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El bar del Búho. (2ª parte)


¿Leíste la primera parte del “El bar del Búho”? ¡No! pues hazlo ahora, seguro que te dejara con los ojos muy abiertos.

https://antoncaes.wordpress.com/2017/04/19/bar-el-buho/

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Al cabo de una semana, llegaron al búho dos amigos de aquel que estuvo aquella noche. Venían atraídos por lo que les contó el amigo una noche de borrachera, quisieron ver si la Reme era como la había descrito el sordo, perdón, quise decir el camarero.

Uno de ellos era corto de vista, por lo que llevaba unos cristales culo botella de esas de pasta marrón que en su cara solo se veían gafas y así le llamaban “El gafas.” El otro era alto, escuálido que se parecía más a la lanza de D. Quijote que al mismo hidalgo.

Entraron los dos por la puerta del búho, mejor dicho entro el gafas, al largo lo tuvieron que plegar para que pasara bajo el quicio, si ya su amigo se dio un golpe en la cabeza imaginaos al largo pasando bajo una puerta de poco más de uno setenta.

El camarero al verlos entrar puso cara de circunstancias,

  • Buenas noche nos de dios. — les saludo.
  • Te las dará a ti. — le respondió el largo. A mi de momento lo que me ha dado a sido el lumbago.
  • Si vago parece que es un poco. — le respondió el camarero.
  • Hay que ver, pues si que esta sordo el tío. —le comento el gafas al amigo.
  • Pues ver, lo que se dice ver, no es que veas mucho tú. —le replico el camarero mientras le señalaba las gafas.

Un cliente que estaba sentado al fondo de la barra le comenta al camarero.

  • Estos dos no son de por aquí, se han equivocado de antro.
  • No, no creo que se hayan equivocado tanto al venir aquí. — le dijo el camarero.
  • ¿Que van a tomar los señores? — les pregunto con sorna,
  • Dos cervezas. — dijo el largo.
  • ¿Con o Sin? — le volvió a preguntar.
  • Si esta la Reme, Con ella, si no, Sin ella.

Jajaja. Se echo a reír el gafas, muy bueno si señor.

  • Para buena la Reme, dijo el parroquiano de la barra, vaya par de… Te quitan el sentido.
  • A mí con que me quite otra cosa me conformo y que no sea la cartera. — le dijo el gafas.

En eso que entra la Reme por la puerta, Una jamona de metro sesenta con una talla de sujetador de uno diez, por falda llevaba un cinturón ancho, al andar las nalgas iban por separado cuando una iba la otra volvía, al ver a aquella mujer al gafas se le empañaron los cristales y se le subieron unos calores para arriba que se le rizo hasta el pelo.

  • Buenas Reme. — le saludo el parroquiano.
  • Que tiene de buenas. — contesto esta un poco seca.
  • Tú todo — le dijo el largo.
  • ¿Quién es este? —preguntó la Reme al camarero. — O es que se te ha caído un puntal del techo.
  • Es un cliente nuevo.
  • ¿Nuevo? Este ya tiene unos añitos majo, vamos que la comunión ya no la hace.
  • Joer Reme siempre con tus salidas. —le contesto el camarero.
  • Para salida yo, estoy que parezco una estufa de leña. — le dijo esta mientras le guiñaba un ojo al gafas.
  • Leña te daba yo. — le respondió aquél.
  • Tú lo que me das es pena. — dijo ella riendo. —Te quito las gafas y no me ves ni pegando tu cara a mis tetas.
  • Pero te palpo si hace falta. — le contesto él riendo.
  • ¿Y tú no dices nada? — le dice al largo que los miraba como hubiera perdido el norte.
  • Que quieres que te diga Reme, que estas para comerte. Vamos que estas muy buena.
  • Como sabes que estoy buena si ni siquiera me has catado. —le dijo con mucha sorna la Reme. — Esto es mucho pan para tan poco tocino. — le respondió haciendo un gesto como si abarcara su cuerpo.
  • Eso es un cuerpo y no el de la guardia civil. — dijo el gafas.

El cliente que no se perdía detalle de la conversación les dice.

  • ¡Cuerpo! — con una sonrisa de oreja a oreja. — Es todo un destacamento, os coge y os deja seco a los dos, que parecéis la i y el punto.
  • Os coge y os deja seco, y punto. — le corrige el camarero mientras ríe.

La Reme le contesto a aquellos dos.

  • Mira quienes fueron a hablar, si no podéis con lo que tenéis en casa vais a dar lecciones. Me voy que esto es mucho arroz para tan pocos pollos.

El camarero le salto.

  • Ida estas tú hace mucho Reme.
  • Ida y salida. — le respondió la Reme mientras salía por la puerta.

Los cuatro se miraron y se echaron a reír. La Reme era mucha Reme.

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Habitación 308 Hotel 18X Barcelona.


Relato de terror para el taller de escritura de  FlemingLAB

http://flemingbit.wixsite.com/tallerliterario/masticadoresdeletras-2

la habitacion

Habitación 308 Hotel 18XX Barcelona.

Aquella tarde llegué a la estación de Sanz de Barcelona a las 17,00 horas, al salir de la terminal cogí un taxi que me llevó al puerto donde al día siguiente salía un barco para el que tenía el billete, facturé el equipaje que llevaba y como aún era temprano decidí dar una vuelta por la ciudad, el taxi me dejo en la parte baja de las ramblas y fui subiendo dando un paseo y admirando todo lo que había a mi alrededor.

Los edificios señoriales restaurados y adaptados a los nuevos tiempos, como el teatro del liceo, mi visita no podía dejar pasar el mercado de la Boqueria, unos de los primeros de Barcelona. Las ramblas se encontraban atestadas de gente paseando, comprando en los kioscos que hay a lo largo de toda la avenida o disfrutando de los músicos callejeros que tocan para sacarse unos céntimos, se empezaba a hacer tarde y decidí dejar el turismo y retirarme a descansar, me dirigí al hotel en el que tenía una reserva para pasar la noche y que se encontraba en la misma avenida.

El hotel se llama 18XX un hotel del siglo XIX construido en lo que fue la Compañía General de Tabacos de Filipinas, totalmente restaurado y modernizado, pero con una historia en sus muros para recordar. Entre en la hall y era como cruzar las puertas a otro mundo completamente distinto a lo que estamos acostumbrados, me dirigí a la recepción y el recepcionista con un trato muy amable me tomo los datos y me entrego la llave de la habitación.

— Su habitación es la 308 caballero, tercer piso. Luego me indico donde estaban los ascensores y el horario del comedor para los desayunos.

  • Muchas gracias. —conteste, recogí mi bolso que había dejado a mis pies y me dirigí al ascensor.

Subí en hasta la tercera planta y recorrí el pasillo hasta mi habitación, al abrir la puerta estaba todo en penumbras, solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado que se había activado al meter la tarjeta en su ranura.

Deje el bolso en un taburete a los pies de la cama y me tire encima la cama. El cansancio empezaba a dejarse notar en mis músculos, hoy había sido un día completo y necesitaba un poco de descanso.

En estos pensamientos estaba cuando me envolvió el sueño, y me deje llevar por esa sensación de paz que solo se consigue ese momento de duermevela que te va arrastrando a lo más hondo del subconsciente.

Algo me empezó a agitar en mi placido sueño, era como un ruido de cristales cuando crujen antes de hacerse añicos, aquellos sonidos hicieron que volviera mi sueño algo agitado, como con miedo a salir de tu zona de confort de forma precipitada.

Me incorpore en la cama mirando a todos lados en aquella negrura que me rodeaba y me engullía, era una oscuridad densa palpable casi se podía rasgar con los dedos, mire al frente y un brillo. Que me puso los pelos de punta, me quede fijo mirando, era el espejo que había encima del pequeño mueble de la habitación y que contenía la nevera con los snacks y las bebidas que ofrecen casi todos los hoteles.

Unos ojos me miraban desde dentro del espejo, un escalofrío recorrió mi cuerpo a pesar de haber apagado el aire acondicionado antes de acostarme, me levante de la cama y las piernas me temblaban de miedo, me acerque lentamente hasta el espejo, para ver que había algo más que unos ojos, cuanto más cerca, mejor se iba perfilando un rostro, debía de tratarse de un hombre por su estructura ósea, nariz aguileña y barbilla prominente, ¡Los ojos! Los ojos eran terroríficos, hundidos en sus cuencas y con un brillo que acongojaba al más valiente.

  • ¿Qui qui, quién eres? Le pregunte en un susurro y con la voz temblorosa.
  • Acaso eso importa. —oí responder dentro de mi cabeza.
  • ¿Que quieres de mi?
  • ¿No lo sabes aún? — me contesto.
  • ¿Qué debo saber? — dije, un dolor de cabeza estaba comenzando, como si me oprimieran el cerebro.
  • Porque estas aquí y para que has venido hasta mi.
  • No se a que te refieres, solo estoy de paso, solo he venido a pasar una noche y mañana me embarco para Grecia.
  • Jajaja.

Aquella risa hizo que algo se rompiera dentro de mi cabeza, como si hubieran tensado demasiado los cables de un circuito y de hubieran partido por el medio con cientos de filamentos de cobre rozándose entre sí y dieran chisporretazos, cada uno era una punzada de dolor que recibía mi mente.

Fui reculando hasta sentarme en la cama, no podía dar crédito a aquello, que tenía que ver yo en todo aquello, empecé a decirme que era una pesadilla, que estaba soñando, que pronto se haría de día y despertaría de aquel sueño.

Pero esa voz no dejaba de reírse dentro de mi cabeza.

  • ¿Tú crees que es un sueño? ¿De verdad lo crees señor Ferdinal? —me dijo con ironía en su voz.
  • ¿Ferdinal? Yo no soy ningún Fernidal, ni conozco a nadie con ese nombre.
  • Que mala es la memoria humana, que pronto olvida lo que quiere olvidar. ¿Ya no recuerdas donde nos encontramos? — Me grito clavando sus ojos en mi rostro. Encogí y el miedo empezó a convertirse en un pánico, los espasmos de mi cuerpo eran ya sacudidas incontrolables.
  • Tú acabaste con mi vida hace cien años, tal día como hoy decidiste robarme un contrato con la compañía de tabacos que por entonces tenía aquí su sede, embaucaste para que subiera a este almacén, una vez aquí me clavaste un puñal en el pecho y encerraste mi cuerpo en un cajón que debía salir para Filipinas al día siguiente, pero dejaste atrás mi espíritu, he vagado por este edificio cien años esperando que volvieras, sabía que volverías, los asesinos siempre vuelven al lugar donde perpetran su crimen, te sentí en cuanto cruzaste las puertas y la felicidad se reflejo en mi rostro ¿No lo notas? — me dijo mirándome con esa intensidad desacostumbrada.

Al acabar de hablar una mueca cubrió su rostro y me encogí agarrándome los tobillos y sintiendo como algo calido se me escapaba por las piernas e iba helándose a medida que bajaba por mis piernas para acabar haciendo un cerco en la cama.

Ya no podía contestar algo acabo por romperse dentro de mi cabeza y así me encontraron a la mañana siguiente cuando el recepcionista al llamar a las ocho de la mañana —tal y como le había pedido que hicieran la noche antes— Al no contestar se extraño y mando a un compañero que subiera a ver que pasaba.

El empleado me encontró mirando al espejo con los ojos perdidos temblando, la baba se me escurría por la comisura de los labios y balbuceaba cosas inteligibles.

Los servicios sanitarios llegaron y me trasladaron a este sanatorio en el que llevo ya cinco años mirando a un espejo que no hay, viendo una cara que se ríe día tras día, noche tras noche, esperando a que me reúna con ella, pero mientras eso sucede sigue atormentando mi mente.

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El Bar del Búho.


Relato  de humor escrito para el taller de escritura FlemingLAB

de Juan Re Crivello.

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El bar del Búho.

Aquella era una noche fría, las nubes ocultaban la luna y las sombras se alargaban como  los chicles Boomer. Una solitaria silueta avanzaba por la calle pegada a los edificios para mitigar el frío que arrecia su cuerpo.

De pronto estornudó.

  • Jesús que frío hace, necesito meter algo al cuerpo que me caliente un poco.

Iba pensando cuando de repente piso un gato. Mahouuuuuuu.

  • Eso es, una mahou fresquita me vendría bien, pero donde ir a estas horas, parece que esta todo cerrado.

En la lejanía se oyó el ulular de una lechuza “buuuuuh… buuuuuh”.

  • Tienes razón, el búho debe de estar abierto a estas horas, allí podré tomarme una mahou.

Llego a el búho y al entrar se dio un golpe en la cabeza en el quicio de la puerta.

  • Joder que daño.
  • 2017, cinco de abril para ser más exactos. — le respondió el camarero, que había entendido otra cosa— ¿Se ha perdido? — Le pregunto.
  • A usted que le importa si soy o no un perdido, ponme una mahou.
  • Perdón, no se enfade, siéntese y le sirvo enseguida.
  • Tú a mí para lo único que me sirves es para ponerme esa maldita cerveza, pero al paso que vas se va a calentar.
  • Para caliente… la Remedios ¡esa si que!

Dijo el camarero mientras hacia gestos con las manos sobre sus tetas.

  • Vaya tela, la que me ha tocado con este abrebotellas — le contesto el cliente.
  • ¡Oiga! Que yo no le he tocado nada, para tocar y otros menesteres esta la Reme, si quiere la llamo. —replico el camarero.
  • No, veras como al final me coloca a la tal Remedios el papanatas este.
  • Vaya pues si que es usted exigente, no quiere las aceitunas ahora quiere patatas.
  • ¿Usted esta un poco sordo, no?
  • Y a usted que le importa si estoy gordo o no.

Murmuro el otro, algo que confirmaba lo que el sospechaba ya.

  • ¿A qué ha venido a beber o a insultarme? — dijo un poco malhumorado el camarero.
  • A beber una cerveza pero visto lo visto, mejor ponme un whisky.
  • ¿Solo?
  • ¿Ve a alguien más aquí?
  • No hombre, me refería a si lo quería solo o on de rock
  • ¿Tu me ves que este para bailar?
  • Joder y luego soy yo el sordo. —replico el barman.— ¿Qué whisky le pongo?
  • Uno de Malta.
  • Lo siento pero solo lo tengo escocés o irlandés, pero no maltes.
  • Pues un irlandés calentito me iría bien.
  • Y lo querrá pelirrojo de metro ochenta y ojos azules ¡El señor!
  • El señor se conforma con un par de velas, a mi ponme ese whisky de una puta vez.
  • Ya le he dicho que la puta es la Reme, yo solo soy el camarero.

Aquello ya saco de sus casillas a aquel hombre

  • Joder con el con la puta de la Reme, no si al final veras como me la mete el tonto este.
  • Es mejor que se la meta usted a ella, a mi no me van los tríos.
  • ¡Pero que coño hablas ahora de tríos, ni leches!
  • Lo siento pero la cafetera esta apagada. —le dijo el camarero— si quiere el whisky bien y si no se puede largar que cierre, lleva aquí una hora y no se ha bebido ni un puto vaso de agua.
  • Vaya un camarero estúpido este, no me extraña que no haya ningún parroquiano en este antro.
  • Si lo que buscaba era la iglesia se ha confundido, esta dos calles más arriba y ahora coja la puerta y lárguese. —Soltó el sordo de malos modos.
  • Para que coño quiero yo la puerta, con que me dejara un abrigo para paliar el frío sería suficiente. —dijo el otro saliendo por la puerta.

El camarero fue tras el para cerrar, pero antes se asomó y le grito:

—Si tenía frío debía haberme dejado avisar a la Reme y le habría hecho entrar en calor.

¡Usted se lo ha perdido! ¡Idiota!

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DE CAMINO AL INFIERNO. Último capitulo.


Leer el primer capitulo. 

Leer el segundo capitulo.

Leer el tercer capitulo.

Leer el cuarto capitulo.

Último capitulo.

Conseguí establecer una rutina en las guardias y saber cuál era el más descuidado en su vigilancia, así se lo  hice entender a mis dos compañeros que estaban más nerviosos, hasta el punto de cometer una serie de errores que no pasaron desapercibidos para los orcos que nos custodiaban y eso les hizo recibir varias tandas de latigazos, en especial a Nando. Le dejaron la espalda hecha un cuadro, lo que hizo que se debilitara a unos extremos que temimos por su vida, apenas se podía mover a pesar de los cuidados a los que le sometimos, pasada una semana de mi inventada cronología comenzó a recuperarse un poco.

  • Tener más cuidado, nos van a separar, o lo que es peor nos van a matar a latigazos como no seamos más precavidos en lo que hacemos.
  • Lo siento- —Me contesto Nando.
  • Y tanto que lo sientes los golpes te los estas llevando todos. —Le dije de broma.
  • —Se río el enano.
  • De que te ríes, si tú también te has llevado unos cuantos.
  • Si no fueran tantos a este le iba a meter el látigo por el culo. —Mascullo el enano malhumorado.

De repente una algarabía empezó a escucharse al otro extremo de la caverna, el sonido de las voces llegaba por una de las galerías como si vinieran cientos de bestias rugiendo y corriendo al galope. Al cabo de poco empezaron a salir unos seres peludos, patizambos y con unas narices gordas y moradas, los brazos los tenían muy largos casi les llegaban al suelo, lo que les confería un aspecto algo cómico,  aunque de cómicos tenían poco ya que los primeros al pasar entre los prisioneros los pegaron empellones y patearon para apartarlos de su camino, los demás se empezaron a apartar rápidamente para evitar ser atropellados y maltratados por aquellas bestias.

  • ¡Trolls! Lo que nos faltaba. —Bramo Golin— Mas nos vale que estén de paso por que si no lo llevamos mal.
  • ¿Por qué? ¿Tan peligrosos son? —Le pregunte.
  • Son seres despreciables, ruines, con mucha maldad y lo peor es que como muera alguien, no se lo van a llevar para tirarlo por ahí, directamente se lo comerán.
  • Joder, pues vamos de mal en peor, tenemos que salir cuanto antes de aquí —soltó Nando con furia.
  • No podemos entretenernos o nos largamos pronto o no salimos vivos. — dije mirando hacía los trolls — mañana al cambio de la segunda guardia será el mejor momento para huir, tenéis que estar preparados a mi señal.
  • ¿Como lo haremos? —Me pregunto Nando.
  • Nos adentraremos en la galería que baja hacía el centro de la montaña, no creo que se den cuenta de nuestra fuga hasta pasado una o dos horas y nos buscaran por las galerías que suben a la superficie. — Les dije.
  • ¿Estas seguro?
  • No, pero al menos tenemos que intentarlo y Golin se orienta mejor que nosotros, hay que bajar, tiene que haber alguna salida y la vamos a encontrar.

Pasamos todo el día hechos un manojo de nervios, con un miedo atroz a cometer alguna torpeza que nos complicara más si cabe la huida, el tiempo paso lento, agonizante, hasta que llego el momento esperado, cuando el orco que nos custodiaba se dirigió hacía la galería principal para buscar el relevo, les hice un gesto a ambos y nos adentramos de uno en uno en la galería que llevaba a la caverna donde guisaban las mujeres y una vez allí nos desviamos por un pasadizo más pequeño que bajaba de manera sinuosa hacía el centro de la montaña. El enano se puso al frente abriendo el camino, Nando iba en medio y yo cerraba la fila apurándoles para que fueran más deprisa.

  • Más rápido, daos prisa tenemos que poner tierra de por medio antes de que se den cuenta y salgan en nuestra búsqueda, si nos cogen estamos muertos.
  • Voy todo lo rápido que me dan las mis cortas piernas —resoplo el enano.
  • Venga vamos Golin, sácanos de aquí y te pago una cena.
  • Te cojo la palabra —contesto — Un asado bien tostadito y una jarra de cerveza bien fría, que rico.
  • Calla, calla que nos vas a matar del gusto con solo pensarlo, cuenta con ello en cuanto estemos fuera.
  • Shssssss.

Nos hace callar el enano.

  • Alguien se acerca por delante.
  • Estamos listos entonces, aquí no tenemos donde escondernos. —Dije en un susurro.
  • Deprisa, unos metros más adelante hay un recodo, nos meteremos ahí y esperaremos a que pase.

Insistió el enano, que veía casi lo que nosotros no podíamos ver ni con antorchas. A la vez que preparaba el palo del pico que llevaba en la espalda colgado, imitamos su acción con los que habíamos cogido nosotros. Esperamos en completo silencio mientras oíamos sus pisadas acercándose a nosotros, cada vez estaba más cerca y al llegar a nuestra altura nos olio y se paró de golpe, el enano sin pensárselo dos veces salto con el palo en alto, golpeándolo en la cabeza con todas sus fuerzas, oí como crujía el cráneo y caía al suelo con un sonido sordo.

Nando y yo salimos detrás de él pero no hizo falta que le golpeáramos había caído fulminado por el golpe. Entonces es cuando vimos que era un orco que volvía a la caverna principal.

  • Ayudadme —nos dijo el enano—  Tenemos que arrastrarlo hasta ese recodo.
  • De que nos va a servir, ya habéis visto como nos ha olido. —dijo Nando.
  • Pero ha sido tarde para él —le espete— Al menos si lo escondemos conseguiremos retrasar que lo descubran y lo hagan lo más tarde posible.
  • Está bien hagámoslo. — Dijo mientras lo agarraba por un brazo.

Lo arrastramos hasta el recodo en el que nos habíamos escondido y lo dejamos.

  • Deprisa tenemos que largarnos rápido, los troll pueden oler la sangre a cientos de metros.
  • Mierda, no vamos a conseguir escapar.
  • Déjate de lamentaciones y vamos, ya no hay marcha atrás, si este venia por esta galería es porque hay salida por algún sitio, solo hay que encontrarla. — Les dije.
  • Si y evitar que nos encuentren que es lo más complicado. —Escupió Nando.
  • Pues correr, ya — dije.

Sin mediar ni una palabra más nos pusimos en marcha a un paso que era más un trote, seguimos bajando dando vueltas y más vueltas, sin dejar en ningún momento la galería principal. Escuchamos de repente un sonido que retumbaba por toda la montaña. ¡¡Turuuuuuuuu!! Han encontrado al orco, por tanto nuestro rastro también, echamos a correr intentando poner distancia entre nosotros y nuestros perseguidores, cansados como estábamos solo nos mantenía en pie la adrenalina que nuestro cuerpo desprendía, sabía que en cuanto nos relajáramos un poco  afloraría todo el agotamiento, solo paramos para beber un poco de agua que manaba de un manantial subterráneo, sabia a hierro, pero era mejor que nada. Llego un momento que tanto Nando como yo no podíamos seguir, necesitábamos descansar, el enano más acostumbrado a las largas caminatas tenía una resistencia increíble a pesar de haber estado tanto tiempo prisionero y nos alentaba a seguir adelante. Vamos aguantar un poco más ya tenemos que estar cerca, hay que seguir, no os paréis ahora, vamos – decía sin parar una y otra vez.

Al cabo de una eternidad vimos un poco de claridad, apretamos el paso creyendo que era la tan ansiada luz del día, recibimos un tremendo chasco al salir a una caverna iluminada por antorchas era muy grande y tan alta que no se veía el techo, solo se oía un gotear constante de agua que caía a lo que parecía un lago que desaparecía de nuestra vista, nos acercamos a la orilla y vimos un pequeño bote entre las rocas, sin pensarlo dos veces nos subimos y empezamos a remar; cogimos un remo el enano y otro yo, mientras Nando tomaba resuello. Al poco vimos luces de antorchas que se acercaban al agua desde el fondo de la caverna por donde habíamos llegado, iban acompañados de gritos guturales mezclados con insultos que podíamos entender, cuando empezamos a distinguirlos había alrededor de unas treinta o cuarenta antorchas y muchas sombras que se movían en la oscuridad, nos empezamos a poner nerviosos, muy nerviosos si aquella horda de orcos nos cogía nos despedazarían aquí mismo por lo que le dimos más rápido al remo, Nando se puso con el enano y le dio más impulso al bote, Golin chillo presa de los nervios y la emoción.

  • Veo luz, al fondo veo claridad estamos llegando a una salida, vamos remad deprisa, que casi llegamos al final.

Gastando las últimas fuerzas, resollando como caballos de carreras espoleados al galope, seguimos impulsado los remos, nos iba la vida en ello, yo que iba de espaldas a la luz veía como los orcos habían echado botes al agua y se acercaban a una velocidad increíble para unos seres tan torpes en apariencia.

Nando  de repente soltó el remo y cayo hacía el fondo del bote.

  • Nando vamos un último esfuerzo
  • No puedo más lo siento amigos, me es imposible los músculos no me responden — Dijo en un leve susurro, casi lo conseguimos.

Miré a Golin y su cara estaba blanca, como si se hubiera quedado sin sangre por el terrible esfuerzo al que había sometido a su cuerpo, ya remaba por la pura inercia del movimiento que había estado realizando, no por que fuera consciente de ello.

  • Vamos amigo un último esfuerzo que ya casi lo hemos conseguido —le alenté al pequeño gran hombre.

Pero de nada servia, nuestros cuerpos se negaban a obedecer a nuestro cerebro, los orcos se nos echaban encima a una velocidad que era impensable ya el poder escapar, tan cerca y tan lejos de nuestra libertad.

Nos cercaron y nos llevaron de nuevo a la orilla, al llegar nos desembarcaron a empujones y Nando se golpeo la cabeza contra una piedra, perdiendo el conocimiento.

  • Malditos cabrones lo vais a matar — les grite presa de la rabia.
  • No matarrrr nosotross, matarrrr vosotros por querer escaparrrr

Dijo uno de los orcos que no había visto nunca hasta ese momento, hizo un gesto con la cabeza a otro que estaba a su lado en dirección a Nando y se fue hacia él con un sable en mano y le corto la cabeza de un solo golpe, luego se quedo mirando a su jefe y este volvió a asentir.

  • ¡Lo has matado hijo de puta, has matado a mi amigo! —Grité desconsolado.

Mientras le chillaba, el del espadón se dirigió hacía nosotros, el enano los insultaba con palabras que yo nunca había oído en mi vida, a la misma vez que me quedaba blanco esperando lo inevitable, por lo que me lance de cabeza a por el ogro, no se si para quitarle el arma, para evitar que matara a mi amigo o para acabar cuanto antes. El orco levanto el espadón y lo descargó sobre mi cabeza y de repente una luz blanca me cegó antes de envolverme en una oscuridad absoluta.

Poco a poco fui recobrando la conciencia y una claridad me daba en la cara de refilón,  notaba calor, como si un rayo de sol entrara por algún resquicio y me estuviera dando en la cara, no me atrevía a abrir los ojos por miedo a encontrarme la muerte de cara, los empecé a abrir poco a poco y me di cuenta que estaba en la cabaña en la que me había metido para pasar la noche y que todo había sido un sueño que seguía vivo en mi, me levante para salir de aquel chozo y de aquella montaña lo más rápido que me permitieran las piernas.

                                           Fin.

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DE CAMINO AL INFIERNO. CAPITULO 4.


Leer el primer capitulo. 

Leer el segundo capitulo.

Leer el tercer capitulo.

Capitulo 4.

Establecí un periodo de tiempo aproximado, cuando traían prisioneros debía de ser de noche, luego calcule los cambios de los guardias que nos vigilaban lo hacían dos veces al día por lo que supuse que era una vez por la mañana y otra por la noche, siempre eran los mismos por lo que imagine que eran de menor rango y no pertenecían a las milicias que hacían las incursiones en busca de mano de obra para la mina.

Con el paso del tiempo a algunos de mis compañeros de presidio se les fue ablandando el recelo hacía mi persona y poco a poco pude ir sonsacando algo de información, al primero fue a un hombre bajito con mucha barba y una nariz aguileña, muy robusto para su estatura, era quizás el más fuerte y el más hablador de todos, una vez te cogía confianza ya que también era el más desconfiado de todos. Se llamaba Golin.

  • Golin, ¿Puedo hacerte una pregunta?
  • ¿Puedo evitarlo?
  • Ja ja. Si y no, puedes contestar o puedes callar si te molesta.
  • ¿Qué quieres saber?
  • ¿De donde eres? Y ¿De qué raza?
  • Esta claro que soy un enano, nacido en las montañas de hierro, nuestra raza vive debajo de las montañas.
  • ¿Entonces aquí estas como en casa, con la salvedad que estas preso?
  • Menuda comparación. Es verdad que estoy acostumbrado desde que nací a estar bajo los túneles de las montañas durante semanas enteras, pero también necesitamos salir a las cornisas de las laderas a contemplar el sol y cazar por los bosques como vosotros los humanos.
  • Si quizás en eso tengas razón, todos necesitamos el aire puro y fresco de vez en cuando.
  • ¿Y esos de ahí? —le indique a un grupo de seres con una tez pálida como la luna y con orejas puntiagudas.
  • ¿Esos? Son Elfos de los bosques prohibidos, no se como pudieron cogerlos, es muy difícil apresarlos son grandes guerreros.
  • ¿Elfos? Creí que eran un mito, que solo existían en las historias de los libros antiguos.
  • Todo lo que se dice en las historias han salido de alguna realidad, que por lo que quiera que sea ha decidido ocultarse a los humanos, por su bien y por el de todas las razas.
  • ¿Que quieres decir con eso?
  • Pues que los seres humanos son destructivos, ambiciosos y envidiosos entre otras cosas, las demás razas nos hemos ocultado durante generaciones por miedo a que los humanos nos aniquilen tan solo por la avaricia de riquezas, de poseer nuestras ciudades, somos razas antiguas estamos en la tierra desde que el mundo es mundo y los humanos solo llevan unos pocos miles de años y se creen con derecho a todo; arrasan los bosques, talando los árboles, cazando por el gusto de cazar; nosotros solo cazamos lo que necesitamos y siempre hemos cuidado mucho de no matar a hembras preñadas en época de cría, sea de la especie que sea, solo matamos a los machos, vosotros arrasáis con todo.
  • ¿Qué más razas hay aquí? —Le volví a preguntar por desviarle del tema.
  • Allí en los hornos están los Gnomos, son poca cosa en cuanto a tamaño y comprensión, pero de una gran inteligencia, viven en lo profundo de los bosques debajo de los árboles centenarios, tienen un gran conocimiento de las plantas y son grandes amigos de los animales. — siguió contándome el enano.

El guardián se dio cuenta de nuestra charla y nos amenazo con el látigo para que nos calláramos y siguiéramos trabajando, mi amigo se cerró en banda ante la amenaza y no tuve manera de sacarle una palabra más.

Cuando nos trajeron de comer me acerque a unos de los últimos prisioneros que habían puesto en nuestro grupo, era un humano que como yo había apresado en un camino no muy lejos de la montaña, al parecer se dirigía hacia las llanuras, cuando lo sorprendieron en plena noche.

  • Hola, te he visto llegar hace poco, ¿Qué día era cuando te han hecho prisionero? — Le pregunte — Aquí la noción del tiempo no existe, no hay ni día, ni noche.
  • Era martes 15 de julio, no sé que día es hoy. — Me dijo aquel hombre. —Me llamo Nando.
  • Yo soy Román y este es Golin. —Le conteste mientras trataba de digerir lo que me había dicho.
  • ¿Cuanto tiempo llevas aquí? —Me pregunto
  • Llevo ya más de dos meses.
  • ¿Cómo te cogieron? — Me volvió a preguntar.
  • Como a todos al parecer, era noche, casi en la cima de la montaña iba al pueblo que hay al otro lado, me esperaban allí.
  • Había — me dijo. — Ahora solo hay casas vacías, la gente ha abandonado el pueblo, había rumores de que algo pasaba en la montaña, se ve que el humo de los fuegos de aquí abajo sale por algunas chimeneas, la gente del pueblo tenía miedo de que hubiera un volcán despertándose, así que decidieron abandonarlo.
  • Tiene que haber alguna forma de salir de aquí. —Masculle entre dientes, más para mí que para que me oyera nadie.
  • ¿Tú crees? ¿Pero cómo?
  • No lo sé, pero tiene que haberla, no quiero acabar mis días prisionero en este infierno. Quiero volver a ver el sol y respirar aire puro.—Seguí diciendo en un susurro presa de la desesperación.
  • Si hay alguna forma cuenta conmigo. —Dijo Nando.
  • Y conmigo. — Escuche a decir a Golin.

Gracias amigos, estoy seguro que con vuestra ayuda lo conseguiremos, empezare a pensar la forma de salir de aquí.

Continuara…

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DE CAMINO AL INFIERNO. Capitulo 3.


Leer el primer capitulo. 

Leer el segundo capitulo.

Capitulo 3.

Al entrar en aquel lugar vi un espectáculo desolador, cientos de personas hombres, mujeres y niños desnutridos semi desnudos con la poca ropa hecha jirones, por todos lados, unos picando las paredes de piedra de aquella mina, otros acarreando esportones de los escombros o empujando vagonetas cargadas hasta los topes que eran llevadas por unos raíles hacía el interior de donde provenía aquel calor insoportable, había niños con cubos de agua de un lado a otro dando de beber a los esclavos para evitar su deshidratación, pero aún así y todo algunos caían desmallados presa del agotamiento. Los guardianes eran orcos, llevaban látigos de tres puntas que no dudaban en descargar contra aquellos que se paraban para mirarme con caras de tristeza y de compasión, me quede sorprendido al ver tantas razas distintas en aquel espacio tan reducido, razas que ni siquiera conocía hasta que no empecé a tratarlos en los días que sucedieron a partir de mi llegada a aquel infierno.

Cuando me dejaron con el carcelero lo primero que me dijo.

 

  • Mirrarr allí, verr, intentarr escaparr.

 

Me dijo señalándome a un ser irreconocible que había colgado de unas cuerdas a un travesaño con la carne abierta allí donde los latigazos la habían sajado dejando al descubierto los huesos. Dudo que aquello que fue en algún momento una persona lo volviera a ser.

Dándome un empujón hacía adelante me ordeno.

 

  • A trabajarr. Tu llévalo a picarr con los enanos, parrece que estarr fuerrte para sacarr orro y metales de la piedra, vamos rrapido. — Ordeno a un vigilante que estaba allí cerca.

 

Este asintió con tan solo un gesto de cabeza, sin mediar palabra hizo restallar el látigo contra el suelo, para que comenzase a caminar por un puente de cuerdas que había unos metros mas adelante y que llevaba al otro lado de la caverna. Al llegar a una gruta mas pequeña en la que un grupo de personas de estatura bastante más baja que yo, pero de una complexión mucho más fuerte, estaban picando la piedra con picos y mazas, me hizo parar y me señalo un mazo.

 

 

  • Cogerr esoo trabajarr yaa — dándome un latigazo en la espalda para enfatizar sus deseos.
  • Maldito cabrón te voy a….
  • ¡Quieto! —Me insto uno de los hombres que allí había— No hagas nada o nos molerán a palos a todos, por favor no lo hagas.

 

Me quedé parado ante aquellas palabras dichas con tanto temor en la voz, aquel hombre se volvió y siguió a lo suyo, al darme la espalda la tenia llenas de cicatrices, algunas a medio curar todavía. El orco guardián se dio la vuelta y se marcho por donde habíamos venido, no sin antes cruzar unas palabras con otro que había vigilando al grupo que no cruzaba ni medía palabra entre ellos.

 

  • Quienes sois —Pregunte — Yo me llamo Román
  • Trabaja y calla o nos pegaran por tu culpa — dijo el más cercano.
  • Aquí los nombres no importan, no se vive lo suficiente como para ello.
  • ¿Cuanto tiempo lleváis aquí prisioneros?
  • Eso que importa, aquí no importa el tiempo, si no el momento, desearas morir.
  • No entiendo que no luchéis por vivir.
  • ¡Vivir! —Grito enfurecido — ¿A esto lo llamas vivir? Esto es el infierno en vida, no lo ves.
  • Lo siento, pero me niego a dejarme morir. —Dije intentando que se calmara.
  • Todos acabaremos muertos, no hay forma de salir si no es de esa forma.
  • Entiendo que estéis desanimados, pero tengo que intentar algo, no me voy a dar por vencido tan fácilmente.
  • Haz lo que quieras, pero hagas lo que hagas será en vano, esos orcos no te dejaran escapar, como no ha dejado a nadie desde que llevo aquí.

 

Sin mediar más palabras se puso a picar de nuevo como si yo no estuviera allí, pasado un tiempo ¿Cuánto? No lo sé, allí abajo no había forma de medir el tiempo, nos dejaban descansar por grupos cuando ya estábamos tan agotados que no podíamos ni empujar las vagonetas, pero no íbamos a ningún lugar, nos apartábamos a un lado y dormíamos allí mismo, nos daban para comer pan húmedo y una pasta que era mejor no saber que llevaba, las preparaban unas mujeres en otra caverna contigua y las repartían los niños más pequeños, había peleas por coger un cuenco de aquel potaje inmundo.

Los guardianes disfrutaban del momento al ver como se hacían trizas algunos por aquella bazofia, pero al momento los látigos retallaban sobre las espaldas de los contendientes para separarlos, no querían que se mataran y perder mano de obra, aunque no dejaban de llegar prisioneros cada poco tiempo, no se de donde los sacaban, a veces traían grupos de  quince o veinte, como si asaltaran poblados enteros, por lo que aprecie eran gente humilde, marginados que nadie echaría en falta.

Continuara…

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DE CAMINO AL INFIERNO. Continuación.


Si no has leído el primer capitulo sigue el enlace.

Leer el primer capitulo. 

Capitulo 2.

Encendí la hoguera y me senté a comer un poco de queso curado, pan y unas nueces secas que llevaba para el viaje, bebí un poco de agua, la cantimplora estaba menos de media y no había visto ni un triste manantial en todo el ascenso, aún quedaba algo de luz y me asome para echar un vistazo por el claro, moví algunas rocas intui que podía haber alacranes, y evitar que se metieran en el chozo al calor de la lumbre, no quería llevarme una sorpresa cuando estuviera dormido, una vez hecha la inspección del terreno por fuera y por dentro y al no encontrar ningún bicho me acosté agotado, debí quedarme dormido en seguida.

De pronto algo invadió mi sueño e hizo que me agitara y acabara por despertar sobresaltado, eran unos ruidos de piedras, como si alguien las apartara de una patada, me quedé quieto, un sudor frío empezó a recorrer mi espalda no sabía que hacer. Las pisadas se pararon en la puerta del chozo eran varios pares de pies a juzgar por el ruido, empujaron la puerta hacía dentro y se fue abriendo con un chirrido que parecía atronador en el silencio.

Una silueta ocupo el espacio de la puerta, había algo en ella que no se podía apreciar en aquella semipenumbra, solo oía unos gruñidos guturales, eran dos los que había en el quicio de la puerta, un tercero estaba detrás. Al entrar en el chozo y darles la luz de la hoguera vi algo raro del más adelantado , tenia en la comisura de la boca dos colmillos como los jabalís o más bien era como la cabeza de un jabalí con una argolla en la nariz y unos cuernos retorcidos que le salían de la comisura de la boca, el segundo era distinto con una cara deforme una cicatriz que le atravesaba de lado a lado de la cara, al último no lo pude ver, entre el miedo y que los otros tapaban la luz con sus cuerpos, llevaban una especie de petos de piel curtida de algún animal y unos cuchillos grandes colgados de la cintura, el segundo además lo que parecía un garrote.

Yo seguía acurrucado tras el catre en la oscuridad del aquel cuchitril sin apenas respirar, el corazón me latía con tanta fuerza que pensé que lo escucharían de un momento a otro con tan solo guardar un segundo de silencio; El cabeza de jabalí levanto la nariz olisqueando el aíre, me estaba oliendo lo sé, pero no tenía donde huir.

De repente la cama salió por los aires contra la pared del otro lado haciéndose astillas, las tablas del chozo crujieron, sentí como me agarraba aquel ser del brazo y gruñía como un loco  por haberme descubierto, se giro y le dijo algo a su compañero mientras me arrastraba hacía el exterior, la noche era cerrada no se veía a mas de dos metros por delante, una vez fuera me ataron las manos con una soga larga y comenzaron a andar hacía la cima de la montaña, al dar la vuelta al primer recodo entramos por un agujero que había en la pared de roca, que no había visto esa tarde cuando inspeccione el terreno, allí no estaba unas horas atrás, era imposible no ver un hueco así por el que pasaban dos hombres a la vez sin tocar el techo de la gruta, ¿como se me pudo pasar inadvertido?

Una vez dentro de aquella cueva, el de la cicatriz se retraso y vi como empujaba una gran roca tapando la puerta, por eso no se podía ver la boca de la gruta desde el exterior, porque estaba cerrada por la roca, al tapar la entrada nos sumergimos en la más absoluta oscuridad,  comenzamos a avanzar hacia el interior, de vez en cuando mi captor tiraba de mi para que andará más deprisa pero me era imposible seguir su ritmo y menos a oscuras a pesar de que al rato se me adapto la vista a aquella oscuridad y podía discernir la mancha negra que eran la silueta de estos seres.

Cuando parecía que había pasado una eternidad desde que comenzamos a caminar por aquel agujero y según mis sentidos me pareció que bajábamos por el interior de la montaña, por lo que supuse que eran galerías que iban serpenteando y cruzándose con otras cuando sentía golpes de aire. Pasados unos minutos comencé a ver un resplandor por delante cada vez más intenso hasta que al girar en un recodo salimos a una caverna muy grande excavada dentro de la montaña, en la que había otros ocho o diez de estos seres. Me arrastraron al centro delante del aparentaba ser el jefe del grupo.

  • ¿Quién erres tú? ¿Qué hacer tú en mi montaña?

Me pregunto aquel horrible ser a que le faltaba un ojo, se le veía la cuenca seca y vacía como si se lo hubieran sacado con una cuchara, la mano izquierda la tenía doblada hacía atrás, rota por el cubito y el radio hace mucho se le habían soldado los huesos mal, era más grande que cualquiera de sus compañeros.

  • Yo iba hacía la aldea que hay al otro lado de la montaña, solo estaba pasando la noche en el chozo.

Le conteste con voz temblorosa por el miedo, su sola presencia daba terror, su voz sonaba en el interior de la caverna como si fuera un trueno en plena tormenta.

  • Mentirra nadie sube hasta aquí para ir al poblados de los hombrress, nnunca venirr por aquí, irse por rrío.
  • Le prometo que digo la verdad, iba hacía la aldea creí que este era el recorrido más corto. —Le conteste con voz temblorosa.
  • Parra ti si serr el camino mass corrto porque ya hass llegado a tú final.
  • ¿Qué me va a pasar?¿Qué vas a hacer conmigo?
  • Prronto — Me dijo con tono jocoso. — Bajarrlo a minas con  demáss esclavos.
  • Como orrdenes. —Le contesto sin más preámbulos cabeza de jabalí.
  • No puedes hacer eso, soy un hombre libre, no un esclavo, quien te crees que eres para tratarme así. —Grite furioso y aturdido por los acontecimientos.
  • Serr rrey Orco. Rrey bajo montaña. —Gritó poniéndose en pie aquel ser.

Al gritar de esa forma que más parecía un rugido que palabras en si, me entro pánico, podía desmembrarme tan solo con sus manos, medía más de dos metros de altura y casi otro tanto de ancho, era una mole de carne y huesos, ahora entiendo  porque ninguno de sus congéneres le discutía las ordenes, le tenían miedo o pavor por cómo le miraban, a mi carcelero se le erizo el pelo de la nuca. Sin decir una sola palabras más me arrastraron literalmente hacía el interior de la caverna.

Bajamos y bajamos durante lo que me pareció una eternidad dando vueltas y más vueltas por aquellos senderos bajo la montaña. Cuando ya había perdido toda noción comencé a oír el sonido constante de un golpe: toc, toc, toc Cada vez más fuerte, parecía que nos acercábamos donde quiera que me llevarán, las ligaduras me habían sollado las muñecas y las tenía en carne viva, la sed era incesante y por más que pedía agua hacían oídos sordos, tan solo recibí golpes cuando presa de la sed y la desesperación los insulte a gritos a aquellos hijos del demonio. Solo quería un poco de agua no puedo decir que viera nublado porque no veía nada más que oscuridad, una negrura  constante nos envolvía y el calor, el calor a cada minuto que pasaba era más sofocante, estábamos bajando al mismísimo infierno.

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Continuara…

De camino al infierno.


Actividad de escritura a partir de los sueños para el.

Taller de Escritura FlemingLAB “Sueños”

Capitulo 1.

Atravesaba el sendero entre aquellos riscos que debían de llevarme a la aldea, junto al río, en aquel insólito paraje, hasta ahora no había visto nada más que arena y rocas desde que deje atrás la ciudad en aquel camión, en el que conseguí subirme, previo pago a su conductor por llevarme lo mas cerca posible de la montaña del desespero — vaya nombre para una montaña. Pero cuando baje de las traseras del camión y vi la montaña de cerca por primera vez, empecé a comprender el porque de aquel nombre, solo se veía desde la distancia un camino, que a juzgar por lo que apreciaba era estrecho y serpenteaba ladera arriba.

Montaña relato.jpg

El camionero al bajarme y mirar hacía adelante me pregunto.

  • ¿Esta usted seguro que quiere continuar? Miré que yo vuelvo esta tarde a la ciudad, puede venir conmigo al pueblo en el que tengo que dejar la mercancía que llevo y regreso de nuevo a la ciudad.
  • Gracias por el ofrecimiento pero he de hacerlo, me esperan al otro lado de esa montaña. —Le conteste con mas ganas de aceptar su ofrecimiento. —
  • Como usted quiera, le deseo mucha suerte.
  • Gracias, la voy a necesitar. — dije mientras me echaba la mochila al hombro y comenzaba a caminar, deseando que no me dijera de nuevo que me fuera con él, porque seguramente aceptaría.

De ello habían pasado ya cinco horas de aquel día de primavera, era el 5 de mayo del año de la caída. Seguía por aquella ruta de pastores que subía y subía por la montaña dando vueltas y revueltas entre las peñas a veces era tan estrecho el sendero que daba vértigo mirar hacía abajo, en una de ellas dejé caer un piedra y en su caída comenzó a arrastrar rocas sueltas y arena, aquello parecía un alud en toda regla, no lo volví hacer por miedo a verme arrastrado en aquella avalancha que yo mismo provocara, empezaba a atardecer y no había llegado a la cima por lo que me daba repelús tener que pasar la noche en aquel inhóspito lugar, solo sin una tienda de campaña, con tan solo un saco de dormir y una manta.

Continúe el ascenso lo más rápido que mis cansadas piernas me permitían para llegar arriba y buscar un lugar donde dormir; al dar la vuelta a una curva vi que hacía un pequeño llano en el que alguien —pastores seguramente.—habían construido un refugio de piedras, un chozo en el que cabían dos personas muy a gusto, aquello supuso un alivio para mi mente y sobre todo para mis piernas, podría descansar a cubierto y encender un pequeño fuego ya que en un lateral, dentro del habitáculo había leña suficiente y un pequeño agujero con un tiro que ascendía hacía el techo de ramas. Tan cansado estaba que no me pare a pensar de donde podrían haber traído todo aquello, en las laderas no crecía ni una mísera brizna de hierba.

Continuara…

Este espacio participa en XI edición de los premios 20blog.

Hoy acaba el plazo de inscripción a partir del día 17 comienzan las votaciones para la clasificación final. Gracias por tu voto.

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Nada más que amigos


Relato erótico escrito para el taller de escritura de FlemingLAB de Juan Re Crivello.

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Nada más que amigos.

—————————————
Se conocían desde hacía unos años y su amistad los había llevado a salir en pareja en algunas ocasiones, ambos casados y con hijos ella madre de dos niñas y el de dos niños más o menos de la misma edad, lo que hacía que la relación fuera más intensa entre ambos matrimonios.

Claudia era secretaria en una empresa y Luis se dedicaba a la artesanía de la madera, tallaba figuras, cuadros, etc.

Cuando los matrimonios se juntaban algún domingo para pasar el día en familia, se respiraba un ambiente de confianza y de felicidad, como si el mundo se parara allí y solo estuvieran los ocho, a pesar de las riñas de los niños con sus juegos, o los piques entre niños y niñas, aún así esos días eran casi perfectos.

Solo ensombrecía cuando Claudia miraba a su marido, una arruga surcaba su frente y entristecía ligeramente su mirada. Luis se había dado cuenta de este detalle y lo comento con su mujer, ella lo que si hizo fue intentar hablar con Claudia y esta se cerro en banda, por lo que no volvió a sacar el tema hasta ese día que su marido se lo dijo.

—Deberías intentar hablar tú con ella, quizás a ti te dice algo.

— No se, son cosas muy personales y si ella no dice nada no deberíamos meternos en medio de un matrimonio, le contesto él

—Pero igual necesita ayuda y es nuestra amiga. Ahí se quedo la cosa y no volvieron a hablar del tema.

Una mañana fría de enero Luis se dirigía a hacer unas compras para su taller, pocas veces iba al centro y aquella mañana decidió no posponerlo más. Dejo el coche en un parking cercano al centro y fue a una tienda especializada en herramientas, hizo las compras que necesito y se dispuso a tomar un café en un bar cercano; Al entrar vio a Claudia sentada en una mesa, acercó y la saludo. — Hola Claudia, qué casualidad encontrarte aquí.

— Hola, vengo todos los días, trabajo aquí al lado y bajo a desayunar a diario ¿Y tú, que haces por estos barrios?

— Tenía que realizar unas compras en el centro y me apetecía un café.

— Siéntate y te lo tomas conmigo.

—Claro, ¡bueno! ¿Cuéntame que tal estas?

— Bien, ya sabes como siempre, mucho trabajo, la casa, los niños, lo normal. — ¿Me permites que te haga una pregunta algo personal?

— Tú dirás

— Si te molesta no la contestes, si no quieres y espero que no te enfades por ello.

— ¿Enfadarme? Tenemos confianza ¿No?

— Si claro, de no ser así no me atrevería a planteártelo, veras te he estado observando y me he dado cuenta de que  pasa algo entre tu marido y tú, veo como rehúsas su mirada y te sientes cohibida, como si no pudieras mirarle a la cara.

— No es fácil, — respondió Claudia — pero algo de razón tienes, mi marido es un buen hombre, trabajador como el solo y quiere a nuestras hijas.

— ¿Y a ti ? — Pregunto Luis.

— A mí también, a su manera pero me quiere, tu sabes que su trabajo de comercial le hace estar toda la semana fuera de casa y cuando viene el viernes le gusta irse al bar con sus amigos, suele llegar algo bebido y bueno no es él

— ¿Te pega?

— ¡No! No que va, no creo que se atreviera, lo que ocurre es que discutimos y siempre me dice lo mismo, que se tira toda la semana fuera de casa para que no nos falte nada y que cuando no trabaja le gusta pasar un rato con los amigos, Y yo siempre me pregunto: ¿Pero y nosotros?¿Y yo?

La agarro la mano por encima de la  mesa  mientras una lágrima se le escapaba, él se acerco a ella y la abrazo para que se desahogara, sin importarles quienes pudieran verles o que pensarían.

— ¿Estas bien?

— Necesito tomar el aire —dijo Claudia.

— ¿Quieres que te lleve a algún sitio más tranquilo?

— Si por favor, llamo a mi jefe para decirle que no me encuentro bien y me acercas a casa si no te importa.

Llegaron a casa Claudia, le invito a pasar y tomar algo,

—Disculpa el desorden por las mañanas entre las niñas que lo dejan todo tirado y las prisas por llevarlas al cole y prepararme para el trabajo, no me da tiempo de nada.

—Tranquila es algo lógico.

De repente ella rompió a llorar, el se acerco y la rodeo con sus brazos y la atrajo suavemente hacía el y que apoyara la cabeza en su pecho, levanto un poco la cabeza, le miro a los ojos y le dijo. “Gracias” Él la miro y la beso en los labios, ella se dejo hacer y le acaricio el pelo, la cogió en brazos y la llevo hasta el sofá, la tumbo y la siguió besando con deseo, comenzó a acariciarla los pechos con suavidad por encima de la ropa, la escucho gemir, supo que lo deseaba igual y le desabrocho la blusa a la vez que la besaba el cuello, fue bajando hasta sus senos, eran pequeños, duros, deliciosos, jugó con el pezón dándole pequeños pellizcos haciendo que se erizaran y se oscurecieran, ella loca de deseo le quito la camisa y le desabrocho el pantalón, el se lo sacudió dejándolo en el suelo tirado mientras se agachaba al lado de ella acariciándola y quitándole el pequeño triangulo de tela que tapaba su sexo, le paso la lengua por todo contorno mientras ella se estremecía de placer, le agarro del pelo y tiro de el hacía arriba hasta que lo tuvo a la altura de su boca y lo beso a la vez que el la penetraba poco a poco haciéndola sentir disfrutar como hacía mucho que no recordaba, se movían al unísono, los gemidos se entremezclaban a la vez que él incrementaba el ritmo hasta llegar al clímax, se recostó sobre ella y la beso.

Ella le dijo que la había hecho feliz, que hacía mucho que lo deseaba pero que no podían repetirlo por que su mujer y ella eran amigas y no quería perder su amistad. Él le sonrió y le dijo —Tranquilo no se repetirá, solo ha sido algo que los dos deseábamos y que necesitábamos. — Se vistieron y el salio de la casa.

El fin de semana siguiente se juntaron como tantos otros, salvo que esta vez el marido de ella no fue, no lo volvieron a ver.

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Me enamoró tu reflejo.


Micro relato publicado en el taller de escritura de Fleminglab

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Entró en aquella tienda sin saber por que, es como si una voz en su cabeza le empujara a hacerlo, decidida se dirigió al fondo del establecimiento como si fuera a comprar alguna prenda, escogió dos o tres y se dispuso a entrar en el probador cuando salió la vio allí delante parada, fue un flash, un escalofrió recorrió su cuerpo, ¿Cómo no la habré visto antes? ¡Si estaba ahí delante de ese espejo¡

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