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La Leyenda de la Sirena Serona.


Hace ya muchos años corría el rumor que en un lugar de Extremadura vivía una sirena. Un ser mitológico, que a día de hoy no se sabe a ciencia cierta si sigue o no en estas tierras.

Os traigo un nuevo relato, en el que podréis saber más de esta leyenda. ¿Será real? ¿O solo será una historia más, contada por los ancianos de la zona?

Podrás descubrirlo a partir hoy en preventa en amazón. Saldrá a la venta el próximo día 9 de septiembre.

En ebook o en papel. Para aquellos que añoran tener las manos ocupadas con el formato orgánico.

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Al que nace gafe….


Aquella mañana se levantó con el pie derecho para variar. Al salir a la calle, nada más cruzar el portal de su casa, se encontró un billete de diez euros. Parecía que la suerte le acompañaba. Entró en un bar y le atendieron al momento, el café era delicioso y el croissant tierno. Fue a pagar y un antiguo amigo, que hacia mucho que no veía, le invito al desayuno.

Salió de allí muy contento. Al momento le sonó el móvil, contestó. Eran de la oficina de empleo, le citaban para una entrevista de trabajo, algo que llevaba mucho tiempo esperando.

Mientras escuchaba al locutor del otro lado del aparato, bajó de la acera sin mirar, en esto que llegaba el autobús de línea y no le dio tiempo al conductor a frenar y se lo llevo por delante.

Sus últimas palabras fueron.

  • Al que nace gafe se le acaba pronto la suerte.

Murió allí mismo.

Vi_eta 'Mala suerte'

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Desalmado, vende su alma.


Cuando nació traía una marca debajo de su pelo en la nuca. Fue creciendo y aquello le marco, el pelo no crecía alrededor de aquella marca y aún dejándose el pelo largo se le veía.

Creció en las calles, robo, vendió su cuerpo y mato, todo por sobrevivir. Decían de él que era un desalmado, que no tenía conciencia. Siendo ya un hombre adulto, la desesperación le llevó a hacer negocios sucios de toda índole, trafico de drogas, de mujeres, como sicario.

Le apodaban el desalmado, tanto se lo llamaron, que creyó que era verdad. Así que quiso hacer su jugada maestra. Convoco a Lucifer para venderle el alma que no tenía. Si engañaba al demonio sería el mejor ventajista de la historia.

Lucifer se presento a su llamada,

  • ¿Para qué me has llamado?
  • Quiero hacer un trato contigo a cambio de mi alma.
  • ¿Y que es lo qué quieres a cambio de tú alma?
  • Quiero la inmortalidad, concédemelo y seré tu siervo para siempre.
  • Ya eres mi siervo, desde el día que naciste. Llevas la marca y tú vida mortal a estado siempre al servicio del mal ¿Porqué habría de darte algo, a cambio, de algo que ya tengo?
  • Porque valoras más las almas, que a las personas.
  • Esta bien, voy a mirar dentro de ti y te voy a enseñar lo que te espera a partir del momento que me entregues tu alma.

Satanás le puso la mano en el pecho, le mostró el negro de aquel alma que se suponía que no tenia, el sufrimiento que le esperaba, a partir del momento que el demonio se hiciera con ella.

  • ¡No! Nooo. Aléjate de mí. No puede ser. No puedo ser así. ¡Vete!
  • Da igual que reniegues ahora de mi, al final de tus días vendrás a mi. Estas condenado al infierno.

Tanto fue el sufrimiento que le atormento el saber que sí tenía alma y que estaba condenada, que a partir de aquel momento solo se dedico a hacer el bien. Quería expiar su culpa a toda costa,

Por evitar el infierno.

Sería capaz de vender su alma al diablo.

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Marginación.


Este es el relato de mi participación en el concurso de Paula de Grei  sobre el libro de Lidia Castro Navas

Mató sin preocupación durante mucho tiempo, sus victimas eran mujeres jóvenes que no pasaban los treinta con mucha vida por delante él se la segó de un tajo, y allí se acabaron sus historias.

Una cuneta, una carretera comarcal de un pueblo cualquiera, absorbió la sangre que de sus cuerpos calientes salían a borbotones mientras veían los ojos encendidos en fuego de aquél que cuchillo en mano las había cortado el cuello para evitar sus gritos. Ellas trataban de ganarse la vida en un oficio que no les gustaba, por circunstancias de sus vidas no les quedo otra, sin saber que sus huesos se quedarían para siempre en aquel lugar.

Aquel tipo era hijo de una prostituta a la cual mataron hacía mucho mientras ejercía su trabajo, aquello le marco su vida, fue de hogar en hogar donde lo maltrataron y le marcaron, su mente se trastorno, en sus devaneos solo quería vengarse de todos aquellos que le habían marginado y provocado durante tanto tiempo, empezó por aquellas personas que le recordaban a la que le abandonó cuando era un niño, su cabeza no asimilaba que aquel abandono fue causado por un asesino y no por que dejara de quererle.

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Micro Relatos.


60.

Desde que tengo uso de memoria recuerdo haber echo llorar a todo el que me rodeaba, por más que intentaban evitarlo siempre acababan llorando. No era mi intención tan solo era que no podía remediarlo, cualquier corte o arañazo que me hacía siempre eran los demás los que lloraban. Es lo que me revienta de haber nacido cebolla, por muy buena en memoria que sea no dejo de provocar el llanto.

61.

Entre en la sala y me quite la ropa, me tumbe y unas manos empezaron a tocarme, primero con suavidad, poco después con más intensidad en aquellos puntos que hacían que me sintiera bien, estuve sintiendo aquellas manos por mi cuerpo como una hora, cuando termine me sentía pleno.

El fisioterapeuta me dio un masaje con el que me puso todos los puntos sobre las ies, o mejor dicho los músculos en su sitio.

62.

Ella era un témpano de hielo, el era todo fuego se conocieron una noche estrellada.

Él quiso hacerla sentir viva, derretirla con su cuerpo, satisfacer sus deseos más íntimos. Ella le pidió que la poseyera, que la ahogara en la pasión.

A la mañana siguiente los encontraron a los dos en un charco de agua, él derritió el hielo de ella pero no pudo hacer evaporar todo la pasión que había en aquel cuerpo.

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El bar del Búho. (2ª parte)


¿Leíste la primera parte del “El bar del Búho”? ¡No! pues hazlo ahora, seguro que te dejara con los ojos muy abiertos.

https://antoncaes.wordpress.com/2017/04/19/bar-el-buho/

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Al cabo de una semana, llegaron al búho dos amigos de aquel que estuvo aquella noche. Venían atraídos por lo que les contó el amigo una noche de borrachera, quisieron ver si la Reme era como la había descrito el sordo, perdón, quise decir el camarero.

Uno de ellos era corto de vista, por lo que llevaba unos cristales culo botella de esas de pasta marrón que en su cara solo se veían gafas y así le llamaban “El gafas.” El otro era alto, escuálido que se parecía más a la lanza de D. Quijote que al mismo hidalgo.

Entraron los dos por la puerta del búho, mejor dicho entro el gafas, al largo lo tuvieron que plegar para que pasara bajo el quicio, si ya su amigo se dio un golpe en la cabeza imaginaos al largo pasando bajo una puerta de poco más de uno setenta.

El camarero al verlos entrar puso cara de circunstancias,

  • Buenas noche nos de dios. — les saludo.
  • Te las dará a ti. — le respondió el largo. A mi de momento lo que me ha dado a sido el lumbago.
  • Si vago parece que es un poco. — le respondió el camarero.
  • Hay que ver, pues si que esta sordo el tío. —le comento el gafas al amigo.
  • Pues ver, lo que se dice ver, no es que veas mucho tú. —le replico el camarero mientras le señalaba las gafas.

Un cliente que estaba sentado al fondo de la barra le comenta al camarero.

  • Estos dos no son de por aquí, se han equivocado de antro.
  • No, no creo que se hayan equivocado tanto al venir aquí. — le dijo el camarero.
  • ¿Que van a tomar los señores? — les pregunto con sorna,
  • Dos cervezas. — dijo el largo.
  • ¿Con o Sin? — le volvió a preguntar.
  • Si esta la Reme, Con ella, si no, Sin ella.

Jajaja. Se echo a reír el gafas, muy bueno si señor.

  • Para buena la Reme, dijo el parroquiano de la barra, vaya par de… Te quitan el sentido.
  • A mí con que me quite otra cosa me conformo y que no sea la cartera. — le dijo el gafas.

En eso que entra la Reme por la puerta, Una jamona de metro sesenta con una talla de sujetador de uno diez, por falda llevaba un cinturón ancho, al andar las nalgas iban por separado cuando una iba la otra volvía, al ver a aquella mujer al gafas se le empañaron los cristales y se le subieron unos calores para arriba que se le rizo hasta el pelo.

  • Buenas Reme. — le saludo el parroquiano.
  • Que tiene de buenas. — contesto esta un poco seca.
  • Tú todo — le dijo el largo.
  • ¿Quién es este? —preguntó la Reme al camarero. — O es que se te ha caído un puntal del techo.
  • Es un cliente nuevo.
  • ¿Nuevo? Este ya tiene unos añitos majo, vamos que la comunión ya no la hace.
  • Joer Reme siempre con tus salidas. —le contesto el camarero.
  • Para salida yo, estoy que parezco una estufa de leña. — le dijo esta mientras le guiñaba un ojo al gafas.
  • Leña te daba yo. — le respondió aquél.
  • Tú lo que me das es pena. — dijo ella riendo. —Te quito las gafas y no me ves ni pegando tu cara a mis tetas.
  • Pero te palpo si hace falta. — le contesto él riendo.
  • ¿Y tú no dices nada? — le dice al largo que los miraba como hubiera perdido el norte.
  • Que quieres que te diga Reme, que estas para comerte. Vamos que estas muy buena.
  • Como sabes que estoy buena si ni siquiera me has catado. —le dijo con mucha sorna la Reme. — Esto es mucho pan para tan poco tocino. — le respondió haciendo un gesto como si abarcara su cuerpo.
  • Eso es un cuerpo y no el de la guardia civil. — dijo el gafas.

El cliente que no se perdía detalle de la conversación les dice.

  • ¡Cuerpo! — con una sonrisa de oreja a oreja. — Es todo un destacamento, os coge y os deja seco a los dos, que parecéis la i y el punto.
  • Os coge y os deja seco, y punto. — le corrige el camarero mientras ríe.

La Reme le contesto a aquellos dos.

  • Mira quienes fueron a hablar, si no podéis con lo que tenéis en casa vais a dar lecciones. Me voy que esto es mucho arroz para tan pocos pollos.

El camarero le salto.

  • Ida estas tú hace mucho Reme.
  • Ida y salida. — le respondió la Reme mientras salía por la puerta.

Los cuatro se miraron y se echaron a reír. La Reme era mucha Reme.

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Micro Relato.


59.

Cuando era niño con 8 o 9 años, salí una tarde de tantas con mis amigos después de clase, entonces íbamos de nueve a una y de tres a cinco, ibas a casa merendabas un bocata y salías un rato antes que se hiciera de noche, entonces serían sobre las seis o seis y medía de aquella tarde de primavera; como decía iba con mis amigos por una de las calles más céntricas cuando de repente salió un hombre de la nada y me agarró del brazo.

  • Tú, ven acá que te vas a enterar.
  • ¡Yo! Yo no he hecho nada.
  • Que vengas te he dicho. — me repitió tirando del brazo y metiéndome en un local cercano— prepárate que se te va ha caer el pelo.
  • Pero que yo no he hecho nada. —le repetía una y otra vez al borde de las lágrimas.
  • Te voy a preparar, no te va a reconocer ni tu madre y cuando llegues a casa vas listo.
  • ¡Yo! ¿Porqué? si no he hecho nada, se a confundido de niño. —le dije en un momento de desesperación para ver si me dejaba.
  • ¿Equivocarme yo? Mira renacuajo te conozco perfectamente y se que no me equivoco.

Estuve allí retenido como cosa de una hora, cuando me dejo salir de aquel sitio, me advirtió que me fuera directo a casa que iba a llamar a mi madre para decírselo, que él se enteraría si le había obedecido o no.

Cuando llegué a casa mi madre me estaba esperando con los brazos en jarra.

  • Pasa, anda pasa pa dentro. — Me dijo mi madre toda sería— Pasa derecho al baño y desnúdate que te voy a dar para el pelo.
  • Pero mamá. —Quise replicar.
  • Ni mamá ni nada, pasa que te voy a dar una que vas a quedar más suave que un guante.

Así fue, me dejo más suave que la seda.

Desde aquel día cogí miedo a pasar por aquella calle, ante el temor de que aquel hombre me viera de nuevo, volviera a meterme en la barbería y me cortara el pelo de nuevo.

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Habitación 308 Hotel 18X Barcelona.


Relato de terror para el taller de escritura de  FlemingLAB

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la habitacion

Habitación 308 Hotel 18XX Barcelona.

Aquella tarde llegué a la estación de Sanz de Barcelona a las 17,00 horas, al salir de la terminal cogí un taxi que me llevó al puerto donde al día siguiente salía un barco para el que tenía el billete, facturé el equipaje que llevaba y como aún era temprano decidí dar una vuelta por la ciudad, el taxi me dejo en la parte baja de las ramblas y fui subiendo dando un paseo y admirando todo lo que había a mi alrededor.

Los edificios señoriales restaurados y adaptados a los nuevos tiempos, como el teatro del liceo, mi visita no podía dejar pasar el mercado de la Boqueria, unos de los primeros de Barcelona. Las ramblas se encontraban atestadas de gente paseando, comprando en los kioscos que hay a lo largo de toda la avenida o disfrutando de los músicos callejeros que tocan para sacarse unos céntimos, se empezaba a hacer tarde y decidí dejar el turismo y retirarme a descansar, me dirigí al hotel en el que tenía una reserva para pasar la noche y que se encontraba en la misma avenida.

El hotel se llama 18XX un hotel del siglo XIX construido en lo que fue la Compañía General de Tabacos de Filipinas, totalmente restaurado y modernizado, pero con una historia en sus muros para recordar. Entre en la hall y era como cruzar las puertas a otro mundo completamente distinto a lo que estamos acostumbrados, me dirigí a la recepción y el recepcionista con un trato muy amable me tomo los datos y me entrego la llave de la habitación.

— Su habitación es la 308 caballero, tercer piso. Luego me indico donde estaban los ascensores y el horario del comedor para los desayunos.

  • Muchas gracias. —conteste, recogí mi bolso que había dejado a mis pies y me dirigí al ascensor.

Subí en hasta la tercera planta y recorrí el pasillo hasta mi habitación, al abrir la puerta estaba todo en penumbras, solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado que se había activado al meter la tarjeta en su ranura.

Deje el bolso en un taburete a los pies de la cama y me tire encima la cama. El cansancio empezaba a dejarse notar en mis músculos, hoy había sido un día completo y necesitaba un poco de descanso.

En estos pensamientos estaba cuando me envolvió el sueño, y me deje llevar por esa sensación de paz que solo se consigue ese momento de duermevela que te va arrastrando a lo más hondo del subconsciente.

Algo me empezó a agitar en mi placido sueño, era como un ruido de cristales cuando crujen antes de hacerse añicos, aquellos sonidos hicieron que volviera mi sueño algo agitado, como con miedo a salir de tu zona de confort de forma precipitada.

Me incorpore en la cama mirando a todos lados en aquella negrura que me rodeaba y me engullía, era una oscuridad densa palpable casi se podía rasgar con los dedos, mire al frente y un brillo. Que me puso los pelos de punta, me quede fijo mirando, era el espejo que había encima del pequeño mueble de la habitación y que contenía la nevera con los snacks y las bebidas que ofrecen casi todos los hoteles.

Unos ojos me miraban desde dentro del espejo, un escalofrío recorrió mi cuerpo a pesar de haber apagado el aire acondicionado antes de acostarme, me levante de la cama y las piernas me temblaban de miedo, me acerque lentamente hasta el espejo, para ver que había algo más que unos ojos, cuanto más cerca, mejor se iba perfilando un rostro, debía de tratarse de un hombre por su estructura ósea, nariz aguileña y barbilla prominente, ¡Los ojos! Los ojos eran terroríficos, hundidos en sus cuencas y con un brillo que acongojaba al más valiente.

  • ¿Qui qui, quién eres? Le pregunte en un susurro y con la voz temblorosa.
  • Acaso eso importa. —oí responder dentro de mi cabeza.
  • ¿Que quieres de mi?
  • ¿No lo sabes aún? — me contesto.
  • ¿Qué debo saber? — dije, un dolor de cabeza estaba comenzando, como si me oprimieran el cerebro.
  • Porque estas aquí y para que has venido hasta mi.
  • No se a que te refieres, solo estoy de paso, solo he venido a pasar una noche y mañana me embarco para Grecia.
  • Jajaja.

Aquella risa hizo que algo se rompiera dentro de mi cabeza, como si hubieran tensado demasiado los cables de un circuito y de hubieran partido por el medio con cientos de filamentos de cobre rozándose entre sí y dieran chisporretazos, cada uno era una punzada de dolor que recibía mi mente.

Fui reculando hasta sentarme en la cama, no podía dar crédito a aquello, que tenía que ver yo en todo aquello, empecé a decirme que era una pesadilla, que estaba soñando, que pronto se haría de día y despertaría de aquel sueño.

Pero esa voz no dejaba de reírse dentro de mi cabeza.

  • ¿Tú crees que es un sueño? ¿De verdad lo crees señor Ferdinal? —me dijo con ironía en su voz.
  • ¿Ferdinal? Yo no soy ningún Fernidal, ni conozco a nadie con ese nombre.
  • Que mala es la memoria humana, que pronto olvida lo que quiere olvidar. ¿Ya no recuerdas donde nos encontramos? — Me grito clavando sus ojos en mi rostro. Encogí y el miedo empezó a convertirse en un pánico, los espasmos de mi cuerpo eran ya sacudidas incontrolables.
  • Tú acabaste con mi vida hace cien años, tal día como hoy decidiste robarme un contrato con la compañía de tabacos que por entonces tenía aquí su sede, embaucaste para que subiera a este almacén, una vez aquí me clavaste un puñal en el pecho y encerraste mi cuerpo en un cajón que debía salir para Filipinas al día siguiente, pero dejaste atrás mi espíritu, he vagado por este edificio cien años esperando que volvieras, sabía que volverías, los asesinos siempre vuelven al lugar donde perpetran su crimen, te sentí en cuanto cruzaste las puertas y la felicidad se reflejo en mi rostro ¿No lo notas? — me dijo mirándome con esa intensidad desacostumbrada.

Al acabar de hablar una mueca cubrió su rostro y me encogí agarrándome los tobillos y sintiendo como algo calido se me escapaba por las piernas e iba helándose a medida que bajaba por mis piernas para acabar haciendo un cerco en la cama.

Ya no podía contestar algo acabo por romperse dentro de mi cabeza y así me encontraron a la mañana siguiente cuando el recepcionista al llamar a las ocho de la mañana —tal y como le había pedido que hicieran la noche antes— Al no contestar se extraño y mando a un compañero que subiera a ver que pasaba.

El empleado me encontró mirando al espejo con los ojos perdidos temblando, la baba se me escurría por la comisura de los labios y balbuceaba cosas inteligibles.

Los servicios sanitarios llegaron y me trasladaron a este sanatorio en el que llevo ya cinco años mirando a un espejo que no hay, viendo una cara que se ríe día tras día, noche tras noche, esperando a que me reúna con ella, pero mientras eso sucede sigue atormentando mi mente.

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El Bar del Búho.


Relato  de humor escrito para el taller de escritura FlemingLAB

de Juan Re Crivello.

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El bar del Búho.

Aquella era una noche fría, las nubes ocultaban la luna y las sombras se alargaban como  los chicles Boomer. Una solitaria silueta avanzaba por la calle pegada a los edificios para mitigar el frío que arrecia su cuerpo.

De pronto estornudó.

  • Jesús que frío hace, necesito meter algo al cuerpo que me caliente un poco.

Iba pensando cuando de repente piso un gato. Mahouuuuuuu.

  • Eso es, una mahou fresquita me vendría bien, pero donde ir a estas horas, parece que esta todo cerrado.

En la lejanía se oyó el ulular de una lechuza “buuuuuh… buuuuuh”.

  • Tienes razón, el búho debe de estar abierto a estas horas, allí podré tomarme una mahou.

Llego a el búho y al entrar se dio un golpe en la cabeza en el quicio de la puerta.

  • Joder que daño.
  • 2017, cinco de abril para ser más exactos. — le respondió el camarero, que había entendido otra cosa— ¿Se ha perdido? — Le pregunto.
  • A usted que le importa si soy o no un perdido, ponme una mahou.
  • Perdón, no se enfade, siéntese y le sirvo enseguida.
  • Tú a mí para lo único que me sirves es para ponerme esa maldita cerveza, pero al paso que vas se va a calentar.
  • Para caliente… la Remedios ¡esa si que!

Dijo el camarero mientras hacia gestos con las manos sobre sus tetas.

  • Vaya tela, la que me ha tocado con este abrebotellas — le contesto el cliente.
  • ¡Oiga! Que yo no le he tocado nada, para tocar y otros menesteres esta la Reme, si quiere la llamo. —replico el camarero.
  • No, veras como al final me coloca a la tal Remedios el papanatas este.
  • Vaya pues si que es usted exigente, no quiere las aceitunas ahora quiere patatas.
  • ¿Usted esta un poco sordo, no?
  • Y a usted que le importa si estoy gordo o no.

Murmuro el otro, algo que confirmaba lo que el sospechaba ya.

  • ¿A qué ha venido a beber o a insultarme? — dijo un poco malhumorado el camarero.
  • A beber una cerveza pero visto lo visto, mejor ponme un whisky.
  • ¿Solo?
  • ¿Ve a alguien más aquí?
  • No hombre, me refería a si lo quería solo o on de rock
  • ¿Tu me ves que este para bailar?
  • Joder y luego soy yo el sordo. —replico el barman.— ¿Qué whisky le pongo?
  • Uno de Malta.
  • Lo siento pero solo lo tengo escocés o irlandés, pero no maltes.
  • Pues un irlandés calentito me iría bien.
  • Y lo querrá pelirrojo de metro ochenta y ojos azules ¡El señor!
  • El señor se conforma con un par de velas, a mi ponme ese whisky de una puta vez.
  • Ya le he dicho que la puta es la Reme, yo solo soy el camarero.

Aquello ya saco de sus casillas a aquel hombre

  • Joder con el con la puta de la Reme, no si al final veras como me la mete el tonto este.
  • Es mejor que se la meta usted a ella, a mi no me van los tríos.
  • ¡Pero que coño hablas ahora de tríos, ni leches!
  • Lo siento pero la cafetera esta apagada. —le dijo el camarero— si quiere el whisky bien y si no se puede largar que cierre, lleva aquí una hora y no se ha bebido ni un puto vaso de agua.
  • Vaya un camarero estúpido este, no me extraña que no haya ningún parroquiano en este antro.
  • Si lo que buscaba era la iglesia se ha confundido, esta dos calles más arriba y ahora coja la puerta y lárguese. —Soltó el sordo de malos modos.
  • Para que coño quiero yo la puerta, con que me dejara un abrigo para paliar el frío sería suficiente. —dijo el otro saliendo por la puerta.

El camarero fue tras el para cerrar, pero antes se asomó y le grito:

—Si tenía frío debía haberme dejado avisar a la Reme y le habría hecho entrar en calor.

¡Usted se lo ha perdido! ¡Idiota!

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DE CAMINO AL INFIERNO. Último capitulo.


Leer el primer capitulo. 

Leer el segundo capitulo.

Leer el tercer capitulo.

Leer el cuarto capitulo.

Último capitulo.

Conseguí establecer una rutina en las guardias y saber cuál era el más descuidado en su vigilancia, así se lo  hice entender a mis dos compañeros que estaban más nerviosos, hasta el punto de cometer una serie de errores que no pasaron desapercibidos para los orcos que nos custodiaban y eso les hizo recibir varias tandas de latigazos, en especial a Nando. Le dejaron la espalda hecha un cuadro, lo que hizo que se debilitara a unos extremos que temimos por su vida, apenas se podía mover a pesar de los cuidados a los que le sometimos, pasada una semana de mi inventada cronología comenzó a recuperarse un poco.

  • Tener más cuidado, nos van a separar, o lo que es peor nos van a matar a latigazos como no seamos más precavidos en lo que hacemos.
  • Lo siento- —Me contesto Nando.
  • Y tanto que lo sientes los golpes te los estas llevando todos. —Le dije de broma.
  • —Se río el enano.
  • De que te ríes, si tú también te has llevado unos cuantos.
  • Si no fueran tantos a este le iba a meter el látigo por el culo. —Mascullo el enano malhumorado.

De repente una algarabía empezó a escucharse al otro extremo de la caverna, el sonido de las voces llegaba por una de las galerías como si vinieran cientos de bestias rugiendo y corriendo al galope. Al cabo de poco empezaron a salir unos seres peludos, patizambos y con unas narices gordas y moradas, los brazos los tenían muy largos casi les llegaban al suelo, lo que les confería un aspecto algo cómico,  aunque de cómicos tenían poco ya que los primeros al pasar entre los prisioneros los pegaron empellones y patearon para apartarlos de su camino, los demás se empezaron a apartar rápidamente para evitar ser atropellados y maltratados por aquellas bestias.

  • ¡Trolls! Lo que nos faltaba. —Bramo Golin— Mas nos vale que estén de paso por que si no lo llevamos mal.
  • ¿Por qué? ¿Tan peligrosos son? —Le pregunte.
  • Son seres despreciables, ruines, con mucha maldad y lo peor es que como muera alguien, no se lo van a llevar para tirarlo por ahí, directamente se lo comerán.
  • Joder, pues vamos de mal en peor, tenemos que salir cuanto antes de aquí —soltó Nando con furia.
  • No podemos entretenernos o nos largamos pronto o no salimos vivos. — dije mirando hacía los trolls — mañana al cambio de la segunda guardia será el mejor momento para huir, tenéis que estar preparados a mi señal.
  • ¿Como lo haremos? —Me pregunto Nando.
  • Nos adentraremos en la galería que baja hacía el centro de la montaña, no creo que se den cuenta de nuestra fuga hasta pasado una o dos horas y nos buscaran por las galerías que suben a la superficie. — Les dije.
  • ¿Estas seguro?
  • No, pero al menos tenemos que intentarlo y Golin se orienta mejor que nosotros, hay que bajar, tiene que haber alguna salida y la vamos a encontrar.

Pasamos todo el día hechos un manojo de nervios, con un miedo atroz a cometer alguna torpeza que nos complicara más si cabe la huida, el tiempo paso lento, agonizante, hasta que llego el momento esperado, cuando el orco que nos custodiaba se dirigió hacía la galería principal para buscar el relevo, les hice un gesto a ambos y nos adentramos de uno en uno en la galería que llevaba a la caverna donde guisaban las mujeres y una vez allí nos desviamos por un pasadizo más pequeño que bajaba de manera sinuosa hacía el centro de la montaña. El enano se puso al frente abriendo el camino, Nando iba en medio y yo cerraba la fila apurándoles para que fueran más deprisa.

  • Más rápido, daos prisa tenemos que poner tierra de por medio antes de que se den cuenta y salgan en nuestra búsqueda, si nos cogen estamos muertos.
  • Voy todo lo rápido que me dan las mis cortas piernas —resoplo el enano.
  • Venga vamos Golin, sácanos de aquí y te pago una cena.
  • Te cojo la palabra —contesto — Un asado bien tostadito y una jarra de cerveza bien fría, que rico.
  • Calla, calla que nos vas a matar del gusto con solo pensarlo, cuenta con ello en cuanto estemos fuera.
  • Shssssss.

Nos hace callar el enano.

  • Alguien se acerca por delante.
  • Estamos listos entonces, aquí no tenemos donde escondernos. —Dije en un susurro.
  • Deprisa, unos metros más adelante hay un recodo, nos meteremos ahí y esperaremos a que pase.

Insistió el enano, que veía casi lo que nosotros no podíamos ver ni con antorchas. A la vez que preparaba el palo del pico que llevaba en la espalda colgado, imitamos su acción con los que habíamos cogido nosotros. Esperamos en completo silencio mientras oíamos sus pisadas acercándose a nosotros, cada vez estaba más cerca y al llegar a nuestra altura nos olio y se paró de golpe, el enano sin pensárselo dos veces salto con el palo en alto, golpeándolo en la cabeza con todas sus fuerzas, oí como crujía el cráneo y caía al suelo con un sonido sordo.

Nando y yo salimos detrás de él pero no hizo falta que le golpeáramos había caído fulminado por el golpe. Entonces es cuando vimos que era un orco que volvía a la caverna principal.

  • Ayudadme —nos dijo el enano—  Tenemos que arrastrarlo hasta ese recodo.
  • De que nos va a servir, ya habéis visto como nos ha olido. —dijo Nando.
  • Pero ha sido tarde para él —le espete— Al menos si lo escondemos conseguiremos retrasar que lo descubran y lo hagan lo más tarde posible.
  • Está bien hagámoslo. — Dijo mientras lo agarraba por un brazo.

Lo arrastramos hasta el recodo en el que nos habíamos escondido y lo dejamos.

  • Deprisa tenemos que largarnos rápido, los troll pueden oler la sangre a cientos de metros.
  • Mierda, no vamos a conseguir escapar.
  • Déjate de lamentaciones y vamos, ya no hay marcha atrás, si este venia por esta galería es porque hay salida por algún sitio, solo hay que encontrarla. — Les dije.
  • Si y evitar que nos encuentren que es lo más complicado. —Escupió Nando.
  • Pues correr, ya — dije.

Sin mediar ni una palabra más nos pusimos en marcha a un paso que era más un trote, seguimos bajando dando vueltas y más vueltas, sin dejar en ningún momento la galería principal. Escuchamos de repente un sonido que retumbaba por toda la montaña. ¡¡Turuuuuuuuu!! Han encontrado al orco, por tanto nuestro rastro también, echamos a correr intentando poner distancia entre nosotros y nuestros perseguidores, cansados como estábamos solo nos mantenía en pie la adrenalina que nuestro cuerpo desprendía, sabía que en cuanto nos relajáramos un poco  afloraría todo el agotamiento, solo paramos para beber un poco de agua que manaba de un manantial subterráneo, sabia a hierro, pero era mejor que nada. Llego un momento que tanto Nando como yo no podíamos seguir, necesitábamos descansar, el enano más acostumbrado a las largas caminatas tenía una resistencia increíble a pesar de haber estado tanto tiempo prisionero y nos alentaba a seguir adelante. Vamos aguantar un poco más ya tenemos que estar cerca, hay que seguir, no os paréis ahora, vamos – decía sin parar una y otra vez.

Al cabo de una eternidad vimos un poco de claridad, apretamos el paso creyendo que era la tan ansiada luz del día, recibimos un tremendo chasco al salir a una caverna iluminada por antorchas era muy grande y tan alta que no se veía el techo, solo se oía un gotear constante de agua que caía a lo que parecía un lago que desaparecía de nuestra vista, nos acercamos a la orilla y vimos un pequeño bote entre las rocas, sin pensarlo dos veces nos subimos y empezamos a remar; cogimos un remo el enano y otro yo, mientras Nando tomaba resuello. Al poco vimos luces de antorchas que se acercaban al agua desde el fondo de la caverna por donde habíamos llegado, iban acompañados de gritos guturales mezclados con insultos que podíamos entender, cuando empezamos a distinguirlos había alrededor de unas treinta o cuarenta antorchas y muchas sombras que se movían en la oscuridad, nos empezamos a poner nerviosos, muy nerviosos si aquella horda de orcos nos cogía nos despedazarían aquí mismo por lo que le dimos más rápido al remo, Nando se puso con el enano y le dio más impulso al bote, Golin chillo presa de los nervios y la emoción.

  • Veo luz, al fondo veo claridad estamos llegando a una salida, vamos remad deprisa, que casi llegamos al final.

Gastando las últimas fuerzas, resollando como caballos de carreras espoleados al galope, seguimos impulsado los remos, nos iba la vida en ello, yo que iba de espaldas a la luz veía como los orcos habían echado botes al agua y se acercaban a una velocidad increíble para unos seres tan torpes en apariencia.

Nando  de repente soltó el remo y cayo hacía el fondo del bote.

  • Nando vamos un último esfuerzo
  • No puedo más lo siento amigos, me es imposible los músculos no me responden — Dijo en un leve susurro, casi lo conseguimos.

Miré a Golin y su cara estaba blanca, como si se hubiera quedado sin sangre por el terrible esfuerzo al que había sometido a su cuerpo, ya remaba por la pura inercia del movimiento que había estado realizando, no por que fuera consciente de ello.

  • Vamos amigo un último esfuerzo que ya casi lo hemos conseguido —le alenté al pequeño gran hombre.

Pero de nada servia, nuestros cuerpos se negaban a obedecer a nuestro cerebro, los orcos se nos echaban encima a una velocidad que era impensable ya el poder escapar, tan cerca y tan lejos de nuestra libertad.

Nos cercaron y nos llevaron de nuevo a la orilla, al llegar nos desembarcaron a empujones y Nando se golpeo la cabeza contra una piedra, perdiendo el conocimiento.

  • Malditos cabrones lo vais a matar — les grite presa de la rabia.
  • No matarrrr nosotross, matarrrr vosotros por querer escaparrrr

Dijo uno de los orcos que no había visto nunca hasta ese momento, hizo un gesto con la cabeza a otro que estaba a su lado en dirección a Nando y se fue hacia él con un sable en mano y le corto la cabeza de un solo golpe, luego se quedo mirando a su jefe y este volvió a asentir.

  • ¡Lo has matado hijo de puta, has matado a mi amigo! —Grité desconsolado.

Mientras le chillaba, el del espadón se dirigió hacía nosotros, el enano los insultaba con palabras que yo nunca había oído en mi vida, a la misma vez que me quedaba blanco esperando lo inevitable, por lo que me lance de cabeza a por el ogro, no se si para quitarle el arma, para evitar que matara a mi amigo o para acabar cuanto antes. El orco levanto el espadón y lo descargó sobre mi cabeza y de repente una luz blanca me cegó antes de envolverme en una oscuridad absoluta.

Poco a poco fui recobrando la conciencia y una claridad me daba en la cara de refilón,  notaba calor, como si un rayo de sol entrara por algún resquicio y me estuviera dando en la cara, no me atrevía a abrir los ojos por miedo a encontrarme la muerte de cara, los empecé a abrir poco a poco y me di cuenta que estaba en la cabaña en la que me había metido para pasar la noche y que todo había sido un sueño que seguía vivo en mi, me levante para salir de aquel chozo y de aquella montaña lo más rápido que me permitieran las piernas.

                                           Fin.

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