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Lo que pudo haber sido y no fue.


Relato escrito para El poder de las letras.

Aquella tarde iba con prisas, como casi siempre. Llegó a las puertas de la tienda de ropa y se paro a que estas se abrieran, entró decidido, sabía a lo que iba y quería perder el menor tiempo posible. Una de las dependientas que estaba colocando ropa cerca de la puerta le saludo educadamente y el correspondió a su saludo. Se dirigió al final del establecimiento a la sección de ropa y accesorios deportivos. Cogió varías prendas de su talla que le gustaron y se dirigió hacía la caja. En el pasillo central volvió a ver a la dependienta de la entrada y cruzaron una sonrisa como si se conocieran de antes. Él llegó a la caja y espero su turno para que la cajera le cobrara, cuando le toco, pago el importe que le solicito la empleada a la vez que guardaba la ropa en una bolsa de plástico. Recogió su cambio y se dispuso a salir por las puertas cuando la alarma antirrobo comenzó a sonar, se quedo parado y se volvió a la cajera preguntándose — ¿si lo he pagado porqué suena?— alguien le agarro la bolsa y le dijo. —Disculpe un momento—. Al mirar vio a la dependienta del principio que había vuelto a las estanterías donde estaba cuando entro.

  • Sí claro. ¿Voy a ir a la cárcel por esto —le pregunto un poco en broma.
  • No lo creo señor —dijo la chica— a mi compañera se le ha debido saltar alguna de las alarmas y por eso le ha pitado.

Mientras la dependienta buscaba en la bolsa entre la ropa, él no podía quitarla los ojos de encima, era una chica morena de un metro setenta aproximadamente y con una nariz muy bonita, sus ojos eran color café, y la sonrisa ahora que la veía de cerca le dibujaban unos hoyuelos en las mejillas. Al cabo de unos pocos minutos, muy pocos le pareció a él, ella le devolvió la bolsa.

  • Ya esta — le dijo la muchacha enseñándole un aparatito que parecía un botón— disculpe las molestias señor.
  • No hay nada que disculpar, aunque parezca raro ha sido un momento agradable —le contesto él sonriéndola—lástima que las circunstancias no sean otras.
  • Sí. Es una pena —dijo ella mostrándole de nuevo los hoyuelos.

Él le pidió el bolígrafo que llevaba ella en el bolsillo de la camiseta y en el dorso del tiket le escribió un numero, ella que lo vio le dijo.

  • ¿Pero esto lo necesita, por si tiene que devolver algo de lo que lleva?
  • Bueno, entonces tendrás que llamarme para devolvérmelo. ¿No crees? —le contesto él mientras se dirigía hacía la salida y sin nada que le impidiera ya salir.

Al cerrarse la puerta miro hacia el interior, y la sonrió de nuevo.deja-de-pensar-en-lo-que-pudo-ser-y-no-fue.jpg

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Vidas Cruzadas


Relato escrito para el curso de escritura de FlemingLab. Publicado en el blog masticadores de letras.

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Cuando Tom llegó ya estaba muerta, la habían cortado el cuello de izquierda a derecha como a las otras, la había encontrado un hombre mientras paseaba a su perro por aquel recóndito paraje, el animal olió el cuerpo que ya había empezado a descomponerse. El forense creía que llevaba varios días muerta, a pesar de que el calor reinante había acelerado el estado de putrefacción. El médico apunto el día de la muerte entre el sábado y el domingo anterior, precisaría más cuando realizara la autopsia.

Laura estaba bailando en la discoteca con sus amigas como cada sábado noche, riéndose y divirtiéndose, de vez cuando apartaba algún moscón que otro, que solo quería intentar meter mano o llevársela al huerto. Ella odiaba los polvos de una noche, siempre decía que el día que perdiera la virginidad sería con el hombre del que estuviera enamorado y supiera que era el amor de su vida.

Lo que no sospechaba, era que aquello jamás sucedería, alguien la había estado mirando desde que salio a la pista de baile y vio en ella una victima propicia para sus deseos. Esperó a que fuera al servicio, la había visto ir anteriormente un par de veces y no era de esas chicas que tiene que ir acompañada de una amiga. Él supo que ese era el momento.

Él sabía que allí encontraría lo que buscaba, ya había estado en otras ocasiones y conocía el local perfectamente; en el pasillo de los servicios estaba una de las salidas de emergencias y sabía que al abrirla no sonaría la alarma, no tenía el sistema conectado, así que si salía por allí no se enteraría nadie.

Tenía aparcado su coche en el callejón, era un monovolumen. Lo dejo allí porque no había cámaras y tenía poca iluminación, todo se le ponía a pedir de boca, ahora solo tenía que encontrar la victima perfecta.

Cuando la vio ir hacia el pasillo de los servicios fue tras ella como si el también se dirigiera al servicio de hombres, la alcanzó a la entrada, se miraron y él le sonrió, ella se la devolvió la sonrisa sin mucha gracia y siguió su camino sin mirar atrás, de haberlo hecho se habría dado cuenta que él no había entrado en el water, sino que lo tenía detrás, cuando sintió su presencia y fue a girarse, era tarde, él la tapo la boca con un pañuelo empapado en cloroformo y ella se desplomo en sus brazos sin conocimiento.

Aquel era el momento más comprometido de todos, tenía que salir sin ser visto, aunque si alguien le veía, diría que era su chica que había bebido más de la cuenta y la sacaba a tomar el aire. Aunque eso podía desbaratar sus planes. No podría llevársela porque en cuanto se dieran cuenta de la desaparición la buscarían y no tardarían en acordarse de que le vieron salir con ella por la puerta de emergencias. Nadie lo vio, metió a la chica en el maletero, se montó en el coche, arranco y desapareció calle abajo.

Laura empezó a despertarse, un dolor de cabeza le atormentaba, y una sequedad en la boca le rasgaba la garganta como una lija. Estaba desorientada y no recordaba nada. —¿Dónde estaba? Se preguntó—A su alrededor había una gran oscuridad y ese traqueteo que notaba la desconcertó durante un rato. —¿Cómo había llegado allí? —Intento recordar. Se encontraba en la discoteca con sus amigas, y le entraron ganas de ir al baño, y fue, sola como siempre, alguien iba detrás como otras tantas veces, ni se giro para ver quién podía ser, de repente noto que una mano le tapaba la boca y la nariz con algo y que un olor rarísimo no la dejaba respirar. Todo se volvió negro hasta que se ha despertado aquí. —Me han secuestrado —pensó— Mientras un ataque de pánico se apoderaba de ella. Empezó a buscar una salida y fue cuando se dio cuenta que se hallaba en el maletero de un coche en marcha. No pudo más y comenzó a gritar. — ¡Socorro! Que alguien me ayude, estoy aquí encerrada. Por favor… ayuda—. Gritaba sin mucho éxito.

Tom  se dirigía hacía su casa. Había sido otro día duro, desde que por la mañana encontraran el cuerpo de aquella chica en aquél recóndito paraje hasta ahora había pasado doce horas de arduo trabajo y estaba como al principio, sin nada a lo que agarrarse. Sin una pista de la que poder tirar y con una chica más en el deposito. Una chica joven con toda una vida por delante, que no tendría que hallarse en aquella mesa fría de acero inoxidable, si no en su cama y con su familia. Maldito hijo de puta —maldijo dando un golpe al volante— Te voy atrapar y cuando lo haga no habrá juez que te condene —continuo diciendo en voz alta de el interior de su coche, cuando la emisora rompió el silencio. — ¡A todas la unidades. Una chica ha desaparecido de la discoteca Xanadu! Hace aproximadamente un par de horas es rubia, ojos verdes, metro sesenta y siete. Vestía pantalón marrón y camisa blanca, zapatos marrones de medio tacón. — Al escuchar el aviso Tom cogió el micrófono y contesto a la llamada.

— Aquí el detective Tomas Robles me dirijo al lugar de los hechos, llegaré en cinco minutos.

— Oído detective, cambio y corto. — Tom puso la sirena en el techo del coche y acelero en dirección a la citada discoteca.

—Cállate. O lo vas a lamentar— Le grito él —Deja de gritar zorra o tendré que dormirte otra vez, quiero que estés muy despierta para lo que te tengo preparado. — le dijo mientras conducía por la nacional hacía un paraje que conocía y sabía  que nadie lo podía molestar. —No volvió a escucharla en todo el camino.

Al cabo de media hora se desvió de la carretera y cogió una pista forestal que le llevaría a su destino. En su cara se dibujo una sonrisa ante la imagen que se formaba en su cabeza de lo que venía en un rato.

Cuando Tom llegó….

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La Leyenda de la Sirena Serona.


Hace ya muchos años corría el rumor que en un lugar de Extremadura vivía una sirena. Un ser mitológico, que a día de hoy no se sabe a ciencia cierta si sigue o no en estas tierras.

Os traigo un nuevo relato, en el que podréis saber más de esta leyenda. ¿Será real? ¿O solo será una historia más, contada por los ancianos de la zona?

Podrás descubrirlo a partir hoy en preventa en amazón. Saldrá a la venta el próximo día 9 de septiembre.

En ebook o en papel. Para aquellos que añoran tener las manos ocupadas con el formato orgánico.

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Al que nace gafe….


Aquella mañana se levantó con el pie derecho para variar. Al salir a la calle, nada más cruzar el portal de su casa, se encontró un billete de diez euros. Parecía que la suerte le acompañaba. Entró en un bar y le atendieron al momento, el café era delicioso y el croissant tierno. Fue a pagar y un antiguo amigo, que hacia mucho que no veía, le invito al desayuno.

Salió de allí muy contento. Al momento le sonó el móvil, contestó. Eran de la oficina de empleo, le citaban para una entrevista de trabajo, algo que llevaba mucho tiempo esperando.

Mientras escuchaba al locutor del otro lado del aparato, bajó de la acera sin mirar, en esto que llegaba el autobús de línea y no le dio tiempo al conductor a frenar y se lo llevo por delante.

Sus últimas palabras fueron.

  • Al que nace gafe se le acaba pronto la suerte.

Murió allí mismo.

Vi_eta 'Mala suerte'

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Desalmado, vende su alma.


Cuando nació traía una marca debajo de su pelo en la nuca. Fue creciendo y aquello le marco, el pelo no crecía alrededor de aquella marca y aún dejándose el pelo largo se le veía.

Creció en las calles, robo, vendió su cuerpo y mato, todo por sobrevivir. Decían de él que era un desalmado, que no tenía conciencia. Siendo ya un hombre adulto, la desesperación le llevó a hacer negocios sucios de toda índole, trafico de drogas, de mujeres, como sicario.

Le apodaban el desalmado, tanto se lo llamaron, que creyó que era verdad. Así que quiso hacer su jugada maestra. Convoco a Lucifer para venderle el alma que no tenía. Si engañaba al demonio sería el mejor ventajista de la historia.

Lucifer se presento a su llamada,

  • ¿Para qué me has llamado?
  • Quiero hacer un trato contigo a cambio de mi alma.
  • ¿Y que es lo qué quieres a cambio de tú alma?
  • Quiero la inmortalidad, concédemelo y seré tu siervo para siempre.
  • Ya eres mi siervo, desde el día que naciste. Llevas la marca y tú vida mortal a estado siempre al servicio del mal ¿Porqué habría de darte algo, a cambio, de algo que ya tengo?
  • Porque valoras más las almas, que a las personas.
  • Esta bien, voy a mirar dentro de ti y te voy a enseñar lo que te espera a partir del momento que me entregues tu alma.

Satanás le puso la mano en el pecho, le mostró el negro de aquel alma que se suponía que no tenia, el sufrimiento que le esperaba, a partir del momento que el demonio se hiciera con ella.

  • ¡No! Nooo. Aléjate de mí. No puede ser. No puedo ser así. ¡Vete!
  • Da igual que reniegues ahora de mi, al final de tus días vendrás a mi. Estas condenado al infierno.

Tanto fue el sufrimiento que le atormento el saber que sí tenía alma y que estaba condenada, que a partir de aquel momento solo se dedico a hacer el bien. Quería expiar su culpa a toda costa,

Por evitar el infierno.

Sería capaz de vender su alma al diablo.

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Marginación.


Este es el relato de mi participación en el concurso de Paula de Grei  sobre el libro de Lidia Castro Navas

Mató sin preocupación durante mucho tiempo, sus victimas eran mujeres jóvenes que no pasaban los treinta con mucha vida por delante él se la segó de un tajo, y allí se acabaron sus historias.

Una cuneta, una carretera comarcal de un pueblo cualquiera, absorbió la sangre que de sus cuerpos calientes salían a borbotones mientras veían los ojos encendidos en fuego de aquél que cuchillo en mano las había cortado el cuello para evitar sus gritos. Ellas trataban de ganarse la vida en un oficio que no les gustaba, por circunstancias de sus vidas no les quedo otra, sin saber que sus huesos se quedarían para siempre en aquel lugar.

Aquel tipo era hijo de una prostituta a la cual mataron hacía mucho mientras ejercía su trabajo, aquello le marco su vida, fue de hogar en hogar donde lo maltrataron y le marcaron, su mente se trastorno, en sus devaneos solo quería vengarse de todos aquellos que le habían marginado y provocado durante tanto tiempo, empezó por aquellas personas que le recordaban a la que le abandonó cuando era un niño, su cabeza no asimilaba que aquel abandono fue causado por un asesino y no por que dejara de quererle.

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Micro Relatos.


60.

Desde que tengo uso de memoria recuerdo haber echo llorar a todo el que me rodeaba, por más que intentaban evitarlo siempre acababan llorando. No era mi intención tan solo era que no podía remediarlo, cualquier corte o arañazo que me hacía siempre eran los demás los que lloraban. Es lo que me revienta de haber nacido cebolla, por muy buena en memoria que sea no dejo de provocar el llanto.

61.

Entre en la sala y me quite la ropa, me tumbe y unas manos empezaron a tocarme, primero con suavidad, poco después con más intensidad en aquellos puntos que hacían que me sintiera bien, estuve sintiendo aquellas manos por mi cuerpo como una hora, cuando termine me sentía pleno.

El fisioterapeuta me dio un masaje con el que me puso todos los puntos sobre las ies, o mejor dicho los músculos en su sitio.

62.

Ella era un témpano de hielo, el era todo fuego se conocieron una noche estrellada.

Él quiso hacerla sentir viva, derretirla con su cuerpo, satisfacer sus deseos más íntimos. Ella le pidió que la poseyera, que la ahogara en la pasión.

A la mañana siguiente los encontraron a los dos en un charco de agua, él derritió el hielo de ella pero no pudo hacer evaporar todo la pasión que había en aquel cuerpo.

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El bar del Búho. (2ª parte)


¿Leíste la primera parte del “El bar del Búho”? ¡No! pues hazlo ahora, seguro que te dejara con los ojos muy abiertos.

https://antoncaes.wordpress.com/2017/04/19/bar-el-buho/

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Al cabo de una semana, llegaron al búho dos amigos de aquel que estuvo aquella noche. Venían atraídos por lo que les contó el amigo una noche de borrachera, quisieron ver si la Reme era como la había descrito el sordo, perdón, quise decir el camarero.

Uno de ellos era corto de vista, por lo que llevaba unos cristales culo botella de esas de pasta marrón que en su cara solo se veían gafas y así le llamaban “El gafas.” El otro era alto, escuálido que se parecía más a la lanza de D. Quijote que al mismo hidalgo.

Entraron los dos por la puerta del búho, mejor dicho entro el gafas, al largo lo tuvieron que plegar para que pasara bajo el quicio, si ya su amigo se dio un golpe en la cabeza imaginaos al largo pasando bajo una puerta de poco más de uno setenta.

El camarero al verlos entrar puso cara de circunstancias,

  • Buenas noche nos de dios. — les saludo.
  • Te las dará a ti. — le respondió el largo. A mi de momento lo que me ha dado a sido el lumbago.
  • Si vago parece que es un poco. — le respondió el camarero.
  • Hay que ver, pues si que esta sordo el tío. —le comento el gafas al amigo.
  • Pues ver, lo que se dice ver, no es que veas mucho tú. —le replico el camarero mientras le señalaba las gafas.

Un cliente que estaba sentado al fondo de la barra le comenta al camarero.

  • Estos dos no son de por aquí, se han equivocado de antro.
  • No, no creo que se hayan equivocado tanto al venir aquí. — le dijo el camarero.
  • ¿Que van a tomar los señores? — les pregunto con sorna,
  • Dos cervezas. — dijo el largo.
  • ¿Con o Sin? — le volvió a preguntar.
  • Si esta la Reme, Con ella, si no, Sin ella.

Jajaja. Se echo a reír el gafas, muy bueno si señor.

  • Para buena la Reme, dijo el parroquiano de la barra, vaya par de… Te quitan el sentido.
  • A mí con que me quite otra cosa me conformo y que no sea la cartera. — le dijo el gafas.

En eso que entra la Reme por la puerta, Una jamona de metro sesenta con una talla de sujetador de uno diez, por falda llevaba un cinturón ancho, al andar las nalgas iban por separado cuando una iba la otra volvía, al ver a aquella mujer al gafas se le empañaron los cristales y se le subieron unos calores para arriba que se le rizo hasta el pelo.

  • Buenas Reme. — le saludo el parroquiano.
  • Que tiene de buenas. — contesto esta un poco seca.
  • Tú todo — le dijo el largo.
  • ¿Quién es este? —preguntó la Reme al camarero. — O es que se te ha caído un puntal del techo.
  • Es un cliente nuevo.
  • ¿Nuevo? Este ya tiene unos añitos majo, vamos que la comunión ya no la hace.
  • Joer Reme siempre con tus salidas. —le contesto el camarero.
  • Para salida yo, estoy que parezco una estufa de leña. — le dijo esta mientras le guiñaba un ojo al gafas.
  • Leña te daba yo. — le respondió aquél.
  • Tú lo que me das es pena. — dijo ella riendo. —Te quito las gafas y no me ves ni pegando tu cara a mis tetas.
  • Pero te palpo si hace falta. — le contesto él riendo.
  • ¿Y tú no dices nada? — le dice al largo que los miraba como hubiera perdido el norte.
  • Que quieres que te diga Reme, que estas para comerte. Vamos que estas muy buena.
  • Como sabes que estoy buena si ni siquiera me has catado. —le dijo con mucha sorna la Reme. — Esto es mucho pan para tan poco tocino. — le respondió haciendo un gesto como si abarcara su cuerpo.
  • Eso es un cuerpo y no el de la guardia civil. — dijo el gafas.

El cliente que no se perdía detalle de la conversación les dice.

  • ¡Cuerpo! — con una sonrisa de oreja a oreja. — Es todo un destacamento, os coge y os deja seco a los dos, que parecéis la i y el punto.
  • Os coge y os deja seco, y punto. — le corrige el camarero mientras ríe.

La Reme le contesto a aquellos dos.

  • Mira quienes fueron a hablar, si no podéis con lo que tenéis en casa vais a dar lecciones. Me voy que esto es mucho arroz para tan pocos pollos.

El camarero le salto.

  • Ida estas tú hace mucho Reme.
  • Ida y salida. — le respondió la Reme mientras salía por la puerta.

Los cuatro se miraron y se echaron a reír. La Reme era mucha Reme.

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Micro Relato.


59.

Cuando era niño con 8 o 9 años, salí una tarde de tantas con mis amigos después de clase, entonces íbamos de nueve a una y de tres a cinco, ibas a casa merendabas un bocata y salías un rato antes que se hiciera de noche, entonces serían sobre las seis o seis y medía de aquella tarde de primavera; como decía iba con mis amigos por una de las calles más céntricas cuando de repente salió un hombre de la nada y me agarró del brazo.

  • Tú, ven acá que te vas a enterar.
  • ¡Yo! Yo no he hecho nada.
  • Que vengas te he dicho. — me repitió tirando del brazo y metiéndome en un local cercano— prepárate que se te va ha caer el pelo.
  • Pero que yo no he hecho nada. —le repetía una y otra vez al borde de las lágrimas.
  • Te voy a preparar, no te va a reconocer ni tu madre y cuando llegues a casa vas listo.
  • ¡Yo! ¿Porqué? si no he hecho nada, se a confundido de niño. —le dije en un momento de desesperación para ver si me dejaba.
  • ¿Equivocarme yo? Mira renacuajo te conozco perfectamente y se que no me equivoco.

Estuve allí retenido como cosa de una hora, cuando me dejo salir de aquel sitio, me advirtió que me fuera directo a casa que iba a llamar a mi madre para decírselo, que él se enteraría si le había obedecido o no.

Cuando llegué a casa mi madre me estaba esperando con los brazos en jarra.

  • Pasa, anda pasa pa dentro. — Me dijo mi madre toda sería— Pasa derecho al baño y desnúdate que te voy a dar para el pelo.
  • Pero mamá. —Quise replicar.
  • Ni mamá ni nada, pasa que te voy a dar una que vas a quedar más suave que un guante.

Así fue, me dejo más suave que la seda.

Desde aquel día cogí miedo a pasar por aquella calle, ante el temor de que aquel hombre me viera de nuevo, volviera a meterme en la barbería y me cortara el pelo de nuevo.

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Habitación 308 Hotel 18X Barcelona.


Relato de terror para el taller de escritura de  FlemingLAB

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la habitacion

Habitación 308 Hotel 18XX Barcelona.

Aquella tarde llegué a la estación de Sanz de Barcelona a las 17,00 horas, al salir de la terminal cogí un taxi que me llevó al puerto donde al día siguiente salía un barco para el que tenía el billete, facturé el equipaje que llevaba y como aún era temprano decidí dar una vuelta por la ciudad, el taxi me dejo en la parte baja de las ramblas y fui subiendo dando un paseo y admirando todo lo que había a mi alrededor.

Los edificios señoriales restaurados y adaptados a los nuevos tiempos, como el teatro del liceo, mi visita no podía dejar pasar el mercado de la Boqueria, unos de los primeros de Barcelona. Las ramblas se encontraban atestadas de gente paseando, comprando en los kioscos que hay a lo largo de toda la avenida o disfrutando de los músicos callejeros que tocan para sacarse unos céntimos, se empezaba a hacer tarde y decidí dejar el turismo y retirarme a descansar, me dirigí al hotel en el que tenía una reserva para pasar la noche y que se encontraba en la misma avenida.

El hotel se llama 18XX un hotel del siglo XIX construido en lo que fue la Compañía General de Tabacos de Filipinas, totalmente restaurado y modernizado, pero con una historia en sus muros para recordar. Entre en la hall y era como cruzar las puertas a otro mundo completamente distinto a lo que estamos acostumbrados, me dirigí a la recepción y el recepcionista con un trato muy amable me tomo los datos y me entrego la llave de la habitación.

— Su habitación es la 308 caballero, tercer piso. Luego me indico donde estaban los ascensores y el horario del comedor para los desayunos.

  • Muchas gracias. —conteste, recogí mi bolso que había dejado a mis pies y me dirigí al ascensor.

Subí en hasta la tercera planta y recorrí el pasillo hasta mi habitación, al abrir la puerta estaba todo en penumbras, solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado que se había activado al meter la tarjeta en su ranura.

Deje el bolso en un taburete a los pies de la cama y me tire encima la cama. El cansancio empezaba a dejarse notar en mis músculos, hoy había sido un día completo y necesitaba un poco de descanso.

En estos pensamientos estaba cuando me envolvió el sueño, y me deje llevar por esa sensación de paz que solo se consigue ese momento de duermevela que te va arrastrando a lo más hondo del subconsciente.

Algo me empezó a agitar en mi placido sueño, era como un ruido de cristales cuando crujen antes de hacerse añicos, aquellos sonidos hicieron que volviera mi sueño algo agitado, como con miedo a salir de tu zona de confort de forma precipitada.

Me incorpore en la cama mirando a todos lados en aquella negrura que me rodeaba y me engullía, era una oscuridad densa palpable casi se podía rasgar con los dedos, mire al frente y un brillo. Que me puso los pelos de punta, me quede fijo mirando, era el espejo que había encima del pequeño mueble de la habitación y que contenía la nevera con los snacks y las bebidas que ofrecen casi todos los hoteles.

Unos ojos me miraban desde dentro del espejo, un escalofrío recorrió mi cuerpo a pesar de haber apagado el aire acondicionado antes de acostarme, me levante de la cama y las piernas me temblaban de miedo, me acerque lentamente hasta el espejo, para ver que había algo más que unos ojos, cuanto más cerca, mejor se iba perfilando un rostro, debía de tratarse de un hombre por su estructura ósea, nariz aguileña y barbilla prominente, ¡Los ojos! Los ojos eran terroríficos, hundidos en sus cuencas y con un brillo que acongojaba al más valiente.

  • ¿Qui qui, quién eres? Le pregunte en un susurro y con la voz temblorosa.
  • Acaso eso importa. —oí responder dentro de mi cabeza.
  • ¿Que quieres de mi?
  • ¿No lo sabes aún? — me contesto.
  • ¿Qué debo saber? — dije, un dolor de cabeza estaba comenzando, como si me oprimieran el cerebro.
  • Porque estas aquí y para que has venido hasta mi.
  • No se a que te refieres, solo estoy de paso, solo he venido a pasar una noche y mañana me embarco para Grecia.
  • Jajaja.

Aquella risa hizo que algo se rompiera dentro de mi cabeza, como si hubieran tensado demasiado los cables de un circuito y de hubieran partido por el medio con cientos de filamentos de cobre rozándose entre sí y dieran chisporretazos, cada uno era una punzada de dolor que recibía mi mente.

Fui reculando hasta sentarme en la cama, no podía dar crédito a aquello, que tenía que ver yo en todo aquello, empecé a decirme que era una pesadilla, que estaba soñando, que pronto se haría de día y despertaría de aquel sueño.

Pero esa voz no dejaba de reírse dentro de mi cabeza.

  • ¿Tú crees que es un sueño? ¿De verdad lo crees señor Ferdinal? —me dijo con ironía en su voz.
  • ¿Ferdinal? Yo no soy ningún Fernidal, ni conozco a nadie con ese nombre.
  • Que mala es la memoria humana, que pronto olvida lo que quiere olvidar. ¿Ya no recuerdas donde nos encontramos? — Me grito clavando sus ojos en mi rostro. Encogí y el miedo empezó a convertirse en un pánico, los espasmos de mi cuerpo eran ya sacudidas incontrolables.
  • Tú acabaste con mi vida hace cien años, tal día como hoy decidiste robarme un contrato con la compañía de tabacos que por entonces tenía aquí su sede, embaucaste para que subiera a este almacén, una vez aquí me clavaste un puñal en el pecho y encerraste mi cuerpo en un cajón que debía salir para Filipinas al día siguiente, pero dejaste atrás mi espíritu, he vagado por este edificio cien años esperando que volvieras, sabía que volverías, los asesinos siempre vuelven al lugar donde perpetran su crimen, te sentí en cuanto cruzaste las puertas y la felicidad se reflejo en mi rostro ¿No lo notas? — me dijo mirándome con esa intensidad desacostumbrada.

Al acabar de hablar una mueca cubrió su rostro y me encogí agarrándome los tobillos y sintiendo como algo calido se me escapaba por las piernas e iba helándose a medida que bajaba por mis piernas para acabar haciendo un cerco en la cama.

Ya no podía contestar algo acabo por romperse dentro de mi cabeza y así me encontraron a la mañana siguiente cuando el recepcionista al llamar a las ocho de la mañana —tal y como le había pedido que hicieran la noche antes— Al no contestar se extraño y mando a un compañero que subiera a ver que pasaba.

El empleado me encontró mirando al espejo con los ojos perdidos temblando, la baba se me escurría por la comisura de los labios y balbuceaba cosas inteligibles.

Los servicios sanitarios llegaron y me trasladaron a este sanatorio en el que llevo ya cinco años mirando a un espejo que no hay, viendo una cara que se ríe día tras día, noche tras noche, esperando a que me reúna con ella, pero mientras eso sucede sigue atormentando mi mente.

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