • Vaya un camarero estúpido este, no me extraña que no haya ningún parroquiano en este antro.
  • Si lo que buscaba era la iglesia se ha confundido, esta dos calles más arriba y ahora coja la puerta y lárguese. —Soltó el sordo de malos modos.
  • Para que coño quiero yo la puerta, con que me dejara un abrigo para paliar el frío sería suficiente. —dijo el otro saliendo por la puerta.

El camarero fue tras el para cerrar, pero antes se asomó y le grito:

—Si tenía frío debía haberme dejado avisar a la Reme y le habría hecho entrar en calor.

¡Usted se lo ha perdido! ¡Idiota!

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DE CAMINO AL INFIERNO. Último capitulo.


Leer el primer capitulo. 

Leer el segundo capitulo.

Leer el tercer capitulo.

Leer el cuarto capitulo.

Último capitulo.

Conseguí establecer una rutina en las guardias y saber cuál era el más descuidado en su vigilancia, así se lo  hice entender a mis dos compañeros que estaban más nerviosos, hasta el punto de cometer una serie de errores que no pasaron desapercibidos para los orcos que nos custodiaban y eso les hizo recibir varias tandas de latigazos, en especial a Nando. Le dejaron la espalda hecha un cuadro, lo que hizo que se debilitara a unos extremos que temimos por su vida, apenas se podía mover a pesar de los cuidados a los que le sometimos, pasada una semana de mi inventada cronología comenzó a recuperarse un poco.

  • Tener más cuidado, nos van a separar, o lo que es peor nos van a matar a latigazos como no seamos más precavidos en lo que hacemos.
  • Lo siento- —Me contesto Nando.
  • Y tanto que lo sientes los golpes te los estas llevando todos. —Le dije de broma.
  • —Se río el enano.
  • De que te ríes, si tú también te has llevado unos cuantos.
  • Si no fueran tantos a este le iba a meter el látigo por el culo. —Mascullo el enano malhumorado.

De repente una algarabía empezó a escucharse al otro extremo de la caverna, el sonido de las voces llegaba por una de las galerías como si vinieran cientos de bestias rugiendo y corriendo al galope. Al cabo de poco empezaron a salir unos seres peludos, patizambos y con unas narices gordas y moradas, los brazos los tenían muy largos casi les llegaban al suelo, lo que les confería un aspecto algo cómico,  aunque de cómicos tenían poco ya que los primeros al pasar entre los prisioneros los pegaron empellones y patearon para apartarlos de su camino, los demás se empezaron a apartar rápidamente para evitar ser atropellados y maltratados por aquellas bestias.

  • ¡Trolls! Lo que nos faltaba. —Bramo Golin— Mas nos vale que estén de paso por que si no lo llevamos mal.
  • ¿Por qué? ¿Tan peligrosos son? —Le pregunte.
  • Son seres despreciables, ruines, con mucha maldad y lo peor es que como muera alguien, no se lo van a llevar para tirarlo por ahí, directamente se lo comerán.
  • Joder, pues vamos de mal en peor, tenemos que salir cuanto antes de aquí —soltó Nando con furia.
  • No podemos entretenernos o nos largamos pronto o no salimos vivos. — dije mirando hacía los trolls — mañana al cambio de la segunda guardia será el mejor momento para huir, tenéis que estar preparados a mi señal.
  • ¿Como lo haremos? —Me pregunto Nando.
  • Nos adentraremos en la galería que baja hacía el centro de la montaña, no creo que se den cuenta de nuestra fuga hasta pasado una o dos horas y nos buscaran por las galerías que suben a la superficie. — Les dije.
  • ¿Estas seguro?
  • No, pero al menos tenemos que intentarlo y Golin se orienta mejor que nosotros, hay que bajar, tiene que haber alguna salida y la vamos a encontrar.

Pasamos todo el día hechos un manojo de nervios, con un miedo atroz a cometer alguna torpeza que nos complicara más si cabe la huida, el tiempo paso lento, agonizante, hasta que llego el momento esperado, cuando el orco que nos custodiaba se dirigió hacía la galería principal para buscar el relevo, les hice un gesto a ambos y nos adentramos de uno en uno en la galería que llevaba a la caverna donde guisaban las mujeres y una vez allí nos desviamos por un pasadizo más pequeño que bajaba de manera sinuosa hacía el centro de la montaña. El enano se puso al frente abriendo el camino, Nando iba en medio y yo cerraba la fila apurándoles para que fueran más deprisa.

  • Más rápido, daos prisa tenemos que poner tierra de por medio antes de que se den cuenta y salgan en nuestra búsqueda, si nos cogen estamos muertos.
  • Voy todo lo rápido que me dan las mis cortas piernas —resoplo el enano.
  • Venga vamos Golin, sácanos de aquí y te pago una cena.
  • Te cojo la palabra —contesto — Un asado bien tostadito y una jarra de cerveza bien fría, que rico.
  • Calla, calla que nos vas a matar del gusto con solo pensarlo, cuenta con ello en cuanto estemos fuera.
  • Shssssss.

Nos hace callar el enano.

  • Alguien se acerca por delante.
  • Estamos listos entonces, aquí no tenemos donde escondernos. —Dije en un susurro.
  • Deprisa, unos metros más adelante hay un recodo, nos meteremos ahí y esperaremos a que pase.

Insistió el enano, que veía casi lo que nosotros no podíamos ver ni con antorchas. A la vez que preparaba el palo del pico que llevaba en la espalda colgado, imitamos su acción con los que habíamos cogido nosotros. Esperamos en completo silencio mientras oíamos sus pisadas acercándose a nosotros, cada vez estaba más cerca y al llegar a nuestra altura nos olio y se paró de golpe, el enano sin pensárselo dos veces salto con el palo en alto, golpeándolo en la cabeza con todas sus fuerzas, oí como crujía el cráneo y caía al suelo con un sonido sordo.

Nando y yo salimos detrás de él pero no hizo falta que le golpeáramos había caído fulminado por el golpe. Entonces es cuando vimos que era un orco que volvía a la caverna principal.

  • Ayudadme —nos dijo el enano—  Tenemos que arrastrarlo hasta ese recodo.
  • De que nos va a servir, ya habéis visto como nos ha olido. —dijo Nando.
  • Pero ha sido tarde para él —le espete— Al menos si lo escondemos conseguiremos retrasar que lo descubran y lo hagan lo más tarde posible.
  • Está bien hagámoslo. — Dijo mientras lo agarraba por un brazo.

Lo arrastramos hasta el recodo en el que nos habíamos escondido y lo dejamos.

  • Deprisa tenemos que largarnos rápido, los troll pueden oler la sangre a cientos de metros.
  • Mierda, no vamos a conseguir escapar.
  • Déjate de lamentaciones y vamos, ya no hay marcha atrás, si este venia por esta galería es porque hay salida por algún sitio, solo hay que encontrarla. — Les dije.
  • Si y evitar que nos encuentren que es lo más complicado. —Escupió Nando.
  • Pues correr, ya — dije.

Sin mediar ni una palabra más nos pusimos en marcha a un paso que era más un trote, seguimos bajando dando vueltas y más vueltas, sin dejar en ningún momento la galería principal. Escuchamos de repente un sonido que retumbaba por toda la montaña. ¡¡Turuuuuuuuu!! Han encontrado al orco, por tanto nuestro rastro también, echamos a correr intentando poner distancia entre nosotros y nuestros perseguidores, cansados como estábamos solo nos mantenía en pie la adrenalina que nuestro cuerpo desprendía, sabía que en cuanto nos relajáramos un poco  afloraría todo el agotamiento, solo paramos para beber un poco de agua que manaba de un manantial subterráneo, sabia a hierro, pero era mejor que nada. Llego un momento que tanto Nando como yo no podíamos seguir, necesitábamos descansar, el enano más acostumbrado a las largas caminatas tenía una resistencia increíble a pesar de haber estado tanto tiempo prisionero y nos alentaba a seguir adelante. Vamos aguantar un poco más ya tenemos que estar cerca, hay que seguir, no os paréis ahora, vamos – decía sin parar una y otra vez.

Al cabo de una eternidad vimos un poco de claridad, apretamos el paso creyendo que era la tan ansiada luz del día, recibimos un tremendo chasco al salir a una caverna iluminada por antorchas era muy grande y tan alta que no se veía el techo, solo se oía un gotear constante de agua que caía a lo que parecía un lago que desaparecía de nuestra vista, nos acercamos a la orilla y vimos un pequeño bote entre las rocas, sin pensarlo dos veces nos subimos y empezamos a remar; cogimos un remo el enano y otro yo, mientras Nando tomaba resuello. Al poco vimos luces de antorchas que se acercaban al agua desde el fondo de la caverna por donde habíamos llegado, iban acompañados de gritos guturales mezclados con insultos que podíamos entender, cuando empezamos a distinguirlos había alrededor de unas treinta o cuarenta antorchas y muchas sombras que se movían en la oscuridad, nos empezamos a poner nerviosos, muy nerviosos si aquella horda de orcos nos cogía nos despedazarían aquí mismo por lo que le dimos más rápido al remo, Nando se puso con el enano y le dio más impulso al bote, Golin chillo presa de los nervios y la emoción.

  • Veo luz, al fondo veo claridad estamos llegando a una salida, vamos remad deprisa, que casi llegamos al final.

Gastando las últimas fuerzas, resollando como caballos de carreras espoleados al galope, seguimos impulsado los remos, nos iba la vida en ello, yo que iba de espaldas a la luz veía como los orcos habían echado botes al agua y se acercaban a una velocidad increíble para unos seres tan torpes en apariencia.

Nando  de repente soltó el remo y cayo hacía el fondo del bote.

  • Nando vamos un último esfuerzo
  • No puedo más lo siento amigos, me es imposible los músculos no me responden — Dijo en un leve susurro, casi lo conseguimos.

Miré a Golin y su cara estaba blanca, como si se hubiera quedado sin sangre por el terrible esfuerzo al que había sometido a su cuerpo, ya remaba por la pura inercia del movimiento que había estado realizando, no por que fuera consciente de ello.

  • Vamos amigo un último esfuerzo que ya casi lo hemos conseguido —le alenté al pequeño gran hombre.

Pero de nada servia, nuestros cuerpos se negaban a obedecer a nuestro cerebro, los orcos se nos echaban encima a una velocidad que era impensable ya el poder escapar, tan cerca y tan lejos de nuestra libertad.

Nos cercaron y nos llevaron de nuevo a la orilla, al llegar nos desembarcaron a empujones y Nando se golpeo la cabeza contra una piedra, perdiendo el conocimiento.

  • Malditos cabrones lo vais a matar — les grite presa de la rabia.
  • No matarrrr nosotross, matarrrr vosotros por querer escaparrrr

Dijo uno de los orcos que no había visto nunca hasta ese momento, hizo un gesto con la cabeza a otro que estaba a su lado en dirección a Nando y se fue hacia él con un sable en mano y le corto la cabeza de un solo golpe, luego se quedo mirando a su jefe y este volvió a asentir.

  • ¡Lo has matado hijo de puta, has matado a mi amigo! —Grité desconsolado.

Mientras le chillaba, el del espadón se dirigió hacía nosotros, el enano los insultaba con palabras que yo nunca había oído en mi vida, a la misma vez que me quedaba blanco esperando lo inevitable, por lo que me lance de cabeza a por el ogro, no se si para quitarle el arma, para evitar que matara a mi amigo o para acabar cuanto antes. El orco levanto el espadón y lo descargó sobre mi cabeza y de repente una luz blanca me cegó antes de envolverme en una oscuridad absoluta.

Poco a poco fui recobrando la conciencia y una claridad me daba en la cara de refilón,  notaba calor, como si un rayo de sol entrara por algún resquicio y me estuviera dando en la cara, no me atrevía a abrir los ojos por miedo a encontrarme la muerte de cara, los empecé a abrir poco a poco y me di cuenta que estaba en la cabaña en la que me había metido para pasar la noche y que todo había sido un sueño que seguía vivo en mi, me levante para salir de aquel chozo y de aquella montaña lo más rápido que me permitieran las piernas.

                                           Fin.

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DE CAMINO AL INFIERNO. CAPITULO 4.


Leer el primer capitulo. 

Leer el segundo capitulo.

Leer el tercer capitulo.

Capitulo 4.

Establecí un periodo de tiempo aproximado, cuando traían prisioneros debía de ser de noche, luego calcule los cambios de los guardias que nos vigilaban lo hacían dos veces al día por lo que supuse que era una vez por la mañana y otra por la noche, siempre eran los mismos por lo que imagine que eran de menor rango y no pertenecían a las milicias que hacían las incursiones en busca de mano de obra para la mina.

Con el paso del tiempo a algunos de mis compañeros de presidio se les fue ablandando el recelo hacía mi persona y poco a poco pude ir sonsacando algo de información, al primero fue a un hombre bajito con mucha barba y una nariz aguileña, muy robusto para su estatura, era quizás el más fuerte y el más hablador de todos, una vez te cogía confianza ya que también era el más desconfiado de todos. Se llamaba Golin.

  • Golin, ¿Puedo hacerte una pregunta?
  • ¿Puedo evitarlo?
  • Ja ja. Si y no, puedes contestar o puedes callar si te molesta.
  • ¿Qué quieres saber?
  • ¿De donde eres? Y ¿De qué raza?
  • Esta claro que soy un enano, nacido en las montañas de hierro, nuestra raza vive debajo de las montañas.
  • ¿Entonces aquí estas como en casa, con la salvedad que estas preso?
  • Menuda comparación. Es verdad que estoy acostumbrado desde que nací a estar bajo los túneles de las montañas durante semanas enteras, pero también necesitamos salir a las cornisas de las laderas a contemplar el sol y cazar por los bosques como vosotros los humanos.
  • Si quizás en eso tengas razón, todos necesitamos el aire puro y fresco de vez en cuando.
  • ¿Y esos de ahí? —le indique a un grupo de seres con una tez pálida como la luna y con orejas puntiagudas.
  • ¿Esos? Son Elfos de los bosques prohibidos, no se como pudieron cogerlos, es muy difícil apresarlos son grandes guerreros.
  • ¿Elfos? Creí que eran un mito, que solo existían en las historias de los libros antiguos.
  • Todo lo que se dice en las historias han salido de alguna realidad, que por lo que quiera que sea ha decidido ocultarse a los humanos, por su bien y por el de todas las razas.
  • ¿Que quieres decir con eso?
  • Pues que los seres humanos son destructivos, ambiciosos y envidiosos entre otras cosas, las demás razas nos hemos ocultado durante generaciones por miedo a que los humanos nos aniquilen tan solo por la avaricia de riquezas, de poseer nuestras ciudades, somos razas antiguas estamos en la tierra desde que el mundo es mundo y los humanos solo llevan unos pocos miles de años y se creen con derecho a todo; arrasan los bosques, talando los árboles, cazando por el gusto de cazar; nosotros solo cazamos lo que necesitamos y siempre hemos cuidado mucho de no matar a hembras preñadas en época de cría, sea de la especie que sea, solo matamos a los machos, vosotros arrasáis con todo.
  • ¿Qué más razas hay aquí? —Le volví a preguntar por desviarle del tema.
  • Allí en los hornos están los Gnomos, son poca cosa en cuanto a tamaño y comprensión, pero de una gran inteligencia, viven en lo profundo de los bosques debajo de los árboles centenarios, tienen un gran conocimiento de las plantas y son grandes amigos de los animales. — siguió contándome el enano.

El guardián se dio cuenta de nuestra charla y nos amenazo con el látigo para que nos calláramos y siguiéramos trabajando, mi amigo se cerró en banda ante la amenaza y no tuve manera de sacarle una palabra más.

Cuando nos trajeron de comer me acerque a unos de los últimos prisioneros que habían puesto en nuestro grupo, era un humano que como yo había apresado en un camino no muy lejos de la montaña, al parecer se dirigía hacia las llanuras, cuando lo sorprendieron en plena noche.

  • Hola, te he visto llegar hace poco, ¿Qué día era cuando te han hecho prisionero? — Le pregunte — Aquí la noción del tiempo no existe, no hay ni día, ni noche.
  • Era martes 15 de julio, no sé que día es hoy. — Me dijo aquel hombre. —Me llamo Nando.
  • Yo soy Román y este es Golin. —Le conteste mientras trataba de digerir lo que me había dicho.
  • ¿Cuanto tiempo llevas aquí? —Me pregunto
  • Llevo ya más de dos meses.
  • ¿Cómo te cogieron? — Me volvió a preguntar.
  • Como a todos al parecer, era noche, casi en la cima de la montaña iba al pueblo que hay al otro lado, me esperaban allí.
  • Había — me dijo. — Ahora solo hay casas vacías, la gente ha abandonado el pueblo, había rumores de que algo pasaba en la montaña, se ve que el humo de los fuegos de aquí abajo sale por algunas chimeneas, la gente del pueblo tenía miedo de que hubiera un volcán despertándose, así que decidieron abandonarlo.
  • Tiene que haber alguna forma de salir de aquí. —Masculle entre dientes, más para mí que para que me oyera nadie.
  • ¿Tú crees? ¿Pero cómo?
  • No lo sé, pero tiene que haberla, no quiero acabar mis días prisionero en este infierno. Quiero volver a ver el sol y respirar aire puro.—Seguí diciendo en un susurro presa de la desesperación.
  • Si hay alguna forma cuenta conmigo. —Dijo Nando.
  • Y conmigo. — Escuche a decir a Golin.

Gracias amigos, estoy seguro que con vuestra ayuda lo conseguiremos, empezare a pensar la forma de salir de aquí.

Continuara…

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DE CAMINO AL INFIERNO. Capitulo 3.


Leer el primer capitulo. 

Leer el segundo capitulo.

Capitulo 3.

Al entrar en aquel lugar vi un espectáculo desolador, cientos de personas hombres, mujeres y niños desnutridos semi desnudos con la poca ropa hecha jirones, por todos lados, unos picando las paredes de piedra de aquella mina, otros acarreando esportones de los escombros o empujando vagonetas cargadas hasta los topes que eran llevadas por unos raíles hacía el interior de donde provenía aquel calor insoportable, había niños con cubos de agua de un lado a otro dando de beber a los esclavos para evitar su deshidratación, pero aún así y todo algunos caían desmallados presa del agotamiento. Los guardianes eran orcos, llevaban látigos de tres puntas que no dudaban en descargar contra aquellos que se paraban para mirarme con caras de tristeza y de compasión, me quede sorprendido al ver tantas razas distintas en aquel espacio tan reducido, razas que ni siquiera conocía hasta que no empecé a tratarlos en los días que sucedieron a partir de mi llegada a aquel infierno.

Cuando me dejaron con el carcelero lo primero que me dijo.

 

  • Mirrarr allí, verr, intentarr escaparr.

 

Me dijo señalándome a un ser irreconocible que había colgado de unas cuerdas a un travesaño con la carne abierta allí donde los latigazos la habían sajado dejando al descubierto los huesos. Dudo que aquello que fue en algún momento una persona lo volviera a ser.

Dándome un empujón hacía adelante me ordeno.

 

  • A trabajarr. Tu llévalo a picarr con los enanos, parrece que estarr fuerrte para sacarr orro y metales de la piedra, vamos rrapido. — Ordeno a un vigilante que estaba allí cerca.

 

Este asintió con tan solo un gesto de cabeza, sin mediar palabra hizo restallar el látigo contra el suelo, para que comenzase a caminar por un puente de cuerdas que había unos metros mas adelante y que llevaba al otro lado de la caverna. Al llegar a una gruta mas pequeña en la que un grupo de personas de estatura bastante más baja que yo, pero de una complexión mucho más fuerte, estaban picando la piedra con picos y mazas, me hizo parar y me señalo un mazo.

 

 

  • Cogerr esoo trabajarr yaa — dándome un latigazo en la espalda para enfatizar sus deseos.
  • Maldito cabrón te voy a….
  • ¡Quieto! —Me insto uno de los hombres que allí había— No hagas nada o nos molerán a palos a todos, por favor no lo hagas.

 

Me quedé parado ante aquellas palabras dichas con tanto temor en la voz, aquel hombre se volvió y siguió a lo suyo, al darme la espalda la tenia llenas de cicatrices, algunas a medio curar todavía. El orco guardián se dio la vuelta y se marcho por donde habíamos venido, no sin antes cruzar unas palabras con otro que había vigilando al grupo que no cruzaba ni medía palabra entre ellos.

 

  • Quienes sois —Pregunte — Yo me llamo Román
  • Trabaja y calla o nos pegaran por tu culpa — dijo el más cercano.
  • Aquí los nombres no importan, no se vive lo suficiente como para ello.
  • ¿Cuanto tiempo lleváis aquí prisioneros?
  • Eso que importa, aquí no importa el tiempo, si no el momento, desearas morir.
  • No entiendo que no luchéis por vivir.
  • ¡Vivir! —Grito enfurecido — ¿A esto lo llamas vivir? Esto es el infierno en vida, no lo ves.
  • Lo siento, pero me niego a dejarme morir. —Dije intentando que se calmara.
  • Todos acabaremos muertos, no hay forma de salir si no es de esa forma.
  • Entiendo que estéis desanimados, pero tengo que intentar algo, no me voy a dar por vencido tan fácilmente.
  • Haz lo que quieras, pero hagas lo que hagas será en vano, esos orcos no te dejaran escapar, como no ha dejado a nadie desde que llevo aquí.

 

Sin mediar más palabras se puso a picar de nuevo como si yo no estuviera allí, pasado un tiempo ¿Cuánto? No lo sé, allí abajo no había forma de medir el tiempo, nos dejaban descansar por grupos cuando ya estábamos tan agotados que no podíamos ni empujar las vagonetas, pero no íbamos a ningún lugar, nos apartábamos a un lado y dormíamos allí mismo, nos daban para comer pan húmedo y una pasta que era mejor no saber que llevaba, las preparaban unas mujeres en otra caverna contigua y las repartían los niños más pequeños, había peleas por coger un cuenco de aquel potaje inmundo.

Los guardianes disfrutaban del momento al ver como se hacían trizas algunos por aquella bazofia, pero al momento los látigos retallaban sobre las espaldas de los contendientes para separarlos, no querían que se mataran y perder mano de obra, aunque no dejaban de llegar prisioneros cada poco tiempo, no se de donde los sacaban, a veces traían grupos de  quince o veinte, como si asaltaran poblados enteros, por lo que aprecie eran gente humilde, marginados que nadie echaría en falta.

Continuara…

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